Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Todos somos honrados, hasta cierto precio”

Las campañas políticas han sido desde siempre una especie de certamen de mentiras en que el premio al que diga la mentira más grande y se la crean, sea el cargo en disputa. No es nuevo, desde que el mundo es mundo, o antes si fuera posible, la política ha dejado testimonios mentirosos y los críticos se han ensañado cuando han podido, desde Marcial a Rius, exhibiendo la baja estofa de muchos que medran con una actividad que debiera ser la más noble de todas, porque va de por medio la comunidad.

En México en los últimos tiempos, digamos dieciocho años para acá, la mentira ha sido ejercicio cotidiano en la política que ha rendido frutos, en parte gracias a la desmemoria del pueblo sabio pero olvidadizo e ignorante y en parte gracias a la esperanza que es el producto que vende mejor un político. Saber aprovecharse del Alzheimer político ha hecho, por ejemplo, que tras un Perón, haya habido un Menem y tras un Krisner un Alberto Fernández y los cito intencionalmente porque son políticos del país más lejano de nuestra América.

Es increíble que una mentira grandotota como la de que nunca haya habido un presidente en México que haya condenado la corrupción, hasta AMLO M.R., se repita en la propaganda de MORENA y la gente se la trague y lo pregone como si fuera más real que la autocracia y prepotencia del presidente. Pero el pueblo sabio ha comulgado con ruedas de molino y ha aceptado mentira tras mentira, promesa tras promesa y sigue dispuesto a creérselas. Algo así ha pasado con el manejo político de la vacunación.

La situación guarda una cierta semejanza con el llamado síndrome de Estocolmo, que es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con su captor. Quienes lo experimentan muestran regularmente dos tipos de reacción: por una parte, tienen sentimientos positivos hacia sus secuestradores; mientras que, por otra parte, muestran miedo e ira contra las autoridades policiales o quienes se encuentren en contra de sus captores. Secuestrados por un gobierno populista y autocrático, el pueblo soporta estoicamente las privaciones a cambio de una piltrafa, porque los otros eran peores y podrían regresar. La propaganda asfixiante del régimen morenista está presente en todos los medios de comunicación, los tradicionales y los digitales, no dando espacio para la reflexión, a la que dicho sea de paso tiene poca proclividad nuestro pueblo. La imprevisión, la incapacidad y la negligencia se transforman en actitudes heroicas plausibles, porque todo se debe al “cochinero que nos dejaron”.

Nunca he visto a algún menudero que no venda “rico menudo”. Tampoco he visto un político que no haya combatido la corrupción. Es como dejar de fumar, tan fácil que, como decía un amigo, había dejado de fumar cincuenta veces. Todos los presidentes, sin excepción, han afirmado combatir la corrupción y algunos como López Paseos, López Por Pillo y Miguel de lo Más Gris, lo han hecho bandera de su régimen. El más notable sin duda, López Portillo que asumió como lema del combate a la corrupción: “La corrupción somos todos”. De entrada es mentira que AMLO M.R. sea el único presidente que la ha condenado, tampoco, ni con mucho, el que haya logrado avances significativos en su combate, en parte sin duda porque parte de una “petición de principio”, una visión sesgada de la realidad, y en el caso del presidente, una visión maniquea: ellos los buenos y aquellos los malos (nuestros adversarios). Parafraseándolo: David (Páramo), no digas eso, no les des armas a nuestros adversarios. El discurso o, como ahora está de moda decir, la narrativa presidencial no fue: conozcámoslo, analicémoslo, investiguémoslo y luego juzguemos, sino “no les des armas a nuestros adversarios”, no me preocupa que puedan estar pasando actos de corrupción, eso es imposible porque no somos iguales, me preocupa que los adversarios puedan echármelo en cara.

Es claro que la corrupción no se combate con palabras, sino con acciones planeadas y ejecutadas correctamente. El ejemplo presente de la campaña de vacunación contra la COVID-19 es un buen ejemplo de cómo la falta de talento en la planeación se convierte en un caldo de cultivo de corrupción. No se sabe qué vacunas se aplicarán, conforme van llegando se van distribuyendo, no se saben los criterios que decidieron empezar en Coahuila, no se conoce cuáles serán las fechas de vacunación, en algunos puestos se han aplicado vacunas a gente que no es de la comunidad, en otros los militares beige han impedido la vacunación a los no vecinos, en algunos la vacunación se ha extendido hasta agotar las vacunas, en otros a las 5 p.m. ya están muy cansados, “vénganse mañana temprano para que alcancen ficha”, en otros “vamos a anotar a los que están formados, para empezar mañana con ellos”, etc. La falta de directrices claras y de difusión de los criterios propician que, mucha gente con preocupación legítima por su salud y la de los suyos, haya buscado y puesto en práctica acciones de corrupción: influencias, alardes, dádivas, engaño, etc., y ha logrado vacunarse.

La corrupción medra en la oscuridad. En la medida en que se dé transparencia y publicidad a los procedimientos y acciones de un gobierno, en esa medida podrá iniciarse un combate real a la corrupción. Negarse a aceptar la realidad por parte del gobernante es engañarse y engañar. Cuando fue la elección de la señora Piedra, las cámaras del Congreso grabaron, allí está la grabación, la forma en que los escrutadores escamotearon los votos para favorecerla. El presidente había dado la orden y dio paso a la más inepta, impreparada, torpe y corrupta persona que haya presidido la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Cuando Don Alonso Quijano el bueno, preparaba sus armas, hizo con un cartón la celada que completaba su yelmo, la puso a prueba y con un golpe de la espada se partió. La rehizo y reforzó con alambre y ya no quiso ponerla a prueba y la reputó por buena.

La virtud señor presidente Andrés Manuel López Obrador, debe ponerse a prueba, no reputarse “por buena” y menos ordenar que por decreto se repute la honradez.

 

bullidero.blogspot.com                 facebook jemartinj                twitter @jemartinj