Juan Sergio Villalobos Cárdenas
 Maestro en Derecho

Los Estados Unidos fueron fundados como una república. El sistema político-jurídico que diseñaron los padres fundadores de Estados Unidos, inspirados en las ideas vanguardistas y liberales de la ilustración, aseguraron un sistema de pesos y contrapesos en el ejercicio del poder. Es elocuente la anécdota del Presidente George Washington que envió una carta al Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación consultándole si debía o no suscribir un acuerdo comercial con otra nación. La respuesta fue categórica: “La Suprema Corte de Justicia de la Nación no es consejería del Ejecutivo Federal sino un órgano de control constitucional, y no será hasta que se cuestione por las vías legales correspondientes la constitucionalidad del acuerdo que este Alto Tribunal se pronunciará al respecto”. La República en todo su esplendor.

Pero en su evolución histórica, el país de las barras y las estrellas desde la segunda mitad del siglo XIX iniciaron una política expansionista que los llevó a ser, hacia fines del siglo XX, la primera potencia económica y militar del orbe.

Incluso en su febril carrera expansionista -de la que también México fue víctima- la república norteamericana fue freno en no pocas veces, de los excesos del Ejecutivo Federal; el episodio de la guerra de Vietnam es un claro ejemplo de cómo el clamor popular encontró eco en congresistas y senadores, que forzaron trazar un rumbo distinto en ese conflicto. Podemos decir que Estados Unidos, al menos en su política exterior, ha resultado ser una República Imperial.

Pero tras la llegada al poder de Donald Trump, eso está cambiando. Los tintes republicanos de la política norteamericana se van desdibujando. Desde la oficina oval de la Casa Blanca y firmando a diestra y siniestra órdenes ejecutivas, el recién nombrado presidente va instrumentando políticas que son de terror. Sus correligionarios republicanos del senado y del congreso hacen mutis; los demócratas alzan la voz, pero su número es insuficiente para detenerlo. Lo he dicho antes y debo reiterarlo; existe un preocupante paralelismo entre la visión del actual presidente norteamericano sobre la pretendida grandeza que su país debe recuperar y la retórica mesiánica de grandeza con que Adolfo Hitler prometía a los alemanes; para Hitler la causa de los males de su país eran los judíos, para Trump lo son los inmigrantes ilegales; hace algunos días lo dije en este mismo espacio: el disfraz predilecto de las dictaduras es el ropaje republicano. Los actos y políticas del presidente Trump están delineando ya, una inminente dictadura imperial.

En breve, el nuevo inquilino de la Casa Blanca se dará cuenta que los candados que impusieron los fundadores de su país para evitar excesos en el ejercicio del poder, le estorban, y conociendo su temperamento y desprecio por las instituciones, querrá prescindir de ellos. Ya hemos visto el comienzo: insultó a la representación mexicana que fue de buena fe a comenzar las negociaciones del Tratado de Libre Comercio ordenando la inmediata construcción del muro y la deportación masiva de inmigrantes ilegales; mandó decir que si el presidente Peña Nieto no iba con el compromiso de tratar lo relativo al pago del muro, sería mejor que no fuera a la reunión acordada; la procuradora de su país fue cesada por oponerse a acatar sus órdenes de deportación, también les ha dicho a sus diplomáticos que vayan buscando otro trabajo si no van a acatar las órdenes y las políticas que se están instrumentando.

No fue casualidad que en la ceremonia de toma de protesta del cargo de Donald Trump, el senador de Nueva York Chuck Schumer hiciera referencia a la Guerra de Secesión; se percibe el riego de una nación dividida. La tentación del ejercicio absoluto del poder puede ser demasiado grande y si la línea republicana falla en delimitar la furia tiránica de la nueva administración sólo quedará para contenerla la valentía de un pueblo que tiene, por sobre todo, la vocación de la democracia y de la libertad.

También México debe hacer su parte; jamás ningún tirano, en ningún momento de la humanidad, ha sido contenido sin hacerle frente. Nuestra historia nacional nos da sobrados ejemplos. Orden y Unidad deben ser nuestro compromiso; orden, en nuestra vida institucional y nuestra organización política, jurídica y social; y unidad, porque a pesar de todas nuestras diferencias debemos ser uno frente a los embates del exterior. Ante una dictadura imperial, deberá oponerse sin temor y con compromiso histórico, nuestra libertad republicana.