Noé García Gómez

En 2015 en este mismo espacio escribí sobre el síndrome de hubris, la llamada enfermedad del político. En el año 2008 un medico británico dedicado a la política, Lord David Owen, publicó un interesante estudio de seis años sobre el cerebro de los líderes políticos, titulado “En el poder y en la enfermedad”. En esa obra, no sólo describe algunas de las enfermedades físicas sufridas por varios presidentes a través de la historia, sino también hace una descripción del perfil psicológico de esos mandatarios.

Owen establece que una común detonante en los políticos es que la experiencia del poder les provoca cambios psicológicos que los conducen a la grandiosidad, al narcisismo y al comportamiento irresponsable. Líderes que sufren de este síndrome creen que son capaces de grandes obras, que de ellos se esperan grandes hechos, y creen saberlo todo y en todas las circunstancias, y operan más allá de los límites.

La doctora Isabel F. Lantigua en la sección de Salud del periódico español El País describe los pasos de dicha enfermedad.

  1. a) Una persona más o menos normal se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante. Internamente tiene un principio de duda sobre si realmente tiene capacidad para ello. Pero pronto todo el mundo quiere saludarle, hablar con él, recibe halagos de belleza, inteligencia… y hasta siente éxito en lo sexual y afectivo.
  2. b) Pronto se da un paso más, cuando se entra en megalomanía, cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse insustituible.
  3. c) Tras un tiempo en el poder, padecen lo que psicopatológicamente se llama ‘desarrollo paranoide’. Todo el que se opone a él o a sus ideas son enemigos personales, que responden a envidias. Y, así, hasta el cese del puesto o la pérdida una elección que directamente le afecte donde viene el batacazo y se desarrolla un cuadro depresivo ante una situación que no comprende.

¿Por qué retomo dicho tema? Vemos cómo a nivel nacional, la agenda política no está centrada en los principales problemas del país, sino en una burbuja de ideas en la que el presidente tiene su mente, “una refinería que aún no refina gasolina, el horario de verano, la estatua de la libertad, además de acusar a diestra y siniestra, trátese de jueces, de magistrados, de periodistas, de consejeros del Instituto Nacional Electoral (INE), de abogados, de empresarios, de científicos y ahora a padres y curas de la Iglesia Católica.

La inseguridad, la inflación, el empleo, el desabasto de medicamentos, la educación no son temas que para el presidente sean prioridad, posiblemente por tener síntomas de “hubris” síntomas que sin duda manifestó por sí solo, pero fueron agravándose por el trato que su esposa, colaboradores, círculo político y hasta prensa afín le están causando con su adulación y lisonja.

El síndrome de hubris es un tema que constantemente tiene que estar en la agenda de la opinión pública de nuestro país, pero no veo a medios de comunicación, analistas y periodistas interesados en el tema.

La revista Foreign Affairs va más allá, recomienda que el libro de Owen deba ser leído por todos los médicos que cuidan la salud de los políticos y por los propios líderes también.

En estos tiempos en donde los políticos sienten que tienen la verdad absoluta y sus equipos de trabajo no los quieren contradecir, ni llevarlos a una dosis de realidad, es importante conocer y abordar si tapujos el tema.