Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Estoy refiriéndome a la Feria de San Marcos de 1947, año en que no hubo corridas de toros, debido a la presencia de una epizootia de fiebre aftosa, que devastó la ganadería nacional.

Antes de seguir adelante con el relato, permítame hacer un paréntesis. En la entrega de la semana pasada cité un artículo del especialista taurino Xavier González Fischer, publicado en 2009, con motivo de la cancelación de la feria de aquel año, en el que rescató un artículo del cronista taurino Luis de la Torre, conocido como El-hombre-que-no-cree-en-nada, sobre la cancelación de las corridas de toros en 1947.

Tanto lo que redactamos González Fischer y este servidor de la palabra que intento ser, a propósito de la aftosa, no es gratuito. Él escribió y trajo a colación el texto de de la Torre, a raíz de la epidemia de influenza de 2009, y yo lo hago tomando como pretexto la pandemia del coronavirus que, como la aftosa, dejó sin toros a quienes disfrutan de semejante espectáculo y, peor aún: estas últimas nos dejaron sin feria, aunque no sin alcohol: ¡que vivan el agave, la uva, la caña de azúcar y los alambiques!

Entonces, en esta línea de pensamiento diré que, en mi inútil opinión, en la cita publicada en la entrega anterior, El-hombre-que-no-cree-en-nada dio a entender; insinuó, que la estrategia seguida en aquella ocasión, según la cual se dejó a los aficionados sin la lidia de astados, fue equivocada, dado que se pudo echar mano de ganado de establecimientos ubicados en las cercanías.

Teniendo en cuenta lo anterior, hago ahora un paréntesis para preguntarme -pregunta retórica- si la estrategia seguida en contra del COVID-19 fue, es, por sus resultados, la más eficiente, esto porque primero nos mandaron encerrar, y así lo hicimos -ahora sí que, como andan diciendo, como “figuritas del nacimiento”– pero con la esperanza de que, pasado el pico de contagios, volveríamos a la normalidad, cosa que ocurriría a fines de mayo, pero ¡Cuál?…

Llegó mayo y pasó, y la economía comenzó a crujir, más aún de lo que venía haciéndolo, y entonces se emitió la disposición de ingresar en una “nueva normalidad” -¡¿Pero había algo normal en la “vieja normalidad”?!; ¿en México, en Aguascalientes?-  reanudar actividades, justamente cuando más contagios y muertos se estaban produciendo.

Entonces, ¿no habría sido más adecuado que las medidas de prevención que se están tomando ahora, se hubieran asumido desde el principio, pero sin llegar al paro coronavirulesco? Claro, posiblemente hubiera áreas que exigían el paro inmediato, las escuelas, por ejemplo, donde resultaría imposible recibir a Susanita Distancia y generar una zona libre de riesgo de contagio, las celebraciones religiosas… En fin, parar aquellas áreas no estratégicas desde una perspectiva económica, y permitir que el grueso de la planta productiva continuara funcionando, hasta el momento en que previsiblemente el ascenso de contagios se tornara imparable, y sólo entonces parar, de tal manera que el tiempo de encierro fuera menor, para, de esta forma, mitigar en algo la carga de angustia y tristeza; la incertidumbre sobre el futuro que muchos arrastran hoy en día, luego de 4 meses de encierro.

En fin. Lo que me queda claro, en relación a la epizootia de 1947 y a las epidemias de 2009 y 2020; lo que tienen en común estos tres episodios, es que a final de cuentas somos un puñado de creaturas desamparadas, que aparecimos en estos lares sin instructivo de uso bajo el brazo, con una ignorancia que nos convierte en carne de cañón, víctimas de la credulidad de todo tipo de información, una más disparatada que la otra, y que a fuerza de ensayo y error vamos aprendiendo a adaptarnos al entorno en que vivimos, tomando y desechando, viviendo y muriendo. Somos seres que sufrimos las consecuencias de estar vivos, de no tratarnos como debiéramos, de acuerdo a nuestra naturaleza, de no tener una relación saludable y fecunda; sabia y bondadosa con el planeta, sino más bien de depredación; creaturas obligadas a conocer rápidamente a nuestro enemigo a fin de enfrentarlo con efectividad y prontitud, y mientras logramos estos objetivos vamos dando traspiés que nos cuestan un ojo de la cara en vidas, riqueza, etc.

En fin. Regreso al texto de Luis de la Torre, su clamor por la cancelación por las corridas de toros en la Feria de San Marcos de 1947. Por cierto que quizá fuera un exceso hablar de serial para aquella época, considerando que apenas si se llevaban a cabo dos o tres festejos.

Quien firmaba con el seudónimo de El-hombre-que-no-cree-en-nada, recordó que en esos días de abril había un encierro en los corrales de la San Marcos, “no habiéndose permitido su lidia ni siquiera para seguir la tradición en la fecha central de tan renombradas fiestas primaverales.

Feria de San Marcos sin toros. ¡Vaya atrocidad! Este fue el clamor general de habitantes y visitantes al saberse la absurda medida de las autoridades, las que sin embargo no hubieran cometido el desacato si se atiende a sus peticiones, como no tuvieron inconveniente de pasar sobre una prohibición legal que, si bien es cierto ha sido siempre factor principal en el esplendor y alegría de la feria, no por ella deja de ser una inmoralidad legalmente penada, lo que no acontece con la fiesta taurina, en forma también legalmente autorizada en todo el país y propiedad actual en el Distrito y Territorios, de una Secretaría de Estado”.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com)