Moshé Leher

Decía Woody Allen que no perseguía la inmortalidad. Por lo menos no esa que se alcanza, en el caso de los famosos, por medio de su obra; la inmortalidad que quería el cineasta –por cierto condenado a la muerte civil-, era la que se alcanza al no morir. Sobre eso Borges decía –escribía, en realidad-, que la muerte era sólo una posibilidad estadística y que existía la probabilidad de que en él el azar, no para su fortuna, obrara en sentido contrario.

Como sea Borges murió, por mera casualidad, un 14 de junio, hoy hace justo 35 años. Por cierto un día Borges subió a un taxi en Buenos Aires. El taxista –los famosos tacheros argentinos-, creyó reconocerle y le preguntó: “¿De casualidad es usted Borges?”. Cito de memoria la respuesta: “No sé si por casualidad, pero sí (¿desafortunadamente?), soy Borges”.

En fin que, humano como soy –además de clasemediero, para mayor infamia, según el presidente que padecemos-, siempre pienso qué pasará con las, por lo demás escasas, obras que he ido dejando, en el entendido de que como escritor no he sido prolijo: apenas siete libritos publicados en casi treinta años, y como pintor he sido más bien un perezoso, pues desde que volví a pintar, también ya hace poco menos de veinte años, mis cuadros y grabados apenas suman un par de docenas.

Así las cosas, mientras el mundo se derrumbaba a mis pies, finalmente acepté la amable y hasta amorosa hospitalidad de Lalo Escárcega, para llevar media decena de dibujos a la piedra y al papel, allí en ese espectacular taller de grabado del MUSE, que fue mi refugio anti bombas, cuando a mi alrededor comenzaron a caer artefactos de destrucción masiva.

Planeamos bien el proceso, elegí una piedra litográfica, contando con que lleva inscritos en sus capas los eones de todas la eras desde que el mundo fue mundo y dispusimos todo para comenzar el proceso, en que no sólo recibí el apoyo de Eduardo, de Michelle su asistente, de Pedro mi socio para la impresión y de Sergio Rosales, quien me acompañó en el proceso documentando gráficamente lo que iba saliendo de la prensa.

Tres semanas tardamos en entender un poco los caprichos de la piedra, los secretos de la prensa y lo que en este proceso podíamos esperar, pues la litografía tiene la magia de que hay que entenderse con el material inerte que, y esto es emocionante, se formó de manera más bien azarosa por cientos o miles de millones de años; luego de eso comenzamos a trabajar. Los lunes a borrar la piedra, los martes a dibujar de nuevo en ella, dos o tres días de entintado y acidulado y los sábados a imprimir.

Eso me entretuvo un par de meses más. Llegaba muy temprano y en la paz de ese taller, cuyo silencio es espectacular, bebiendo café, charlando un poco, dejando que la piedra caliza y las tintas trabajaran lo suyo, entretuve con paz algunos de los meses más difíciles de los que tengo memoria. El camino del taller, que transité varias decenas de veces mientras trabajaba los cinco grabados (elegidos de una docena de dibujos previos), pasaba por el pequeño salón-capilla del Museo, por una sala con obras del maestro Zepeda, por el taller infantil, un patio siempre soleado, lo que me inspiró un cuadro extraño: un Vía Crucis y una Piedad, que pinté en mi estudio y que luego regalé a Lalo, como una prueba de mi gratitud, y que, otro gesto generoso, cuelga ya en el MUSE.

Poco a poco se fueron formando las pequeñas pilas de grabados. Poco más de una treintena entre pruebas de estado y las cinco series numeradas. Los sábados, al terminar, Pedro, Sergio y yo rematábamos la semana en una cantinita del rumbo, con un par de mezcales por cabeza, planeando el trabajo de la semana siguiente.

Un sábado, de esto ya casi dos meses, terminamos. Grabamos un testimonio, Sergio hizo fotografías, mientras yo numeraba y firmaba las obras; por allí en el MUSE se quedaron las pruebas de taller y una serie más que dejé allí, para que los que allí cuidan de ese acervo dispongan, yo a la espera de que los ojos que se encuentren alguna vez con ella sean ojos aprensivos que entiendan esa mi modesta manera de dejar otra breve y frágil huella para decirle al mundo que alguna vez pasé por esta tierra de apaches.

Hay consideraciones adicionales sobre el osado acto de hacer un cuadro y atreverse a exponerlo ante ojos futuros; otras sobre la venta de esas obras (quedan algunas) y el peliagudo asunto de cuánto vale el trabajo de un artista. De eso hablaré después, que el espacio quedó agotado.

Mazel Tov.