Entre la lista de crímenes alrededor del mundo, está la Trata de Personas sólo rebasada por el tráfico de armas y de drogas, que en muchos de los casos van correlacionados. La Trata de Personas es un delito que se constituye cuando una persona, para sí o para un tercero, dentro o fuera de sus países, promueve, solicita, ofrece, facilita, consigue, traslada, entrega o recibe, a una persona, por medio de la violencia física o moral, el engaño o el abuso de poder, para someterla a explotación sexual, trabajos o servicios forzados, esclavitud o prácticas análogas a la esclavitud, mendicidad forzada o servidumbre, entre otros fines.

La esclavitud en nuestro país sigue vigente y es altamente lucrativa, mucho más de lo que se cree. Aunque se ha transformado conceptualmente en una forma multidimensional de explotación, como ha sido este fenómeno delictivo, que comenzó con la comercialización de mujeres africanas e indígenas como mano de obra, servidumbre y como objetos de satisfacción sexual (por eso se le llamó “trata de blancas”), hasta la explotación que hoy en día vemos encubierta con propósitos de construcción, maquila, agricultura, servicio doméstico, prostitución, pornografía, turismo sexual, matrimonios serviles, niños soldados, venta de niños, etc.

Nuestro país, por su ubicación geográfica, por los altos índices de analfabetismo, la discriminación racial y de género, las condiciones de pobreza generada por el desempleo y la mala situación económica, además de la impunidad y la corrupción, resulta idóneo para dar origen, tránsito y destino a este ilícito, siendo la ciudad de Aguascalientes una de las rutas del Bajío identificadas por las organizaciones civiles a donde llegan las niñas y niños, hombres y mujeres procedentes de Michoacán, Guanajuato, Veracruz, Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Costa Rica, Honduras, África y Guatemala.

Las estrategias más comunes para engañar a la víctimas, específicamente mujeres y niñas, son el enamoramiento, propuestas de matrimonio, falsos empleos teniendo como principal el modelaje o la actuación; los jornaleros agrícolas son enganchados en sus comunidades con la finalidad de ir a trabajar en la pisca a otro estado del país en condiciones laborales completamente desfavorables; aunque los migrantes comienzan voluntariamente pagando a «polleros» para lograr el ingreso a otro país, finalmente quedan envueltas en el camino en esta misma red de tráfico para explotación. Por otro lado, los tratantes pueden ser profesionistas, con oficios diversos, que suelen distinguirse por su gran capacidad para presentarse ante la víctima como sujetos “encantadores”, con ausencia de principios y desprecio por la dignidad de la persona, ya que reciben un pago por la función que ejecutan: engañar a la víctima, tramitar documentos, transportar o vigilar.

Aunque resulta lógico cuestionarnos por qué en esta época la gente aún admite ser esclavizada, la respuesta es muy simple: al reducir a una persona a calidad de objeto de intercambio se le asigna un rol de mercancía y hay un mercado que lo demanda, lo que se traduce en ganancias considerables sin gran inversión, con el consecuente abuso de vulnerabilidad.

La problemática de la Trata de Personas se ha convertido en la esclavitud del siglo XXI, agudizada por la crisis sanitaria actual que desencadenó mayor inestabilidad económica a diferentes escalas. Sin embargo, es una tragedia que se puede combatir, ya que, a diferencia de las grandes pandemias, la esclavitud es una condición humana de nuestro propio constructo.

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