Uno de los hallazgos más satisfactorios de estos nueve meses de inopia (el jueves pasado cumplí nueve meses en la banca), fue la edición de Anagrama-Oceano de la ‘Guía del autoestopista galáctico’ de Douglas Adams, un libro tan gratificante como necesario; nada más iniciar, y tras algunas cuitas de Arthur Dent, cuya casa va a ser derribada para que se construya una autopista, sus problemas -¡y los de toda la humanidad!- se solucionan definitivamente: nuestro planeta es destruido –casualmente- para la construcción de una autopista galáctica.

Hace mucho tiempo leí una entrevista con Douglas Adams, para algunos el Swift del siglo XX; poco antes de morir, el autor de ‘La guía…’ y sus secuelas –‘El restaurante del fin del mundo’, ‘La vida, el Universo y todo lo demás’, ‘Hasta luego y gracias por el pescado’ e ‘Informe sobre la Tierra’-, decía que se sentía del todo satisfecho de haber escrito su obra, desconocida en estas tierras pero de culto en los países de habla anglosajona, pero que había padecido lo indecible en el proceso de escribirla.

Lo recordé ahora que tengo de nuevo un ataque de lo que se ha dado por llamar ‘la sequía del escritor’, un mal profundo, paralizante y causante de profundos ataques de ansiedad, del que sólo saben los escritores que no escriben; que no escriben porque hacerlo se vuelve una tortura, cuando no una imposibilidad.

Reparé en ello el otro día que en Querétaro salieron a cuenta mis libros y, haciendo cuentas, caí en la circunstancia de que tengo justo diez años sin darle nada a la prensa; hace una década mi editor José María Espinasa, me envió la primera parte del lote de libros que me correspondían y quedamos, ‘para después’, de la presentación de ese volumen (‘Odoméstico’, ESN, 2011); ese después no se ha llegado.

Les había contado que en diciembre decidí, recomenzar desde cero una novela que había comenzado en el verano pasado y que, tras un par de meses de trabajo y unos 150 folios, se volvió imposible; un par de meses después dejé mi trabajo, vinieron algunos sucesos desagradables, algunas muertes, la marcha del hijo y la decisión de tomarme unas semanas para asimilar lo asimilable.

Comencé escribiendo cuatro o cinco días a la semana, de tal manera que escribí –y hasta corregí- de tirón una treintena de capítulos, luego comenzó la angustia de la parálisis, que en mi caso se manifiesta con ataques de ansiedad con solo imaginarme tener que encender el ordenador y ponerme a hilar frases; de allí pasé a escribir dos veces por semana, cada vez menos tiempo y menos líneas, a hacerlo una vez cada siete días. Desde hace cosa de un mes, apenas he tachonado unas líneas en un diario que suelo llevar en paralelo cuando escribo un libro.

Esto me lleva a dos hechos, afortunados por una parte y no tanto por la otra, la aparición de una nueva edición de ‘Un día cualquiera en Nueva York’ de Fran Lebowitz y, me enteré hace unas semanas, de un documental dividido en siete capítulos, dirigido por Scorsese y la escritora neoyorkina (‘Pretend, it’s a city’) para Netflix; un asunto afortunado porque me entretiene un montón, y desafortunado porque, cuando la Lebowitz habla de su crisis de sequía de escritora, me consuelo pensando que si ella duró 16 años desaparecida, bien puede el mundo seguir girando, como si nada pasara, si yo no vuelvo a poner una línea en ese capítulo cuarenta y tantos que dejé inconcluso.

Por lo pronto, y para mi consuelo, no he dejado de pintar, y recién el sábado pasado (violando el sagrado precepto del sabath, aní mitstaer: lo siento harto), terminé un esbozo para un lienzo de grandes dimensiones que pintaré y, bendecido sea Yahvé, por encargo.

Tampoco me hago ilusiones, hace unos quince años pinté con frenesí durante unos meses, hasta que de repente me pegó otra crisis de las mías, la del pintor que no pinta, de tal manera que pasaron largos catorce años para que me sintiera con fuerzas y ánimos de agarrar un pincel; donde siga así, mucho me temo que caeré en una crisis más severa, la de un ser que respira que no puede respirar.

Por lo pronto, y en esto no hay crisis posible pues soy un judío muy formal, aquí están estas líneas.

Mazel Tov.

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