Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“… Por instrucciones de la Junta Militar

nos prohibieron la reunión a diario en el Café

de Andrea;

el último en salir no tuvo prisa en apagar el

cigarrillo

porque era como su libertad entre los dedos.”

La imagen y el recuerdo, Víctor Sandoval.

El poema de Víctor Sandoval publicado en “Fraguas” en 1991 presagiaba quizás una preocupación que en ese tiempo flotaba en el ambiente, tras el movimiento del 68 apagado a sangre y fuego, el florecimiento de llamas libertarias en diversas partes del país, la aparición de la “guerra sucia” y el combate subterráneo a los grupos de lucha democrática, algunos caracterizados por la opción armada, destinada al fracaso y otros con posturas ideológicas que, sólo honrosas y contadas excepciones, sucumbieron a los cantos de las sirenas y terminaron enrolándose en la burocracia gubernativa, se pensaba la posibilidad de que el Ejército pudiera buscar poner orden donde los “civilotes” no habían podido hacerlo.

La lealtad del Ejército ha sido una bandera que el Gobierno ha enarbolado, aunque se olvida que una parte del Ejército se alzó contra Madero y se pasa por alto dos intentos más de asonada que fueron apagados y enterrados para no figurar en la historia patria. Es cierto que en buena medida, a diferencia de los países de Sudamérica, la conformación del Ejército en México dejó de ser elitista o aristocrática, Don Porfirio se encargó de desalentar las aspiraciones de los militares, de licenciar a muchos, de pacificar el país con guardias rurales y reducir el número de soldados significativamente. Según Jean Meyer en “La revolución mejicana”, la tropa regular en 1910 frisaba en alrededor de 10,000 elementos lo que contrasta notablemente con algunos “ejércitos” revolucionarios como el de Pancho Villa, que según el mismo autor llegó a juntar a cerca de 18,000 integrantes. La serie de revueltas posteriores a la muerte de Madero que, a falta de mejor nombre, llamamos Revolución Mexicana, trajo consigo la titulación de generales al vapor y la integración de los ejércitos en la lucha y no el Colegio Militar.

La decisión clarividente del Gral. Manuel Ávila Camacho de apartar al Ejército Mexicano de una posición activa dentro del partido oficial, marcó también una línea de conducta para el instituto armado que respetaron la política como un campo no apto para los militares en activo. Reducto de la milicia que ansiaba la participación política fue el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, que constituyó una especie de reservación y asilo para militares nostálgicos de la política.

La decisión de crear el Cuerpo de Guardias Presidenciales fue en la práctica la creación de un ejército paralelo que tenía la misión específica de ser un estado mayor para el servicio, atención y cuidado de la presidencia de la República, pero que fue creciendo en número, en calidad de armamento y en capacidad de fuego mayores a la del resto del Ejército. Con un detalle adicional que merece la pena considerar. Tradicionalmente el Presidente de la República no ha tenido la facultad de designar libremente al Secretario de la Defensa Nacional, sino que el nombramiento, se dice, es acordado con el Estado Mayor de la Defensa, que propone al presidente un grupo de entre los que se elige al Secretario. En tanto la designación del Jefe del Estado Mayor Presidencial era una facultad discrecional del ejecutivo. La existencia del grupo del Ejército al servicio del presidente, era un factor de equilibrio y disuasivo por su capacidad de fuego y armamento, de tentaciones heterodoxas.

El Ejército Mexicano ha mantenido, en términos generales, una buena imagen ante la ciudadanía, que sin embargo en los tiempos recientes, quizás debido a sus labores policiacas, ha sufrido un menoscabo en la confianza y buena opinión que la población en general tenía. Tlateloco no se olvida sigue pesando como una lápida y otras acciones recientes, aunadas a las acusaciones de corrupción que han involucrado desde EE.UU. al menos a tres Secretarios de la Defensa han hecho blanco bajo la línea de flotación. Sin embargo, para bien del país, la opinión acerca del Ejército sigue siendo mayoritariamente favorable.

Un factor importante a considerar es la gran diversificación y calidad de la preparación del personal militar. Antes los menos tenían una preparación adicional a la que les daba el Colegio Militar, ahora es casi imposible encontrar Jefes o Mandos que no sean diplomados y, por otra parte, la Universidad Militar, aunada a otras instituciones de preparación que ya funcionaban, como la Escuela Médico Militar, han propiciado que entre los militares mexicanos tengamos profesionales preparados en las más diversas áreas del conocimiento, de la tecnología y de la administración. Sin temor a equivocarme puedo afirmar que en caso de necesidad tienen la preparación para asumir cualquier tipo de responsabilidades del servicio público.

El presidente Fox siempre se opuso a que el Ejército participara en tareas policiacas y si bien en alguna ocasión tuvo que echar mano de él, lo hizo aparentando que se trataba de policía federal. Calderón sucumbió a la tentación y al temor y al declarar “la guerra” a la delincuencia organizada tuvo que fortalecer al Ejército que dejó de tener un hermano favorito en los guardias presidenciales. Peña Nieto trató de navegar de muertito y López Obrador, no obstante su promesa de regresar el Ejército a los cuarteles comprobó en carne propia, que donde hay miedo ni coraje da y ha preferido “apapachar” y hacer concesiones a quienes la brindan una relativa tranquilidad y la certeza del apoyo por su disciplina y lealtad.

El gobierno de López Obrador ha sido tan inestable, tan ineficaz, tan conflictivo, tan beligerante, ha ahondado tanto las divisiones y los conflictos, profundizado la pobreza y agudizado la violencia, que el panorama para el país no pinta nada halagüeño. Yo creo estar convencido que no aspira a ser un dictador, sino acaso un mártir, pero su gobierno ha sido incongruente y con resultados tan magros, su personalidad tan fluctuante, su talante tan desconfiable, su actuar tan caprichoso, su salud tan quebrantada y los controles tan débiles, que, ojalá no, podría producirse una crisis de gobernabilidad y entonces…

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