Mircea Mazilu

Estimados lectores, la columna “Pensando la Historia” inicia este año con la conmemoración de un acontecimiento muy destacado en la historia de México, el cual puso de relieve la dura situación de los trabajadores mexicanos de su época y representó el antecedente de la Revolución por la que pasó este país hace ya más de un siglo. Se trata de la rebelión obrera (más conocida como “huelga”) de Río Blanco, Veracruz, que tuvo lugar el 7 de enero de 1907 y de cuyo suceso hoy se cumplen 114 años.

La realidad de los trabajadores de fábrica a principios del siglo XX en México, como se deduce de lo mencionado más arriba, era muy triste. Largas jornadas laborales, bajos sueldos, falta de derechos y maltratos laborales eran algunas de las condiciones que caracterizaban a aquellos asalariados. Para hacer frente a estos obstáculos, en 1906 se creó el Gran Círculo de Obreros Libres, quien muy pronto incrementó el número de miembros que lo integraban, abriendo varias filiales en diferentes estados de la República.

A principios de diciembre de 1906, los obreros de la industria textil de Puebla se declararon en huelga en respuesta al nuevo reglamento laboral establecido por el Centro Industrial Mexicano, el cual era constituido por dueños de fábricas textiles. Dicho reglamento incluía, entre otras cosas, una jornada de trabajo de 14 horas y descuentos o sanciones a los operarios que rompieran utensilios o máquinas. El paro pronto se extendió a otras entidades federativas, como fue el caso de Jalisco, Querétaro, Oaxaca, el Distrito Federal y Veracruz.

El 6 de diciembre de 1906, los trabajadores poblanos del Gran Círculo de Obreros Libres se congregaron para demandar mejores condiciones laborales, entre las que figuraban el aumento de salario, la reducción de la jornada laboral, la supresión de las tiendas de raya, la eliminación del trabajo a niños menores de 14 años, etc. La decisión de los empresarios del sector textil ante estas peticiones fue la de cerrar gran parte de las fábricas del territorio nacional, despidiendo de esta forma a miles de empleados. Esta situación de disputa obligó a intervenir al presidente Díaz, quien expidió un laudo que favorecía mucho más a los dueños que a los empleados y obligaba a todas las fábricas a abrir el día 7 de enero de 1907.

En la mañana del 7 de enero de 1907, un grupo numeroso de trabajadores descontentos de Río Blanco ocupó las puertas de su fábrica para impedir la entrada a cualquier persona y, de esta forma, parar las labores. La situación se agravó cuando los amotinados empezaron a lanzar piedras contra la factoría, saquearon y quemaron la tienda de raya, cortaron la energía eléctrica y liberaron a los presos. Los disturbios continuaron los días siguientes y se extendieron a las localidades vecinas de Nogales y Santa Rosa.

La respuesta de las autoridades ante la rebelión de la muchedumbre fue la de enviar las fuerzas públicas, las cuales no dudaron en abrir fuego. El enfrentamiento entre los dos bandos dejó un saldo de entre 400 y 800 personas muertas, la gran mayoría civiles. Los dirigentes obreros fueron fusilados, destacando Rafael Moreno y Manuel Juárez, quienes murieron delante de sus familias. Algunos de los rebeldes fueron encarcelados y otros enviados al destierro, principalmente a las selvas de Quintana Roo y Valle Nacional, Oaxaca.

La relevancia de este hecho fue tal que las consecuencias que trajo, junto a otras actividades huelguísticas de su tiempo, perviven hasta la actualidad, repercutiendo sobre nuestras vidas a diario. Sólo hay que recordar el artículo 123 de la Constitución, el cual inicia señalando que “toda persona tiene derecho al trabajo digno y socialmente útil…”. Hoy en día, para muchos de nosotros estas palabras parecerán muy obvias, sin embargo, para los mexicanos de principios del siglo pasado representaban un sueño difícil de alcanzar.

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