Mircea Mazilu

Los tarahumaras, como la mayoría de los pueblos indígenas de México, fueron víctimas de invasiones y despojos a lo largo de la historia. Durante 400 años, las autoridades lanzaron varias ofensivas contra la comunidad, tratando de arrebatar y dominar su territorio. No obstante, como todo pueblo resistente y guerrero, los autóctonos intentaron a cualquier precio proteger su tierra y conservar su subsistencia. Sin embargo, la superioridad de los invasores hizo que, en gran medida, se impusiera la voluntad del gobierno. Como resultado de ello, cuando estalló la Revolución Mexicana, la tribu vio en el conflicto un medio para vengarse de sus adversarios y recuperar las tierras de las que había sido despojada.

Los rarámuris, como también se les llama, eran originarios de la Sierra Madre Occidental, de los estados de Chihuahua, Durango y Sonora. Instalados en la montaña hace aproximadamente unos 15 mil años, los indígenas empezaron a desarrollar su propia cultura, religión y modo de vida. Caracterizados por un fuerte belicismo, inventaron una religión politeísta que veneraba el Sol, la Luna, las serpientes y las piedras. Desde los inicios, practicaban una economía basada en la caza y la recolección. Sin embargo, con la aparición de la agricultura, comenzaron a cultivar el maíz, el frijol, la calabaza, el chile y el algodón. Finalmente, los diferentes grupos que conformaban su nación eran encabezados por gobernantes, que se encargaban de proteger la tribu.

El primer contacto entre los nativos y los españoles se produjo hacia 1606, cuando los jesuitas se instalaron en su territorio y comenzaron la labor evangelizadora. Sin embargo, los aborígenes no admitieron su conversión y se sublevaron contra los intrusos, provocando la muerte de varios de ellos. No obstante, la rebelión fue apagada rápidamente por las autoridades del virreinato de Nueva España, permitiendo la reanudación de la misión dirigida por San Felipe de Jesús. Durante los siglos XVII y XVIII, los tarahumaras protagonizaron otros levantamientos en contra de los españoles que se habían instalado en su región y habían ocupado parte de su tierra. Finalmente, cuando en 1767 se expulsó la Compañía de Jesús de todos los territorios coloniales, muchos indígenas regresaron a su patria y retomaron su modo de vida habitual.

En el siglo XIX, como consecuencia de las leyes de desamortización dictadas en 1856, muchos mestizos empezaron a llegar a la región, apoderándose de las tierras tarahumaras. Los indígenas, despojados y empobrecidos, decidieron abandonar sus suelos y emigrar a otras partes. Al mismo tiempo, durante el siglo decimonónico se intensificó la actividad minera y la construcción del ferrocarril Kansas City en la zona, provocando la llegada de muchos extranjeros. Estas circunstancias causaron en 1876 el estallido de la rebeliónde los rarámuri de Nonoava, tras la cual los nativos recobraron la paz y parte de sus tierras. Sin embargo, bajo el gobierno de Porfirio Díaz, los abusos cometidos contra ellos por los foráneos instalados en su terreno provocaron dos nuevos levantamientos: el de Agua Amarilla en 1895 y Chinatú en 1898.

Durante la Revolución Mexicana, los tarahumaras lucharon en las filas del ejército villista. Su conocimiento del terreno montañoso de la Sierra Madre fue de gran ayuda para las tropas de Villa. Gracias a su destacada labor de inspeccionar el movimiento de las fuerzas federales, los revolucionarios salieron victoriosos en la batalla de Ciudad Juárez en mayo de 1911. La participación en el conflicto armado no tardó en beneficiar a los indígenas.Con la Reforma Agraria, éstos recibieron buenas proporciones de tierras ejidales. De esta forma, se volvía a hacer justicia con las comunidades aborígenes de México, las cuales habían sacrificado su vida para salvaguardar la tierra, la reliquia de toda civilización.

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