Mircea Mazilu

Teotihuacán fue una de las culturas más destacadas de la Época Prehispánica en la historia de Mesoamérica. Fundada hacia el 300 a.C., alcanzó su máximo apogeo entre los siglos IV y VII d.C. La ciudad de Teotihuacán, erigida al este del lago Texcoco, constituía un área de unos 20 km² y abarcaba hasta 200,000 habitantes, convirtiéndose en un gran centro político, económico, religioso y cultural.

Se caracterizaba por una marcada división social, que englobaba a artesanos, campesinos, sacerdotes y militares, entre otros. Se sostiene que estos dos últimos eran los responsables del gobierno de la ciudad, al tomar decisiones sobre los asuntos más importantes de la comunidad. Asimismo, se piensa que la población estaba conformada por varias etnias, entre las que destacaban los nahuas, grupo al que pertenecen los mexicas, y los otomianos, antecesores de las otomíes y los mazahuas.

La economía de la urbe se basaba en la agricultura y, sobre todo, el comercio, el cual consistía en el intercambio de diferentes objetos con varios pueblos contemporáneos de Mesoamérica. Los teotihuacanos intercambiaban puntas de lanza, máscaras, cuchillos y otros objetos elaborados principalmente de obsidiana por artículos de lujo, piedras o comida. El comercio alcanzó tal desarrollo en la “ciudad de los dioses” que sus productos llegaron a zonas tan lejanas como lo son los actuales países de Centroamérica.

Otra de las principales características de Teotihuacán fue su alto grado de urbanización, caracterizado por la construcción de todo tipo de edificios, entre los que descollaban pirámides, juegos de pelota y templos. Los más famosos son sin dudalas pirámides del Sol y de la Luna y el templo de Quetzalcóatl, erigidos a lo largo de los primeros dos siglos de nuestra era. Asimismo, destacan los conjuntos habitacionales de mampostería que, agrupados en barrios, servían de vivienda para los ciudadanos que conformaban la sociedad teotihuacana.

No obstante, el mayor legado de Teotihuacán para las posteriores culturas prehispánicas fue su religión, ya que se sostiene que muchas de sus deidades siguieron siendo adoradas en Mesoamérica durante los siglos siguientes. Este fue el caso de Tláloc, el dios de la lluvia; Chalchiuhtlicue, la diosa de las aguas terrestres; Huehuetéotl, la divinidad del fuego; y Quetzalcóatl, el dios creador del mundo y la humanidad; entre otros. Los teotihuacanos continuaron con la tradición olmeca de representar a sus divinidades con figuras antropomorfas y de llevar a cabo rituales que consistían en los sacrificios humanos.

La cultura de Teotihuacán desapareció hacia el siglo VII d.C. como consecuencia de conflictos internos, invasiones de pueblos rivales o sobreexplotación de los recursos naturales, dejando una gran herencia para los pueblos venideros que habitaron y conformaron la región cultural de Mesoamérica.

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