Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Ahora que se canceló la Feria de San Marcos de este annus terribilis, permítame respirar por la herida, tal y como proclama en su canción Acá entre nos Vicente Fernández, el último de los grandes, y recordar con usted; para usted, el año de 1947, en el que no hubo toros en la feria, y que por poquito tampoco hay feria, debido a una epizootia, aunque en aquella ocasión no se llegó al extremo de este año, tal y como le mostraré, si tiene la paciencia de seguirme durante las próximas semanas.

Así que, como en la lotería que no hubo, corre y se va. Comienzo con los astados… A fe mía que los ingredientes principales de una feria tradicional mexicana; una verbena que se crea heredera de un pasado que considera glorioso -aunque no lo sea-, y que se sienta orgullosamente provinciana, son los jaripeos, que luego devinieron en charreadas, el alcohol, el juego con cruce de apuesta, las carreras parejeras de caballos, el arroz con pollo y mole, y toda la cauda de mexicanas delicias gastronómicas, más alcohol, las peleas de gallos, los volantines y desde luego las corridas de toros.

Pues resulta que estas últimas fueron las que faltaron como consecuencia de la epizootia de fiebre aftosa que azotaba al ganado mexicano. Por cierto, permítame aprovechar el viaje para aclarar la diferencia entre epidemia y epizootia, que está en quién, o a quienes afecta. Epizootia, dice el diccionario de la RAE: es una “enfermedad que acomete a una o varias especies animales por una causa general y transitoria, y que equivale a la epidemia en el ser humano”. De aquí que aquella de 1947 afectó a los animales, en tanto esta del coronavirus afecta a los humanos, y aparentemente sólo a nosotros.

Xavier González Fischer recordó (“Hace seis décadas: la Feria de San Marcos sin Toros”, en La aldea de tauro blogspot punto com) que cuando la enfermedad se hizo presente, el país fue zonificado para organizar el combate y se dividió en tres regiones, siendo el sur, la “zona infestada”, la más trastornada, y abarcaba hasta la capital del país. Venía luego la denominada “zona de seguridad”, que cubría la región entre aquella y la ciudad de San Luis Potosí. Finalmente estaba la “zona libre”, correspondiente al norte del país, a donde la enfermedad no había llegado, gracias a un sinfín de medidas que se habían instrumentado. De aquí que Aguascalientes quedara ubicado en la “zona de seguridad”. Aunque también habría que decir que según otra fuente (El Sol del Centro, 1 de agosto de 1947) Aguascalientes estaría en el límite de la zona infectada, dado que, como se verá más delante, para esta última fecha se cambió la línea de cuarentena, y el estado pasó a la zona de seguridad.

El hecho es que, según columbro por las referencias que citaré, la feria de ese año fue como un pastel sin cobertura de azúcar glas con un suave sabor de limón y perlas dulces; o como una playa sin arena.

En su libro “La ciudad, la fiesta y sus plazas” (P. 118), Jesús Gómez Medina escribió que en aquel año “la malhadada fiebre aftosa interpuso un alto a las actividades taurinas. La Feria de San Marcos de ese año se realizó sin el indispensable aditamento del espectáculo taurino y resultó una feria desprovista de calor y animación”. Por su parte, Ramón Morales Padilla escribió en El Sol del Centro (25 de abril de 1948) que “la Feria de Abril del año 1947, pareció entristecerse por la falta de un espectáculo tan necesario para su realce”.

Pero hubo quien dijo más; mucho más. En 2009, cuando la feria fue cancelada con motivo de la epidemia de influenza, y con ella el serial taurino, Xavier González Fischer rescató un escrito que no tiene desperdicio, de Luis de la Torre, un columnista de toros legendario, conocido por el respetable con el mote de El-hombre-que-no-cree-en-nada, que por cierto se refiere a Aguascalientes como La Sevilla mexicana, esto por la afición taurina de su gente y a los toreros que había dado la Tierra.

Las líneas de referencia aparecieron en La lidia de México, el 9 de mayo de 1947, cuando la verbena de ese año estaba por ingresar en esa zona de luz crepuscular que precede a las sombras ominosas del olvido. Entonces escribió don Luis cosas como las siguientes: “tomándose infantil pretexto la decantada fiebre aftosa, las autoridades, haciéndose cómplices en el decaimiento del espectáculo, tuvieron a bien no autorizar las corridas de toros… En cambio no tuvieron empacho en dejar libertad absoluta a las peleas de gallos, partida de ruleta, con beneplácito de viciosos y tahúres, no obstante la prohibición legal existente para tales manejos.

En otra parte de su catilinaria, El-hombre-que-no-cree-en-nada dejó constancia de algo que me parece de lo más razonable, y que en su momento bien pudo salvar la fiesta. Recordó que en la región existían algunas importantes ganaderías que bien podrían haber provisto de ganado bravo a la San Marcos, sin necesidad de transporte de larga distancia, y por lo mismo, de correr el riesgo de llevar y traer la epizootia. No las menciona, pero de seguro se trata de Corlomé, Peñuelas, La Punta, Garabato, Presillas, etc., y agregó que, en contra de las disposiciones que habían afectado a la feria de Aguascalientes, en esos mismos días se había enviado ganado bravo a la Plaza México. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).