Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

Una noche de 1982, o 1983, tuve un choque en la esquina de las calles París y Fátima, en la primera sección del fraccionamiento Del Valle. Cuando volví en mí –si cabe la expresión–, había salido del automóvil y algunas personas me rodeaban. Llegó una ambulancia de la Cruz Roja, que me recogió para llevarme al hospital de zona del IMSS, entonces el único en Aguascalientes, no sin antes pasar a mi casa, por mi esposa. Recuerdo el brazo amoroso de mi mujer; su abrazo y sus ojos angustiados, la luz roja de la torreta y la sirena de la ambulancia, en tanto los tripulantes son en mi mente; en mi recuerdo, figuras fantasmales, jóvenes hombres y mujeres sentados junto a nosotros, quizá una pareja, vestidos de caqui. Me depositaron en el área de urgencias del hospital, se fueron y desaparecieron en la noche, sin que supiéramos quiénes eran, y desde luego sin solicitar retribución por el servicio realizado.
Me parece que este gesto, que se multiplica por miles cada día, a lo largo y ancho del mundo, retrata de cuerpo entero el espíritu que anima a quienes hacen posible que la benemérita institución se haga presente para mitigar en la medida de sus posibilidades los efectos de la tragedia, así como las fragilidades de nuestra humanidad.
En este sentido, cabe recordar que en Aguascalientes la Cruz Roja está presente desde el nueve de diciembre de 1911, y que fue la primera delegación foránea que se estableció en el país, luego de la fundación de la primera en la Ciudad de México, el 21 de febrero de 1910, por decreto del presidente Porfirio Díaz.
Comento lo anterior a propósito del libro de historia de la institución Cruz Roja Mexicana en Aguascalientes 1911-2011, de la autoría del médico Gabriel Codina Aguilar.
Indudablemente se trata de un trabajo que fue guiado por el cariñoso involucramiento personal del autor con la institución, en la que ha servido desde la adolescencia, en un recorrido que le ha permitido conocer todas las dimensiones del organismo, desde el camillero hasta el médico. A esto hay que sumar el celo por el conocimiento de todo lo que se ha realizado; el deseo de rendir un homenaje a quienes han servido a la institución, y con ella a la comunidad.
Para los efectos de esta investigación, tan importante o más que lo anterior fue el hecho de que esta añeja relación con la Cruz Roja le permitió al autor conocer a un sinfín de personas que han desempañado diversas funciones en la organización, y que a su vez le hablaron de otras que animaron la actividad del establecimiento casi desde los tiempos de su fundación.
Estas personas le proporcionaron al autor su experiencia, documentos, fotografías, periódicos, que palpitan con la emoción de ver nuevamente la luz en las páginas del volumen, y que reviven las luchas de la benemérita por hacerse de un lugar en la sociedad de Aguascalientes, y servirla.
A lo largo de sus páginas desfilan nombres e imágenes de personajes que hicieron grandes cosas en favor de la institución. En este sentido, vienen a mi mente los nombres de varios de ellos que conocí, pero que sólo ahora vengo a enterarme de su grandeza; de las cosas importantes que hicieron. El doctor Francisco Morones Alba, mi vecino en la avenida Madero, que asistió a mi madre en mi nacimiento. Me acuerdo de él parado en la puerta de su casa, que era también su consultorio. Lo recuerdo al acecho de algún automovilista que osara estacionarse en la cochera de su vehículo, siempre dispuesto a hacerle probar su ira. El doctor Morones, informa Gabriel, realizó en 1938 la primera cesárea transversal. Además fue profesor en la Escuela de Enfermería, e incluso dirigió a la institución durante un par de años, entre 1945 y 1947.
Dolores Morfín Valdez, amiga de mi madre, mujer menudita, callada y apacible, pero de expresión chispeante, recordaba que cuando fue alumna de Conchita Aguayo, la maestra les inculcaba la idea de que cuando veían a un enfermo; un hombre encamado, a quien tendrían que ver era al mismísimo Cristo, “y lo que le hagan al enfermo se lo van a hacer a Cristo, con el mismo respeto; con el mismo cariño … y así van a tratar a cada enfermo que les llegue”. Lolita Morfín egresó con la primera generación de enfermeras, en 1938, y fungió en una época como vicepresidenta del Comité de Damas.
Desde luego también recuerdo al doctor Guillermo Ramírez Valdez, puesto que fui compañero de escuela de su hijo Guillermo y en más de alguna ocasión llegué a jugar en su casa, aparte de haberlo consultado en una ocasión para un problema en la piel, y recuerdo a su esposa, la señora Florinda Muñiz de Ramírez, también muy involucrada con las tareas de la institución. También conocí al doctor Alberto Guerrero Murillo, e infinidad de veces vi al doctor Rafael Macías Peña, cuando daba sus paseos matinales por la Madero, siempre solo; quizá siempre con guayabera y pantalón oscuro, aunque jamás crucé palabra con él. Finalmente, en este recuento de personajes debo mencionar al doctor Juan José de Alba Martín, con quien me une una amistad de más 25 años, y la cita semanal en Al tranco, origen, esencia, que sábado a sábado transmite Radio Universidad.
En fin. Que la lista sería larga. En este sentido, me parece que quien quiera que haya tenido algún pariente que se relacionara con la Cruz Roja, es casi seguro que Codina lo mencione. ¡Vaya! ¡Hasta mi abuelo materno aparece!, y eso que nada tuvo que ver con la institución. En efecto, el autor incluye a Alfonso N. Sahagún en la extensa nómina de asistentes a la inauguración del puesto de socorros de la Calle Primo Verdad; el primer local propio que tuvo la institución, puesto en servicio el 13 de septiembre de 1937.
Por cierto que esta mención de la cesárea practicada por el doctor Morones, me recuerda un tema que aparece de cuando en cuando en el trabajo de Codina, y sobre el que valdría la pena profundizar. Me refiero a aquellos que tuvieron el ánimo, la voluntad y, ¿por qué no decirlo? la temeridad de realizar a cabo acciones que en el contexto de Aguascalientes revistieron un carácter innovador.
Basten unos cuantos ejemplos: en 1906 el doctor Antonio Ávila practicó por primera vez la prueba Wassermann para la detección de la sífilis; en 1928 Concepción Aguayo aplicó por primera vez una anestesia con mascarilla de Ombredane, etc. Pero hay otras primeras veces en el texto de Codina. Señalo únicamente dos: la primera sede de la Cruz Roja fue el Hospital de San Vicente de Paul, en la calle de Tacuba, hoy 5 de mayo; la primera ambulancia se compró en 1932. (Esta Historia de la Cruz Roja está a la venta en la sede de la institución, ahí a un lado de la escultura del papa Juan Pablo II “te quiere todo el mundo”, por si gusta. Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).