Luis Muñoz Fernández

El filósofo catalán Josep María Esquirol se pregunta por qué a la época actual se le suele denominar “el tiempo o la era de la técnica”:

“Han sido muchas las técnicas que desde los albores de la humanidad, pasando por las grandes civilizaciones antiguas (Mesopotamia, China, India, Egipto, Grecia, Roma…) hasta la revolución industrial del siglo XIX, han acompañado nuestras vidas. ¿Por qué, pues, ha de ser especialmente la contemporánea la que reciba la calificación de ‘era de la técnica’?, ¿cuáles son las características que la diferencian de las demás?”

Esquirol considera que existen cuatro características de la técnica actual que justifican el que a nuestro tiempo se le denomine de esta manera: un poder, un sistema, una revelación y un lenguaje.

Como nunca antes y gracias a la técnica, el ser humano tiene ahora el poder de destruirse a sí mismo y también de modificar el curso de su propia evolución biológica. Nos dice Esquirol que “hay buenos argumentos para afirmar que, especialmente con la confluencia de las tecnologías de la información y la informática y la biotecnología, se está ante un cambio social, político, económico y cultural de enorme relevancia”. Ya los antiguos griegos le otorgaban a la técnica un origen divino (y, por ende, un poder): ahí está el mito del titán Prometeo que hurta el fuego de los dioses para regalárselo a los seres humanos.

No sólo es hoy un hecho que la ciencia y la técnica forman un sistema omnipresente en nuestras vidas, sino que existen interacciones entre éste y otros sistemas, como es el caso de la interacción entre sistema tecnocientífico y el sistema económico. “Ambos sistemas están siendo los protagonistas principales de nuestra sociedad. Incluso hay quienes quieren ver en la relación entre genética y economía la clave del futuro: los genes serán -según dicen- el oro del futuro”.

Todas las técnicas, también las artísticas, nos ofrecen una nueva forma de ver, son el instrumento de revelaciones. Pero cuando una visión del mundo se vuelve hegemónica hace que otras formas de ver pierdan credibilidad. Así, la hegemonía de la cosmovisión tecnocientífica desacredita las visiones que no son científicas. Ya Max Weber señalaba que el cálculo y la previsión han excluido lo mágico del mundo.

Y a la visión hegemónica del mundo le corresponde un lenguaje. “El lenguaje de la información es el más propio y característico de la era de la ciencia y la tecnología porque ‘fija’ y ‘determina’ las cosas, y porque es el lenguaje exportable –precisamente- al mundo de la informática”. Cuanta más información se tenga del mundo, más se sacará provecho de él. “Información significa, pues, control, dominio, poder”.

Esquirol afirma que, conociendo lo anterior, “no se puede creer ingenuamente que la investigación biotecnológica y sus aplicaciones formen parte de una hipotética neutralidad de la ciencia y la tecnología”.

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