Carlos Reyes Sahagún /Cronista del municipio de Aguascalientes

Hoy la Feria de San Marcos amaneció de cuerpo presente. Apenas decae el sonido de los Ángeles Azules del concierto final, y el reinado decibélico del demonio. Comienzan a disiparse los humos etílicos y a desmontarse los puestos. Ya regresa la ciudad a su tranquilizadora rutina ¡Qué lejos se antoja ahora la noche de la coronación de su graciosa majestad Andrea I y el espectáculo del “Buki” Marco Antonio Campos! -que para buki como que ya está un poquito pasado- con aquella chica armada a entregarle al cantante una rosa blanca, que el michoacano ignoraba, y ahí estaba ella, a dale y dale, alzando su mano en el borde de la pasarela por la que el artista se acercaba a su público; un poquito, hasta que alguien se apiadó de la mujer, la tomó por el torso y la subió hasta que pudo poner los codos en el pasillo; un poquito, y entonces Solís vino y tomó la flor y besó la mano que la ofrecía, y una vez que fue bajada al piso firme que pisamos todos los mortales, y regresó a su lugar, tenía los ojos iluminados con una luz beatífica; el director de orquesta vestido de charro, que dirigió a la potente Orquesta Sinfónica de Aguascalientes en el concierto de los tres tenores -¡cuánta música maravillosa, emocionante!-, y tocaba además la trompeta, y ese repertorio de canciones napolitanas, mezcladas con clásicas mexicanas, para rematar con un popurrí con música del último de los charros cantores, Vicente Fernández. Atrás quedaron los gritos de los artistas, ese ¿Cómo estamos Aguascalienteeeeeessssss?”, coqueteo conveniente que le hacen al público o ya de plano, si la canción en turno se pone de modo, se cuela la sacrosanta palabra que nombra a nuestra seca tierra, la casa común, para que el respetable, justamente enardecido, se manifieste. “No me siento como en casa en Aguascalientes”, proclamó Alejandro Fernández, ¡estoy en mi casa!; y los frailes de hábito azul pálido, que cambiaron el canto gregoriano por “las mil y una noches que pasé contigo, mil y una noches, mil y una noches” de Pandora, la denuncia “del Saúl Hernández”, el Caifán mayor, a propósito del acoso sexual a las damas, la violencia, el feminicidio, etc., y esas imágenes alucinantes del Sol en plena erupción durante el concierto, de santos tallados en madera, de niños;el llamado de la excelsa Rosario Flores a vivir la vida con intensidad; el montón de excelentes músicos que acompañaron a los artistas -¡qué pianista el que acompañó al Cigala!-; la pareja que tomó a Comisario Pantera, su concierto, como marco inmejorable para un largo; larguísimo beso, uno de esos de largo aliento que lo dejan a uno sin aliento; los que viven para el face o el teléfono, que se tomaron una fotografía teniendo como fondo al artista, para hacer constar que estuvieron aquí, y aquí cantaron “¡Yooooo, soy rebelde porque el mundo me hizo asííííí!”; la pareja que, puesta de pie, escenificó y cantó para sí misma las canciones de Alejandro Fernández, abrazos, besos y gesticulaciones incluidos; el hombre que se dormía en este mismo concierto, ¡se dormía!, en medio del griterío, el sonido de los instrumentos (musicales), el vocerrón del cantante, el humo de tabaco (eso espero), las luces, ¡cabeceaba en un asiento de $2,800.00!

En el “Foro de las Estrellas”, en el “Foro del lago”, el público inmerso en el anonimato multitudinario y nocturno, es un animal mítico; una bestia que se desahoga al ritmo de la música, y el artista de turno su domador. Lo lleva de su voz, lo acaricia, lo empuja, le declara su amor al oído y ambos terminan rindiéndose a sí mismos en efímera unión.

No más, por ahora, el ruido ensordecedor de los antros, esa mezcla incomprensible, brutal, de músicas, cambiante según el lugar por donde pasara uno –¡ay, perdón. Ya no sé si estoy bailando el punchispunchis de aquí, o la banda de allá!-; los aromas deletéreos, mezclándose con los de las hamburguesas, las gordas paradas, el chorizo que se fríe sin protesta alguna, el trompo del pastor; los niños recogiendo latas vacías de cerveza, hurgando en los basureros; el amontonadero de gente -“ahí cuidado con el agarrón, señorita”-; las mil y una interpretaciones de “La pelea de gallos” del merito Juan Santiago Garrido, con mariachi, obviamente, pero también con orquesta sinfónica, grupo tradicional, norteño, banda, fusión (la del Ferial estuvo genial, con una larga variación de inicio, hasta atacar las notas conocidas y recibir el aplauso del público, que en el “Viva Aguascalientes’n se convierte en rugido, signo de identidad, demostración obligada del orgullo de ser aguascalentense).

Pero hay más; mucho más, el hacinamiento en los restaurantes de caché, al oriente del hotel american party, para ver y ser vistos y, por supuesto, para comer, todo a precios debidamente alzados. ¡Claro!, ¿si no para qué es la feria?; la competencia de las cerveceras, una al lado de la otra, con sus productos y músicas, la explanada convertida en pista de baile gratuita, toda la zona limpiecita cada mañana, gracias al noble trabajo del H. Ayuntamiento. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

 

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