Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Empezó en la Ciudad de México, en una de sus delegaciones un juez de distrito determinó la admisión de un amparo contra la celebración de corridas en la Plaza México, sita en esa delegación y concedió la suspensión provisional y luego la definitiva para impedir las corridas en tanto no se resuelva el fondo del amparo que se hace consistir en el atentado contra el equilibrio ecológico, protegido por disposiciones legales. Con iguales o parecidos argumentos, un juez de distrito en San Luis Potosí y luego otro en Zacatecas admitieron sendos amparos y acordaron también la suspensión de los espectáculos taurinos en tanto no se resuelvan de fondo los argumentos con los que sostienen que se atenta contra el equilibrio ecológico en una interpretación extensiva de la ley respectiva.

Toda norma y todo texto legal, como lo es en general todo texto, es susceptible de interpretaciones, y los derechos fundamentales, que por su naturaleza son progresivos y de igual valor, son también sujetos a ponderación para determinar en cada caso concreto cuál debe prevalecer frente a los otros.

Un ejemplo reciente han sido los criterios pro aborto en los que ante la ponderación de la protección de la vida del nasciturus, ha prevalecido el criterio de privilegiar la libertad de la mujer para decidir abortar, aun a costa de provocar la muerte de una criatura que tiene su propia vida, dependiente es cierto, pero vida propia. No es el tema de este artículo pero sí me sirve para ejemplificar.

Argumentar que la muerte de seis animales en un ritual milenario, animales que han sido criados en un ambiente controlado de respeto absoluto a la naturaleza, en un medio en que por su naturaleza se propicia el desarrollo de múltiples especies animales y vegetales, que crecen y se desarrollan gracias a la preservación de un hábitat para el toro bravo, sea un atentado contra el equilibrio ecológico es una desmesura. Nadie en su sano juicio, salvo desde luego los que profesan las creencias animalistas y, en este caso, los jueces que los han secundado, podrían concluir que se afecta el equilibrio ecológico. Conclusión a la que torpemente llegó el juez de la Ciudad de México luego de inspeccionar los corrales de la plaza México.

Perversamente, han señalado los juzgadores que es necesaria la suspensión para no afectar la ecología. Con una desviación malsana no paran mientes en los rastros, que con igual y más fundado criterio deberían suspender sus matanzas, porque allí se sacrifican indiscriminadamente a los animales que, muchos, desde su nacimiento han estado hacinados, confinados a un espacio en que no pueden moverse y sujetos a una dieta para lograr en ocho meses un producto cárnico. En tanto que el toro de lidia alcanza su desarrollo antes de completar el ritual.

La ignorancia generalizada de los enemigos de la Fiesta se centra sólo en la parte culminante de la vida del toro bravo. Creatura excepcional del hombre a partir de una especie salvaje ya extinta que ha conservado muchas de sus características en el toro de lidia. El equilibrio ecológico es un argumento falaz, nadie más preocupado por mantener un hábitat que un ganadero de toros bravos.

El punto, en mi opinión, se centra en una concepción del ser y de la vida, en un choque de culturas propiciada en buena parte por una embestida de la ideología del new age, hacia una cultura milenaria gestada en el crisol de multitud de razas que se transterró a América y que fructificó en los países en lo que más se desarrolló la raza cósmica. Subyace en esa “nueva” visión una curiosa transposición de valores, en los que encontramos personas incapaces de alternar con otros humanos, que se vuelcan en “amor” y atenciones a sus mascotas, a las que tratan como si fueran seres humanos. Es su gusto y es su decisión, pero la circunstancia de que existan personas que darían la vida por sus mascotas es tan respetable como un ritual milenario que en última instancia es una celebración táurica con un sacrificio ritual con valores propios.

La fiesta de toros no se explica y no se entiende, sino a partir de una concepción cultural que, por fas o nefas, compartimos muchos pueblos. Los valores de la fiesta: libertad, orden, jerarquía, autoridad, compañerismo, colaboración, disciplina, esfuerzo, tolerancia, paciencia, ludismo, sacrificio, vitalismo, etc., además de los valores estéticos inherentes, la expresión artística en diferentes modalidades: el toreo mismo, la música, la plástica que acompaña en carteles, pinturas, trajes, etc., toda da cuenta de una expresión cultural única que se quiere desaparecer por el “capricho” de quienes asumen una ideología y una cultura diferentes.

Con toda intención no me detendré en los aspectos económicos porque estoy convencido que los argumentos que se esgrimen contra los Toros son de carácter ideológica. Lo decía Ortega y Gasset, nosotros tenemos las ideas, pero las creencias nos tienen.

A mí me sorprende la pasividad de los profesionales de la Fiesta. No veo las acciones en defensa de su forma de vida. Doy por supuesto que comparten los valores de esta expresión cultural milenaria que se remonta a la era de Tauro. No veo unidad, no veo manifestaciones, sólo percibo la preocupación de algunos taurinos que, como yo, no tenemos más opciones que expresar nuestra preocupación y enojo, no sólo por el ataque sistemático contra la Fiesta, sino contra una cultura, contra una idiosincrasia que va desmoronado lo que nos unía en favor de una apología de lo inmediato, de lo efímero, del consumo y de la moda en que todo se vuelve relativo, quizás Bauman tiene razón, nos hundimos en un mundo líquido.

La defensa de los Toros no es la defensa de un espectáculo, de una actividad que todavía genera un intercambio económico importante, de una tradición más o menos curiosa y pintoresca, sino una lucha por la libertad, la libertad de profesar una filosofía de la vida en que el centro siga siendo el hombre, con sus limitaciones, sus temores, sus aspiraciones, sus múltiples creencias, sus gustos y aficiones, sus placeres, sus emociones, en fin por la defensa de lo que significa ser humano. Decía Federico Nietzsche: el verdadero hombre ama dos cosas: el juego y el peligro, la fiesta de Toros es expresión luminosa de ambas.

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