RODRIGO AVALOS ARIZMENDI

El ganador de la elección en Estados Unidos estaba cantado. Joe Biden la tenía ganada casi se puede decir que de calle, como finalmente sucedió, pues el enfrentar a Donald Trump se había convertido en algo previsible ya que el actual presidente de los E.U. sólo había ido cavando su tumba política desde antes de iniciar su periodo, cuando venció a Hilary Clinton. Su personalidad le ganó desde un principio, un tipo con aires de perdonavidas, sin respeto a nadie, mentiroso, muy dado de sí mismo, racista y sobre todo muy soberbio. Era la antítesis de lo que debe ser un buen político pero sobre todo un buen presidente. Uno de sus blancos favoritos desde su campaña fuimos los mexicanos. Nos insultó a más no poder ante la complacencia de los presidentes, primero Peña Nieto y luego López Obrador, que no querían hacer olas para no molestar primero al candidato y después al presidente. Por ejemplo el 6 de marzo de 2015 Trump dijo: “No quiero nada con México más que construir un muro impenetrable y que dejen de estafar a EE.UU.”. El 11 de mayo de 2015 volvió a la carga y se expresó así: “¡México no se aprovechará más de nosotros! No tendrán más la frontera abierta. El más grande constructor del mundo soy yo y les voy a construir el muro más grande que jamás hayan visto. ¿Y adivinen quién lo va a pagar? ¡México!”. El 16 de junio de 2015 volvió a vociferar: “México no es nuestro amigo. Nos está ahogando económicamente”. ¡Ahora resultaba que los causantes de sus desgracias económicas éramos los mexicanos! Pero el tipo ya estaba encarrerado y le había agarrado gusto a golpearnos de manera sistemática. El mismo 16 de junio de 2015, durante su discurso de lanzamiento de su candidatura para las primarias del Partido Republicano siguió dándole a su sparring favorito: México y dijo: “Cuando México nos manda gente, no nos mandan a los mejores. Nos mandan gente con un montón de problemas, que nos traen drogas, crimen, violadores”.

Los mexicanos que veíamos cómo Trump se regocijaba insultándonos estábamos pasmados ante la indiferencia de Peña Nieto, probablemente estaba más ocupado en los negocios encomendados a Lozoya con Odebrecht que en defender a los mexicanos y a la nación.

El 6 de julio otra vez se nos fue encima al declarar: “Los mayores proveedores de heroína, cocaína y otras drogas ilícitas son los cárteles mexicanos, que contratan inmigrantes mexicanos para que crucen la frontera traficando droga”. Aquí sí ni para qué hacernos los ofendidos, lo dicho por Trump era una verdad de a peso y ni para dónde hacerse. Los cárteles de la droga mexicanos tienen a sus principales clientes y consumidores en E.U. y allá es en donde las autoridades norteamericanas han podido encarcelar por ejemplo a Don Joaquín Guzmán. Imagínese usted el tamaño del miedo al Chapo que a pesar de estar encarcelado de por vida, aquí en México todavía se le tiene un respeto incomprensible para un narcotraficante y asesino. El haber soltado al hijo del Chapo hace un año, por órdenes de López Obrador será un estigma que llevará toda su vida López Obrador, pues será sinónimo simple y sencillamente de cobardía. Por eso cuando agarraron al General Cienfuegos, apenas pisó el aeropuerto de Los Ángeles, fue una cachetada al gobierno mexicano, pues nunca le avisaron a las autoridades mexicanas que andaban tras los pasos de quien había sido secretario de la Defensa Nacional. López Obrador se molestó por no haber sido avisado sobre ese operativo. ¿Pero cómo le iban a avisar sabiendo cómo se las gasta con los cárteles y con los narcos? Capaz que le avisa a Cienfuegos para que no fuera a Estados Unidos y aquí en México lo hubiera protegido ¿y sabe usted cuándo lo hubiera extraditado? ¡Nunca!

En muchas cosas Trump tenía razón. En muchas otras. Hoy me alegro porque su muro se quedó a medias ¡y no pagamos nada!

Lo sucedido la semana pasada en Estados Unidos deberá alertar a quienes actualmente ostentan el poder en México. Nada es para siempre. Y la población se harta de las malas acciones, de las mentiras y sobre todo de la inefectividad de sus autoridades. López Obrador aparentemente sin darse cuenta, está haciendo todo para perder las elecciones del 2024. Está engolosinado en su todavía alta popularidad entre las clases sociales bajas del país, a quienes tiene contentos con el dinero que bimestralmente les regala. Eso los mantiene como una clientela electoral cautiva. El presidente maneja el país como le da su regalada gana. Y así mismo maneja las instituciones y los otros poderes, el judicial y el legislativo. No hay quién le pare sus fraudulentas decisiones. A ello habría que agregar la serie de estupideces que sin el menor recato ha realizado de manera oficial como solicitar a algunos países que pidan perdón a México, por ejemplo  al solicitar que España pidiera perdón por los “agravios cometidos” durante la Conquista hace 500 años. López Obrador insistía en que El Vaticano, además del Rey de España y el propio Estado Mexicano deben solicitar disculpas a las comunidades indígenas de nuestro país que “padecieron las más oprobiosas atrocidades para saquear sus bienes, tierras y someterlos”. Y fue a más pues pidió al Papa Francisco el compromiso público de la Iglesia de que nunca más se repetirán episodios como el de La Conquista. En fin.

Hoy Donald Trump se va con mucha más pena que gloria, ante el regocijo del mundo entero. El mundo va a descansar de este tipo nefasto. Ojalá y las relaciones de Biden con nuestro país sean buenas, a pesar de que López Obrador alentaba que Trump volviera a ganar y prueba de ello fue su viaje a los E.U. en plan de apoyo a su campaña. Curiosamente esa es la única salida que ha tenido López Obrador en casi dos años de gobierno. Su apoyo a Trump resultó fallido, fue toda una lección de lo que no se debe hacer en la política y menos en esos niveles. Ahora hay que cruzar los dedos para que las relaciones entre ambos países sean buenas y sobre todo benéficas para México. Aunque con nuestro presidente no se sabe cómo reaccionará.