La Época Colonial en México se puede “palpar” gracias a la arquitectura de las numerosas ciudades que fueron fundadas entre los siglos XVI y XVIII. El conjunto de construcciones y edificios que datan de este periodo se caracteriza por una mezcla entre elementos indígenas y estilos arquitectónicos europeos de la época.

Después de la caída de Tenochtitlán, los españoles comenzaron a organizar y explotar el territorio del actual México, un proceso que fue acompañado por la introducción de un nuevo sistema administrativo y político, la evangelización de la población autóctona y la aportación e inserción en el “Nuevo Mundo” de la cultura, el arte y los estilos artísticos predominantes en la península ibérica de aquel momento.

Éste fue también el caso de la arquitectura, la cual tomó elementos indígenas para dar lugar a un estilo nuevo, un estilo colonial “mexicano”. Éste se caracteriza por mezclar estilos arquitectónicos europeos e influencias árabes con materiales y colores usados por las civilizaciones y pueblos locales.

En cuanto a los estilos que caracterizaron a la arquitectura de la Época Colonial, principalmente destacaron el barroco, el plateresco, el churrigueresco y el neoclásico. En líneas generales, se puede argumentar que estos estilos que definieron la arquitectura novohispana se diferenciaron de sus variantes europeas por una mayor sencillez en las formas.

Por otro lado, cabe destacar que la arquitectura mexicana de los siglos XVI a XVIII se basó esencialmente en edificios religiosos, tales como catedrales, iglesias, templos y conventos, esto con el objetivo de llevar a cabo la misión de evangelizar a la población autóctona. Para acelerar este proceso, y con el objetivo de extinguir las religiones de los locales, los españoles levantaban sus edificaciones encima de templos y estructuras prehispánicas.

Aunque los edificios de carácter religioso eran los que predominaban, también se levantaron construcciones de tipo secular, tales como edificios administrativos, palacios, casas, entre otros.

Además, las ciudades novohispanas, caracterizadas por un trazo reticular, incluían estatuas, jardines, plazas, casas residenciales, etc. En el centro de la ciudad se encontraba la plaza central o principal, la cual acogía a la catedral y los edificios administrativos más importantes.

En cuanto a las casas coloniales, éstas se solían construir hacia adentro y de dos pisos; además, solían contar con un patio interior, donde era habitual encontrar una fuente. Las fachadas, normalmente rodeadas por jardines, eran sencillas y escasas en elementos decorativos.

En México, prácticamente todas las capitales de estado y ciudades importantes cuentan con arquitectura colonial o una planificación urbana que data del periodo virreinal. Algunas de ellas son: Aguascalientes, Aguascalientes; Ciudad de Oaxaca, Oaxaca; Cuernavaca, Morelos; Guadalajara, Jalisco; Guanajuato, Guanajuato; Mérida, Yucatán; Morelia, Michoacán; Pachuca, Hidalgo; San Francisco de Campeche, Campeche; San Luis Potosí, San Luis Potosí; Taxco, Guerrero; y Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; entre muchas otras.