Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

¿Cuánto tendría que escribir para expresar la Feria? ¿Cómo podría describir los tendidos de la Plaza de Toros, palpitantes por el movimiento de abanicos en el calorcillo del sol de la tarde; los capotes colocados en las barreras; los pobres caballitos, volteados por impulsivos toros que luego de ser picados y banderillados se volvían sosos; la manera en que los puntilleros limpiaron la sangre derramada en la piel del animal que acababan de matar, cosa que nadie vio, ocupados todos como estaban en la espera de que el juez concediera algún apéndice, aparte de la imagen tremendamente violenta; las expresiones distorsionadas de los borrachos; los pronunciados escotes de algunas casi niñas; los antros misteriosos, de sospechosas luces, donde ocurrían cosas, digamos, raras; las taquerías callejeras?, porque señora, señor: a la Feria se va también a comer.

Atrás quedaron El Cigala y sus monólogos ininteligibles, dichos entre dientes, en voz muy baja, como si su invisible interlocutor estuviera ahí, a su lado; esos soliloquios que la gente escuchaba sin entender, y a gritos le pedía que hablara más fuerte, pero el español nomás se reía; nomás eso. Y después estuvo toda el agua que bebió; toda el agua que le traían en vasos largos, en los que de entrada mojaba los dedos y salpicaba a su alrededor y luego los pasaba suavemente húmedos por la frente, y a seguir cantando. “Eh, Cigala, ¿por qué haces eso?”, pregunté, y él contestó: “Porque hay que darle gracias a Dios por la vida; hay que bendecir siempre”, y el madrileño esbozaba una sonrisa enigmática, traviesa.

Se extinguieron los gritos de los niños que abarrotaron los teatros Morelos y Leal y Romero, y compartieron aventuras memorables con un conjunto de graciosos o terroríficos títeres, peces, perros, monstruos que le tenían miedo a la oscuridad, jirafas y otros niños de cartón y madera. El espectáculo “Pinceladas Musicales”, hermoso nombre de un montaje dedicado a los artistas chilenos que dejaron una huella imperecedera en la Suave Matria.

Terminó la Feria, pero algo queda, por lo pronto algunas exposiciones que valdría la pena visitar. Si bien se abrieron con motivo de la máxima fiesta, permanecerán vigentes durante las próximas semanas, en los museos de Aguascalientes, de Arte Contemporáneo y Posada. La primera de las mencionadas, Tesauro, está como para invertirle un par de horas, mínimo. Está, además, el libro de Aurora Terán Fuentes, “Aguascalientes y su feria, La feria de San Marcos: signos de identidad y pluralidad de miradas”, una interesante reflexión sobre nuestra máxima fiesta, sobre su papel como elemento de identidad de la gente de estos lares, publicado por el Instituto Cultural de Aguascalientes.

Termino. Como nunca antes, me di la enferiada de la vida, y, en el trascurso de las múltiples incursiones sanmarqueñas que llevé a cabo, recogí una buena cantidad de información, de tal manera que las tres semanas que duró el festejo me resultaron insuficientes para compartirlo todo con usted. Así que, en las próximas entregas, compartiré con usted algunas cosas.

En la aurora de la fiesta del santo, 25 de abril, fecha en que según proclama el gobernador poeta, profesor Edmundo Games Orozco, “San Marcos se olvida / de la iglesia y el león, / y lleno de inquieto fervor pastoril / baja a la encendida verbena de abril / el santo varón.” En ese día, en esa madrugada, digo, mi dulce compañía, mi hija y este mal servidor de la palabra que soy, pasamos lista con el evangelista, escuchamos la primera homilía abrileña del flamante obispo Juan Espinoza Jiménez y, después, al terminar la misa, el concierto del omnipresente Mariachi Imperial Azteca, “hoy por ser día de su santo, le venimos a cantar”, que contó con la asistencia de los Voladores de Papantla.

Al concluir, salimos a la explanada en la noche, y nos dirigimos a la esquina surponiente del jardín, justo en el puesto, uno de tantos, de “Los famosos parados de Michoacán”, gorditas michoacanas, de chicharrón, pastor, queso y combinadas, que sufrían en silencio el tormento de nadar en una laguna de aceite hirviendo. Armados de valor, compramos una ración para cada quien, dos gordas, una de queso y otra de chicharrón, y nos sentamos en una de las mesas del tenderete. Llegar a estas últimas fue, digamos, un poquito difícil, por el amontonamiento de enseres y lo estrecho del pasillito que se habría entre las mesas para llegar hasta ahí.

Ya sentados, me dispuse a servir sobre mis delicias michoacanas una generosa dosis de salsa, pero, a la hora de acercarme a la salsera, vi que el recipiente estaba vacío. De seguro expresé mi desencanto por el dilema que significaba quedarme sentado y las gordas sin salsa, o pararme para ir a llenar el recipiente. De seguro lo expresé, porque un joven que ocupaba la mesa contigua, viendo mi contrariedad, interrumpió la conversación que sostenía con sus compañeros de feria, los avatares escolares –parecían jóvenes de bachillerato; algo así– y preguntó: “¿quiere salsa?” Y casi en el mismo momento hice el intento de ponerme de pie, pero entonces mi expresión de desencanto se tornó en otra, de duda, ante el ofrecimiento, pero ya ni tiempo de decir nada, porque el joven se levantó de volada, vino hasta donde estaba la salsera, la tomó, fue a llenarla, y con la misma rapidez la regresó y la puso ante mí.

Desde luego agradecí muy cumplidamente el gesto, a lo que el joven replicó: “no tiene nada que agradecer, don, somos gente buena, gente de Aguascalientes. ¿Qué no?” (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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