Noé García Gómez

Cada día es más común ver que los asesinatos son cometidos por personas de menor edad, adolescentes que pelean, maltratan o se ven involucrados en hechos de violencia y asesinato.

Esos adolescentes son producto de esa década donde se comenzó a disparar la violencia en nuestro país, que si bien nació entre 2000 y 2010, vivió con el uso de razón, el inicio de la guerra contra el narcotráfico emprendida por Felipe Calderón y continuada por Enrique Peña Nieto. Donde las masacres ocurrían, vieron en noticieros imágenes de las masacres de San Fernando, lo ocurrido en Villas de Salvarcar, Ciudad Juárez, 15 jóvenes fueron asesinados, de las 40 fosas clandestinas en Tamaulipas con 193 cadáveres; escucharon de la tesis de una gigantesca fogata donde quemaron a 43 estudiantes de Ayotzinapa; vieron la entrevista del “Ponchis”el niño sicario de 12 años y su frío relato de los asesinatos; veían y leían de descuartizados, colgados, calcinados, entambados, de un conteo diario que los noticieros llamaban el “ejecutómetro” donde llegaba en un año hasta los 3000 asesinatos relacionados con el crimen organizado.

¿Cuántos de esos muertos tenían hijos que hoy son adolecentes o adultos?

Que escuchan en su televisión prendida mientras desayunaban o cenaban sobre ataques terroristas en Europa, de invasiones, bombardeos y terrorismo en Oriente Medio.

Pero esos jóvenes también se entretuvieron con videojuegos llenos de violencia, de guerra y destrucción. Los padres optaron por utilizar las consolas de videojuegos como niñeras donde absorbían valores por parte del protagonista de “Grand theft auto”, “Silenthill” o “Call of duty” donde el robo, la violencia, los asesinatos y el daño al prójimo era el espíritu del entretenimiento.

Que procesaban la información donde de un segundo a otro se informaba que México tenía al hombre más rico del mundo, pero también más de 50 millones de pobres.

Jóvenes inmersos en bullying, el sexting y el grooming rigen su actuar y lo padecen o lo protagonizan, lo toleran o lo incentivan.

Jóvenes que crecen en una creciente soledad, con un constante alejamiento y distanciamiento de sus padres –aun estando en la misma casa o la misma habitación- paradójicamente en esta era que pareciera la más informada y conectada, las redes sociales brindan compañía artificial que provoca el aislamiento y contacto social real.

Una generación que cree estar deprimida, que dice estar enojada e indignada, pero no saben de qué.

Estudios del Colegio de la Frontera Norte apuntan que la normalización de la violencia convirtió a una generación de jóvenes en víctimas y agresores.

Creo que tenemos que pensar en todo esto, no podemos quedarnos solo en medidas como la llamada “operación mochila”

Es momento de pensar en esta generación una generación que Héctor de Mauleón llama la generación herida. Todos, gobierno, sociedad y especialistas no se puede quedar solo viendo cómo esa generación herida se profundiza más.

Twitter: @noeg2