Luis Muñoz Fernández

El presente texto pretende ser la sexta parte y final de la serie “Evolución, enfermedad y muerte” que hemos venido escribiendo los cinco domingos anteriores… aunque con un título distinto.

Sarah Blaffer Hrdy es una antropóloga y primatóloga estadounidense que estudia las bases evolutivas de la conducta femenina, tanto en las mujeres como en las hembras de los primates no humanos. En su obra Madres y otros. Los orígenes evolutivos del entendimiento mutuo, señala lo siguiente:

“Tanto los biólogos como los antropólogos –que en los inicios eran primordialmente del sexo masculino– daban por sentado que la función de las mujeres era dar a luz y criar a los hijos del hombre. Desde esta perspectiva, las mujeres más allá de la edad reproductiva eran consideradas carentes de interés para sus estudios teóricos. Este prejuicio salía a la luz ocasionalmente en descripciones etnográficas donde las mujeres viejas eran tildadas de ‘físicamente repulsivas’ o ‘un estorbo’. Eran ridiculizadas como ‘viejos costales’ cuya conducta no valía la pena estudiar. Estos informes daban por hecho que en nuestro pasado evolutivo las mujeres posmenopáusicas se consideraban demasiado decrépitas y frágiles como para tener alguna utilidad. Cualquier evidencia demográfica o arqueológica que sugiriese otra cosa era desechada”.

Hoy pensamos diferente. Los abuelos no sólo son depositarios de la memoria colectiva, sino que son una fuente de experiencia vital muy valiosa, que puede ofrecernos soluciones a los problemas que enfrentamos todos los días y brindarnos una visión más serena y equilibrada sobre lo que ocurre a nuestro alrededor.

También desde el punto de vista científico se ha modificado lo mencionado por Sarah Hrdy. En la segunda parte de esta serie citamos a María Martinón-Torres, médica y paleontóloga gallega, y prometimos volver a sus ideas. En su Homo imperfectus. ¿Por qué seguimos enfermando a pesar de la evolución?, señala que somos una especie con una longevidad excepcional. En comparación con los primates más cercanos (chimpancés, gorilas y orangutanes), tenemos una esperanza de vida que supera en promedio dos décadas a la de ellos.

Empezamos a reproducirnos más tarde que los simios, aunque dejamos de hacerlo a una edad similar. A diferencia de lo que les sucede a las simias, el cese de la función reproductiva en las mujeres es abrupto, mientras que la función del resto de nuestros órganos decae lentamente. “Es como si la aparición de la menopausia estuviese sujeta a unos mecanismos particulares diferentes del ‘desgaste’ asociado con la edad. La pregunta es: ¿para qué vivir tanto si ya no se van a aportar más hijos?

La respuesta se conoce como la ‘hipótesis de la abuela’, propuesta por los antropólogos estadounidenses James O’Connell y Kristen Hawkes. Las abuelas dedicarían sus esfuerzos a garantizar la supervivencia de los hijos y, a la vez, de los nietos. Estos antropólogos demostraron que en poblaciones cazadoras-recolectoras no tener abuela puede significar hasta un 40% menos de supervivencia para los nietos. La selección natural habría favorecido el cese prematuro de la fertilidad en las mujeres para que se convirtiesen en abuelas protectoras cuya influencia redujese la mortalidad infantil significativamente.

Martinón-Torres afirma: “Hay un valor añadido a la contribución que los mayores hacen al éxito de nuestra especie y ese valor es de tal magnitud que la evolución ha favorecido la longevidad en aquellos grupos en los que los individuos son muy dependientes”. Y los humanos lo somos.

Por eso, este domingo 28 de agosto de 2022 decimos: ¡larga vida a las abuelas y los abuelos!

 

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