Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

En el nombre del Padre, del Hijo y la Casa Gucci

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

El sello del director Ridley Scott -por lo menos en sus últimas películas- es la de confinar sus historias a la premisa, una que despierta el interés por su potencial o probabilidades dramáticas sin que logre su proceso expansivo a una trama rica y compleja que envuelva a sus personajes y al espectador en un potente hilo narrativo. Y justo eso vuelve a ocurrir con “La Casa Gucci”, una supertelenovela con ostentosos valores de producción basada tanto en la historia real sobre el asesinato de Maurizio Gucci, uno de los herederos a la famosa casa de modas, por obra y gracia de su ex esposa Patrizia Reggiani, como en el libro “La Casa de Gucci: Una Sensacional Historia de Crimen, Locura, Glamour y Avaricia”, escrito por la reportera Sara Gay Forden. Scott parece asumir que es deber del espectador involucrarse en los eventos por su relación con la vida real, desechando una concatenación coherente de los aspectos dramáticos y las motivaciones de sus personajes, manejando una estructura poco versátil donde no sabemos cuándo se lo toma en serio y cuándo se la lleva en automático, lo que daña esta trama con tantas posibilidades que no alcanzan un cénit, pero que sí se beneficia de unas excelentes actuaciones.
Lady Gaga y Adam Driver llevan la batuta en esta cinta interpretando a Patrizia y Maurizio, respectivamente, ubicándolos en 1970, cuando se conocen en una fiesta y flechándose de inmediato, aún si pertenecen a mundos distintos, pues ella es de origen humilde con un padre dedicado a la industria del transporte y él forma parte del imperio Gucci, liderado por su padre, un decadente ex actor pagado de sí mismo llamado Roberto (Jeremy Irons) y su tío Aldo (Al Pacino). Conforme Patrizia comienza a desenvolverse y adentrarse en este universo, su ambición se alimenta hasta comenzar un proceso de manipulación que involucran al mismo tío Aldo y su hijo Paolo (Jared Leto), un ser infantiloide y poco agraciado que sueña con ser diseñador, aún si carece de talento. El trasfondo populachero de Patrizia la llevará también a Pina (Salma Hayek), una quiromántica de cuarta que se anuncia por T.V. para recibir sus consejos, y quien será uno de los instrumentos clave en la futura ejecución de Maurizio, cuando éste, harto de las intromisiones de su esposa que lo ponen en contra de su familia al punto de la clavadura de puñales en la espalda en nombre de la empresa, decide prescindir de ella. Toda la dinámica entre personajes será el remache que mantenga unida a esta historia, pues, más allá de los despliegues emocionales, sentimentales y ególatras que estos seres convencidos de su trascendencia en la sociedad italiana manifiestan, jamás se conjura una idea sólida sobre quiénes son realmente o por qué operan como lo hacen. Gravis culpa en una cinta que, si bien no busca esclarecer los porqués definitivos en decisiones drásticas como el homicidio de una celebridad a manos indirectas de su otrora pareja, sí requiere un ajuste más preciso en sus especulaciones, ya que sólo tenemos arquetipos y clichés funcionando como personajes sacados de un dramón televisivo sin mayor profundidad o auscultamiento de su psique o su entorno, pues ni siquiera hay asomos cabales sobre aquello por lo que los Gucci fueron célebres; es decir, el proceso creativo en sus aportes a la haute couture. Entre esta superficialidad, tenemos a una Lady Gaga que brilla por los matices emocionales que logra aportarle a su personaje y brindando una excelente actuación y consolidando algunos de los momentos más importantes del filme , así como Al Pacino y Jeremy Irons, solemnes e incluso lúdicos (sobre todo Pacino) en sus retratos de estos decadentes y anacrónicos aristócratas, mientras que Driver se percibe totalmente desperdiciado en un rol que no le da más que para reaccionar o ser lo que el guion requiera de él en momentos específicos y sin diseñarle una transición orgánica o creíble de hombre tímido y apocado al inicio a todo un líder que genera movidas de poder en el tercer acto. Del que aún no me decido sobre qué pensar es Jared Leto como Paolo, un hombre que vive sofocado por la sombra de su padre Aldo, pues su interpretación asistida por un convincente maquillaje es uno de los puntos de realce en cuanto a presencia en la película, pero Leto aún sigue convencido de que su deber no es mimetizarse con el rol, sino mostrar que está actuando como si el histrionismo fuera más una competencia que una labor creativa, lo que distingue toda escena donde aparece. Es este conjunto lo que mantendrá el interés del respetable, pero en su manejo narrativo, visual y acústico (nos queda muy claro que Scott jamás comprenderá los alcances diegéticos de la música en el cine y menos si se empeña en un soundtrack plagado de obviedades musicales), “La Casa Gucci” simplemente no destaca en la pasarela cinematográfica.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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