Jesús Eduardo Martín Jáuregui

«Querido hermano: Gracias por tu correo. Veo tu trabajo incansable a todo vapor. Pido mucho para que Dios te proteja a vos y a los alamedenses. Y ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización. Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror.” S.S. Francisco en un correo privado a su amigo Gustavo Vera, legislador argentino.

La comunicación privada de S.S. quién sabe por qué se filtró y la prensa lo publicó. Ya lo sabemos y los que no lo sepan es tiempo de que lo vayan sabiendo, que todos (unos más que otros) en algún momento somos rigurosamente vigilados. Las paredes oyen, se titula la comedia de Juan Ruiz de Alarcón y, podríamos agregar con razón, con frecuencia hablan. Nuestras conversaciones telefónicas se graban, en nuestras oficinas se instalan receptores, grabadoras de sonido y video, el reloj que trae el vendedor sirve también como grabadora, la pluma con la que el cliente juega mientras nos platica nos está filmando, el vehículo estacionado casualmente frente a nuestro domicilio está equipado para interferir nuestras comunicaciones, las llamadas que hacemos para contratar un servicio, para quejarnos de su mal desempeño o para cancelarlo son también indefectiblemente registradas. El espionaje es una práctica no sólo de potencias enemigas como aprendimos llevada la función a su nivel más alto de exaltación con “Bond, James Bond”, sino de empresas competidoras, de negocios que ofrecen bienes o servicios, de aprendices de espías, de detectives privados, sino también, lo que es peor, de autoridades civiles y militares (según se dice, dicho lo anterior para dejar abierta la salida a la impunidad), que utilizan la paranoia como recurso para justificar su chamba. En México y el mundo se repiten estas prácticas, sólo que en los países del primer mundo su valor en juicio es prácticamente nulo, más aún, se revierte a quien la exhibe en tanto que, en nuestros países en vías de subdesarrollo todavía hay tribunales que la solapan y autoridades que le dan valor jurídico.

La publicación de las palabras de S.S. han servido y servirán para que más de alguno reivindicando jacobinismos anacrónicos pretendan reverdecer lauros del siglo XIX, preocupados más de que lo haya dicho, que de que se trata de una lacerante verdad que no cambiará por pretender ignorarla. Merece la pena recordar que hasta hace poco los mexicanos nos preocupábamos por la posible “colombianización” de México. Al cabo de pocos años Colombia no se ha descolombianizado y México se ha colombianizado tanto o más que aquel país hermano, al grado que los capos mexicanos han rebasado a sus colegas suramericanos controlando la comercialización a nivel mundial, según datos de estudiosos sobre el tema.

Conviene, antes de dejar caer la picota, retomar el texto y el contexto de S.S. Se trata de una comunicación privada entre dos amigos. No es un documento oficial ni tampoco un documento destinado a la publicidad. Muestra una preocupación legítima por la realidad de nuestro país, la que conoce de primera mano por las comunicaciones de los obispos mexicanos que la han experimentado de diversas formas y, señala también la preocupación legítima porque Argentina pudiese convertirse en una siguiente víctima de las mafias internacionales que controlan la circulación de la droga. Antes que levantar la voz para condenar “la intromisión”, anatematizar las declaraciones, izar el pendón de la dignidad lastimada, conviene reflexionar sobre las palabras de S.S. y sobre las comunicaciones que los Obispos mexicanos han hecho a la comunidad católica y han hecho también a las autoridades civiles. Hace no mucho en una reunión con el Secretario de Gobernación, los obispos mexicanos manifestaron su preocupación, por una parte, y su disposición para colaborar en la búsqueda de un camino para superar la crisis de violencia, de corrupción, de impunidad y lo que es peor, de credibilidad.

Seguramente más de algún lector recordará los superhéroes de la mitología, antes de la avalancha de superhéroes, Birdman y González Iñárritu incluidos, producto de los cómics postmodernos. Entre aquéllos había uno, semidios por ser hijo de una mortal, llamado Hércules que fue puesto a prueba para ver si era digno de alcanzar la estatura de un dios y llegar a habitar el Olimpo, la prueba consistía en superar 12 encargos a cual más complicados, en términos claro, de la mitología griega y las supersticiones de la época. Cada uno por sí solo sería una gran hazaña. En este articulejo no habrá espacio para comentarlos pero por no dejar he aquí la relación: Matar al León de Nemea y despojarle de su piel. Matar a la Hidra de Lerna. Capturar a la Cierva de Cerinea. Capturar al Jabalí de Erimanto. Limpiar los Establos de Augías en sólo un día. Matar a los Pájaros del Estínfalo. Capturar al Toro de Creta. Robar las Yeguas de Diomedes. Robar el Cinturón de Hipólita. Robar el Ganado de Gerión. Robar las Manzanas del Jardín de las Hespérides. Capturar a Cerbero y sacarlo de los infiernos. ¡Ah, pa’ trabajitos!

Siglos después, la estupenda novelista inglesa Agatha Christie, retomando al héroe mitológico, creó un personaje, un detective bajito, atildado, que nunca perdía la compostura, con un bigote recortado y relamido, de nacionalidad belga y de ingenio universal, llamado Hércules Poirot. Cuando este antihéroe decidió jubilarse, por hacer honor a su nombre decidió que antes de colgar su lupa y su bombín habría de resolver 12 casos que de alguna manera tuvieran relación con las 12 grandes tareas de su tocayo el superhéroe griego. Más o menos eligió casos que presentaran similitud de alguna forma con los Trabajos de Hércules. Cuando llegó a la Hidra de Lerna se planteó que de la vida moderna podría recordar a aquel monstruo mitológico que originariamente tuvo tres cabezas, y que tenía la capacidad de regenerar doble la que le fuera cortada. Poirot decidió que la maledicencia, el rumor, la difamación representaría perfectamente a aquel monstruo mitológico, multiforme, con multitud de caras, la difamación se multiplica y cuando se cree haber llegado a la fuente del rumor, ésta ya se multiplicó y en progresión geométrica crece su ponzoña.

Augías, rey mitológico, fue premiado por los dioses luego de haber formado parte de los Argonautas, haciendo que su ganado no enfermara ni tampoco sufriera bajas por las fieras. Sus establos nunca habían sido limpiados hasta que lo hizo Heracles en un solo día en cumplimiento de su quinto trabajo. Esa fenomenal tarea requirió de una acción fenomenal, hubo de variar el curso de un río para poder limpiar de una sola vez aquellos establos fabulosos. Poirot se planteó resolver la corrupción de un ministerio y tuvo que, a la manera de su tocayo, empezar desde abajo y a profundidad la limpieza.

En México, en nuestro México, ¿dónde estará el Hércules que acabe con nuestras Hidras de Lerna y nuestros establos de Augías?

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