Moshé Leher

Ahora que reparo en que se termina septiembre, en que las noches de repente van enfriando, en que hay que desempolvar los cubretodo, los gorros para las mañanas frías, hago cuentas en que en unos días cumplo dos años en la poco honrosa lista de los parados del mundo, los que, como en la película de Fernando León de Araona (2002), nos pasamos “los lunes al sol”.

Entiendo que, como pasó en la Inglaterra del fin del carbón, o la reconversión industrial, el asunto ya no significa una deshonra, sino una perversa manera de normalidad; en mi caso me fui a la calle no porque cerraran las minas, ni porque los jefes hayan decidido que un robot hiciera mi trabajo, se trata de un asunto más complejo donde intervienen, a saber, la pandemia, la crisis mundial de los medios, la ceguera, la sevicia y una serie de factores que no vienen a cuento y que sigo empeñado en no contar.

Como sea, esperándolo con clarividencia de Casandra, el asunto, digamos, me pilló por sorpresa y me dejó descolocado. Según yo, hasta y desde entonces, tener un trabajo no era cosa del otro mundo: bastaba estar preparado, ser dedicado, honesto, responsable, eficiente, respetuoso lo mismo con los jefes que con los subordinados, leal hasta la obstinación, estar preparado para el oficio de cada cual: asuntos de manual, para que luego nos vengamos a enterar que ese manual lo escribió un bromista, uno cruel. Y que allí donde dice lealtad, debe decir perfidia, allí donde pone integridad debe leerse inmoralidad y etcétera, tampoco es para ponerse aquí a dar la tabarra con eso que ya escribió el tanguista hace cien años.

Aquí entra el bandoneón y alguien se canta el Cambalache.

Consumado el asunto, un buen amigo me dijo que me lo tomara con calma y que me diera un par de meses para pensar qué hacer con lo que me resta de vida, que ya es, por cierto, mucho menos, que lo ya vivido; dos meses se hicieron, tres, seis, un año y un año se hicieron dos. Y aquí estamos.

Dos veces estuve a punto de tener un nuevo empleo. La primera y la segunda. Las dos veces -una aquí y otra en Madrid-, hubo una persona, o dos, no lo sé de cierto, que decidió que yo, por el inconfesable pecado de ser yo, no tenía derecho a ganarme la vida y con un encomiable empeño, del que soy poco o nada merecedor, se encargó de convencer a mis empleadores no sé bien de qué.

Como la efeméride no da para más, vayamos con algunas curiosidades lexicográficas sobre el paro, que es tal en España pero que aquí es desempleo vil y que es unemployment en inglés, arbeitslosigkeit en alemán y atur en catalán, de tal manera que un desempleado catalán está aturat, que en cristiano nos suena como atorado, que es como estamos muchos de los que, cada caso es una circunstancia, salimos mes con mes en las estadísticas del INEGI.

Otra cosa, debo aclarar, muy distinta es suponer que estoy inactivo; de hecho estoy muy ocupado, con la diferencia que al que está empleado le pagan, a veces por hacer muy poco o a veces nada, y al que está activo, pues no.

Con un grupo de ex empleadas mías abrimos un pequeño negocio de Internet, que si bien no nos saca mucho de apuros, tampoco nos cuesta -lo que en estos tiempos debe ser ya una ventaja-; he realizado un par de proyectos confeccionados con desgana y pagados con la misma moneda; he perfeccionado mis recetas para el pollo Masala y la carne de cordero al curry, he logrado que el arroz blanco ya no se me pegue a la olla, y logrado verdaderas maravillas haciendo estofado de res y patatas al estilo ‘sukalki’; no he dejado de ejercitarme con regularidad y he logrado mantenerme en mi peso, ya casi en la sesentena.

Desde hace cosa de diez meses me empeño en perfeccionar mi inglés, sin lograrlo cabalmente, aunque ya le voy pudiendo al toro de los verbos irregulares en participio pasado (looks like i’ve made it), que eran mi coco, tanto que ya leo de corrido los artículos del Newyorker que tenía que acometer a pausas, a tropezones y con un diccionario al lado; hice un par de certificaciones, muy a mi estilo, sobre conocimientos tan arduos como inútiles: uno sobre herramientas de verificación de ‘fake news’ (que no sé para qué me sirve en estos tiempos del pos periodismo) y uno sobre el uso de Big Data en el diseño de políticas públicas (que no es útil cuando uno es repelente a la política, pero sobre todo a los políticos).

Ahora mismo hago un curso de programación en Python y en uso de bases MongoBD, lo que es mucho para alguien con mi grado supino de tecno torpeza, mientras sigo escribiendo estos artículos para este diario, procurando ser claro, todo lo ameno que se me permita y sobre todo asiduo.

¡Shalom!

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