Jesús Eduardo Martín Jáuregui

El señor Andrés Manuel López Obrador cuando asumió el cargo de presidente de la República, juró cumplir y hacer cumplir la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen. Luego de cuatro años hay cosas muy claras: o bien AMLO no sabe lo que implica un juramento, no sabe lo que es “cumplir”, no conoce la Constitución o las leyes que de ella emanen, o le vale lo que se le unta a un queso.

El profesor J. Refugio Esparza Reyes, querido y añorado gobernador de Aguascalientes, solía decir para alguien o algo destacado que era un tigre de muchas rayas, un pescado de mucha agua o coyote muy baleado, cuando coincidían el profesor Andrés Valdivia agregaba “una sábana muy miada”. Una expresión muy gráfica para algo que ha sido muy manoseado, muy traído de aquí para allá, muy maltratado o tratado con poco respeto. Ni más ni menos que como ha sido manipulada, parchada, recortada, ampliada, retorcida, ninguneada y violada en múltiples ocasiones. Nunca, desde que tengo memoria y tengo buena memoria, había sido tan mancillada, tan preterida y pasada por alto, como en los últimos cuatro años del malhadado gobierno (hay que llamarle de alguna forma) del señor López Obrador, en que a sabiendas no sólo que ha actuado en múltiples ocasiones inconstitucionalmente, sino que ha impulsado y solapado las actuaciones al margen y en contra de la constitución.

Lo deplorable, lo más lamentable es lo barato que salimos los mexicanos. La limosna que a veces llaman pensión y otras beca, no es más que la compra desvergonzada de voluntades quebrantadas por la miseria, por la dependencia o por la esperanza de una pequeña mejoría. Las limosnas no son justicia social, son un paliativo para la crisis que si bien no gestada en la caprichocracia de la cuatrotería, se ha agudizado con la división, la violencia, la inflación, el nulo crecimiento, la caída del sistema de salud, el desempleo, la falta de inversión, el aumento de la deuda, la opacidad en el gasto público y el despotismo autoritario de un “iluminado”.

El día de hoy se votó en el Congreso de la Unión la iniciativa anticonstitucional de pasar la Guarida Nacional a depender desde todos los puntos de administración y gobierno de la Secretaría de la Defensa Nacional. La cámara de Diputados controlada la mayoría por López Obrador, lo aprobó con una mayoría cómoda, la de Senadores previsiblemente la aprobaría por la tarde con una mayoría más apretada, pero suficiente para que la iniciativa presidencial siga adelante y desaparezca de facto y de derecho torcido un cuerpo que, según la Constitución debería ser de naturaleza civil.

El asunto es de la mayor relevancia y de la mayor trascendencia. La creación de la Guardia Nacional se planteó como una alternativa a la Policía Federal que, como la gendarmería había pasado por severas críticas ante la sospecha, quizás fundada, de que se habría corrompido e infiltrado por gente de los cárteles delincuenciales. El reto de limpiar se asumió como sumamente complicado y el presidente tomó la decisión, seguramente a sugerencia del general Sandoval, gente del general Cienfuegos y por lo mismo sujeto a todas las suspicacias y sospechas que se puedan tener de éste, de crear este cuerpo paramilitar que llamaría Guardia Nacional.

Su creación en el Congreso se cuestionó y finalmente se aprobó cuando mayoritariamente se convino en que sería un cuerpo con mando civil y que en un plazo perentorio debería desarrollar protocolos y personal preparado para la función policíaca.

En la práctica se convirtió en una Guarida del Ejército con personal que provenía y cobraba en la Sedena, lo que entre paréntesis creó un problema administrativo de falta de transparencia y desvío de fondos que, se termina de un tajo, con la adscripción de la Guardia al Ejército. En la ocurrenciacracia de López Obrador, todos sus desfalcos, imprevisiones, desvíos presupuestales, etc., quedarán a salvo en la medida que correspondan a acciones y obras del gobierno, con la añadidura de que bautizadas como de “seguridad nacional” por obra y gracia de AMLO, queda garantizado que por una decena de años no estarán sujetas a escrutinio alguno: ASÍ, MÉXICO SE TRANSFORMA.

Los números son terribles, la función del Ejército como combate a la delincuencia ha sido ineficaz, tras alrededor de quince años en las calles, no ha disminuido la delincuencia, se ha incrementado, particularmente homicidios, secuestros, guachicoleo y el narco menudeo y mayoreo. La Guarida Nacional ha sido sustancialmente más ineficaz. A pesar de los ataques permanentes del presidente y sus lacayos a las policías estatales y municipales, muchas de las cuales batallan con carencias, falta de apoyo, infiltraciones y corrupción, son incomparables sus resultados en la detención y consignación de delincuentes con los de la Guarida Nacional. En términos de número de efectivos, costo, equipamiento y preparación, la Guarida ha hecho una labor ridícula, con números risibles.

AMLO asumió el compromiso de fortalecer un grupo policíaco civil, se comprometió a regresar a los cuarteles al Ejército, prometió que apenas tomara posesión se transformaría la delincuencia en mansos corderos. Su política de seguridad va siguiendo los pasos de la política de salud, ante el desmoronamiento del sistema de salud pública, el desabasto de medicinas y la falta de cobertura, decidió abandonarlo y cargarle la mano al IMSS, que más o menos funciona, gracias en buena parte a las cuotas que la población paga.

Ante el total fracaso de su “política” de seguridad se refugia en el Ejército, porque su ineptitud e ineficacia se vieron rebasadas desde el primer día. La decisión inconstitucional, no sólo es una clara muestra de los peligrosos rasgos dictatoriales que asume el “mesías tropical”, sino una grave apuesta a un cuerpo que, aunque goza de una aparente confianza y respeto, no puede superar las corruptelas, las implicaciones en acciones violatorias de derechos humanos, las infiltraciones por el crimen organizado, los “negocios” pingües con concesionarios para la compra de armas, material bélico e impedimenta, etc., que responde a una lógica propia, que tienen en común por su naturaleza y funciones los cuerpos militares, siempre y en todas partes.

Lamentablemente para AMLO la Constitución no ha significado ni un límite ni un cuerpo normativo digno de respeto. Su capricho, su veleidad, sus ocurrencias valen más que la Carta Magna que ha costado, vidas, sacrificios, esfuerzos para el pueblo mexicano.

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