Moshé Leher

Yo creo que alguno que se me parece, quizás mi doble, o en una de esas mi fantasma recorre cada día, o la mayoría de ellos la zona de la verbena y, según me cuentan los que juran que lo han visto, armando estropicios.

Y es que el sábado, como suele pasar, me contaron que me vieron a eso del amanecer, nada menos consumiendo, ya visiblemente en estado inconveniente, tres perritos calientes de esos que, se quejan los borrachines asiduos, ya cuestan sesenta pesos, por aquello de la inflación.

Lo cierto es que el viernes, muy a mi pesar y atendiendo la invitación de un amigo, fui a la corrida, de la que no pienso hablar ni media palabra, tras lo cual me trasladé a una conocida taquería, ya lejos de la zona de los festejos y me vine a casa, donde antes de la media noche estaba ya en cama, escuchando, como supongo que pasará los siguientes días y hasta que termine el relajito, el ladrido de los perros y los ecos lejanos, pero muy molestos, de la pachanga.

Cansado de contar la misma historia y de exponer las mismas objeciones, me mandaré hacer una camiseta, una por año, donde ponga la leyenda que cuente cuántos años van que no me paro por la zona en tiempos de feria, que son ya 19 para esta edición.

Para los más interesados, que al parecer no son pocos, cosa rara si pensamos que mi vida no es nada parecido a una vida pública, o eso supongo yo, imprimiré en la parte posterior un resumen del incidente que me alejó, según sostengo para siempre, de esas multitudes y ese pandemonio, registrado según mis cuentas en el ya lejano año del 2003, cuando en medio de una resaca bastante respetable, dije que se había acabado para mí.

De hecho, y desde entonces, ésta es para mí una época bastante apacible, pues mientras muchos de mis amigos andan de vacaciones, otros siguen asistiendo habitualmente a los festejos, como si se les hubiera perdido algo, incluida la grata experiencia de verme por allí, o sea a mí doble, o a mi espectro, armando camorra o cantando canciones rascuaches a grito pelado, o haciendo lo que sea que me ven haciendo los que aseguran que se encontraron conmigo.

No estaría mal, ante tales alucinaciones colectivas, darle una buena revisada a los alipuces y aguas locas que allí se venden con tanta prodigiosidad.

En fin que yo aprovecho estos días para reponer fuerzas, sacar pendientes y comportarme como lo que, ciertamente, no soy, un sujeto de talante tranquilo y ajeno a borlotes y barullos, como si lo que se celebra allá tan lejos de casa, fuera una de esas fiestas privadas a donde nadie me ha invitado.

Hoy, otra vez muy a mi pesar, por obra de otra invitación, asistiré, y ya por última ocasión a la corrida de esta tarde, pensando en que se llegue la hora de volverme a casa, ponerme la pijama, cenar ligero, nunca infectos perritos calientes de origen más que desconocido pero presumible, abrir la ventana, agarrar un libro y darme al delicioso arrullo de escuchar tamborazos en la lejanía y aullidos de perros desquiciados en el vecindario.

Si alguno me ve a deshoras y piensa venírmelo a contar mañana, asegurando que yo no soy yo, mucho le ruego que saque su teléfono celular y me haga una fotografía, para tener el gusto de conocer, de una buena vez, a mi otro yo, el que sigue colándose a esa fiesta que me es ajena.

Si no voy a las fiestas a las que sí me invitan, menos allá a donde nadie me llama.

¡Shalom!

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