Luis Muñoz Fernández

El Congo es un lugar maldito. Objeto de la codicia de un rey europeo que mandó extraer con lujo de violencia criminal su caucho, marfil y resina de copal a finales del siglo XIX y principios del XX, cien años después vuelve a ser explotado por tener las reservas de coltán y cobalto más grandes del mundo.

Como los poderes de este mundo han pasado de las viejas monarquías a la banca y las empresas multinacionales, son hoy las industrias tecnológicas quienes clavan sus colmillos en el Congo, como antaño lo hiciera Leopoldo, el segundo rey de los belgas. Uno pensaría que tener valiosos recursos naturales es una bendición para cualquier país, pero no siempre es así.

Tanto el coltán, una roca formada por los minerales columbita y tantalita, como el cobalto, son indispensables para la fabricación de aparatos como los teléfonos celulares, las computadoras y los coches eléctricos. El cobalto es un componente esencial de las pilas o baterías de estos dispositivos electrónicos que se han convertido en un símbolo de alto estatus social.

En este caso, como en muchos otros de nuestra América Latina, la riqueza natural despierta la ambición de los poderosos que no descansan hasta obtenerla, pagando cualquier cosa o robándosela a sus verdaderos dueños.

Y así, la avaricia se disfraza con los vistosos ropajes de la modernidad y la globalización a costa de sumir en la miseria a millones de seres humanos. Ayer como hoy, la abundancia y comodidad de unos pocos se erige sobre la indigencia, la enfermedad y la muerte de quienes han nacido para ser esclavos.

Luca Catalano Gonzaga, fotógrafo italiano, ha documentado las condiciones en las que se extrae el cobalto en la República Democrática del Congo. El proyecto gráfico de Catalano lleva por título “Bloody Batteries” (“Baterías ensangrentadas”) y en él se señala que “los mineros trabajan en condiciones extremadamente peligrosas. Excavan galerías profundas, con grave riesgo de derrumbamientos. Hay muchas muertes. El trabajo infantil es otro de los problemas.La deforestación y el empleo a gran escala de productos químicos tóxicos y radiactivos contaminan intensamente la zona en perjuicio de la población local”.

Mientras vamos por ahí presumiendo nuestro último “iPhone”, Boaventura de Sousa Santos, sociólogo portugués, nos recuerda que “vivimos en un periodo en el que las formas de desigualdad y discriminación social más repugnantes se están volviendo políticamente aceptables”. Cierto.