Luis Muñoz Fernández

El doctor Edmund D. Pellegrino (1920-2013) fue un médico y catedrático católico que trabajó en la Universidad de Georgetown de los Estados Unidos, destacó como experto en ética médica y se le atribuye una frase que muchos médicos conocemos: “La medicina es la más humana de las artes, la más artística de las ciencias y la más científica de las humanidades”.

En su libro titulado “Las virtudes en la práctica médica”, escrito junto al filósofo David C. Thomasma, podemos leer lo siguiente:

“Los dilemas más cruciales de la ética médica hoy en día no son los que provienen del progreso científico de la medicina, sino los dilemas de la ética profesional, aquellos que van al corazón de lo que es ser médico… ¿Deberían los profesionales de la salud remodelar sus códigos éticos para conformarse a la ética del mercado que legitima el interés propio sobre la beneficencia y transforma en vicios la mayoría de las virtudes tradiciones de la medicina?, ¿o deberían los médicos mantenerse firmes en su creencia de que ser médico impone obligaciones específicas que prohíben convertirse en un emprendedor, en un empresario, o un agente de la política fiscal, social o económica?”.

Y más adelante afirman: “Si los médicos son realmente miembros de una comunidad moral, la sociedad puede esperar de ellos que no sacarán partido de la vulnerabilidad del paciente, que no utilizarán a los enfermos como medios para su propios fines (ganancia, prestigio, poder) y que se puede confiar en que actuarán según los mejores intereses del paciente, incluso si ello les puede costar tiempo, esfuerzo, dinero o exposición a algún riesgo… Si los médicos son fieles a las obligaciones morales que comparten como comunidad moral, entonces está claro que algunas de las transformaciones o cambios de roles a que se ven forzados en la actualidad deben ser rechazados”.

Las palabras de Pellegrino y Thomasma chocan frontalmente con nuestra realidad cotidiana. Se les puede acusar de exagerados, de ilusos y soñadores pero, en el fondo, sabemos que tienen razón. Si deseamos sinceramente responder con dignidad (y no sólo de labios para afuera) a los reclamos cada vez más frecuentes y airados de la sociedad sobre la creciente deriva moral de la profesión médica hacia la codicia y la insensibilidad, tenemos por delante una tarea muy ardua.

Para Pellegrino, “los médicos tienen la responsabilidad colectiva de resistir y denunciar esta deriva moral”. Es nuestro deber.

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