Erika P. Bucio
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-Con la llegada de la Campana de Dolores a la Ciudad de México en 1896, la ceremonia conmemorativa de la Independencia se trasladó de la Alameda Central, donde hasta entonces tenía lugar en la capital, al Palacio Nacional.

Provenía desde la parroquia guanajuatense donde el cura Miguel Hidalgo, descubierta la conspiración, llamó al levantamiento en 1810.

El traslado ocurrió en un momento de estabilidad para el País después de un siglo 19 convulso en que México vio incluso peligrar su independencia por invasiones y conflictos internos. Pero, más que a la voluntad del Presidente Porfirio Díaz, la decisión obedecía a un movimiento cívico nacionalista que promovía el rescate de reliquias y a la búsqueda de objetos y documentos relacionados con la historia de México, y, en particular, con la independencia, según expone en entrevista la historiadora Carmen Saucedo, de la Conservaduría de Palacio Nacional.

Pero también tenía que ver con que en Estados Unidos se hizo lo mismo con su Campana de la Libertad, por lo que un grupo de mexicanos le propusieron a Díaz llevarla a la capital desde el pueblo de Dolores.

«Lo cual tiene gran significancia, porque (desde entonces) el Presidente de la República se torna en el propio Hidalgo; eso es lo más interesante del fenómeno: ya encarna la figura del cura, el párroco de Dolores, y se convierte en Hidalgo llamando a la libertad», abunda Saucedo.

Si las invasiones y divisiones internas habían hecho pensar a muchos mexicanos que el País no se mantendría independiente o unido, a finales del siglo 19 ya había un estado consolidado y estable, a pesar de la «mano dura» de Díaz.

En ese momento, el Presidente gozaba de gran apoyo y aún era reconocido como héroe de la Reforma, a pesar de tener detractores y opositores por su reelección, aunque al final Díaz terminaría por convertirse en «una figura adversa al desarrollo social y a los derechos fundamentales de los mexicanos».

Pero fue él quien replicó el Grito de Dolores convirtiéndolo en una «fórmula», cada año, eso sí, con alguna variación.

«Es replicar el llamado a la libertad, replicar lo que había hecho Hidalgo en 1810 la mañana del 16 de septiembre. Entonces la ceremonia del llamado a la libertad se centró aquí frente a Palacio Nacional», añade Saucedo.

Antes de ello, recuerda, las fiestas patrias eran distintas; Palacio Nacional no era el centro de la conmemoración sino que se organizaba una ceremonia en la Alameda Central donde se instalaba un quiosco, se daban los discursos y asistía el Presidente, y algo muy significativo era que se abrían las sesiones del Congreso, de tal manera que era un festejo doble.

Había unas «juntas patrióticas» formadas por vecinos y ciudadanos «eminentes» en cada cuartel, las actuales colonias, abarcando varias manzanas, y cada junta tenía un organizador. Ahí se preparaban las procesiones cívicas, hoy llamadas verbenas, en las que se exhibían objetos, se hacían carros alegóricos y se replicaban las figuras de Hidalgo y de los héroes patrios.

Pero en el momento en que la campana llega a Palacio, todo cambió, y en 1896 fue tocada por primera vez para conmemorar el Grito.

«Ya todo va a suceder aquí, y en torno al Presidente de la República», dice Saucedo.

Desde entonces, cada inicio de septiembre muchos mexicanos se acercan a Palacio Nacional para fotografiar la histórica campana y sacarse una selfie.

Campana de Dolores, un objeto con historia
La Campana de Dolores que en cada ceremonia del Grito se hace repicar en Palacio Nacional es la original salvo por el badajo y los atlantes con rasgos de niños que la sostienen.

Fundida en bronce en 1768, pesa unos 750 kilos, mide casi 80 centímetros de altura y posee una «melena» o contrapeso, estructura de madera en su parte superior, alcanzando casi los 2 metros.

Ese contrapeso hace suponer que cuando estaba en la parroquia de Dolores podía voltearse por completo o balancearse de un lado a otro, pero en Palacio Nacional está fija y lo único que se mueve es el badajo, a través del cordón.

«La madera de la melena es de mezquite, es original; solamente se le han puesto sustancias para preservarla, por la contaminación, para que no sea atacada por insectos xilófagos que comen la madera.

«La campana ha sido tan minuciosamente estudiada y revisada que el badajo en algún momento se tuvo que cambiar porque ya estaba en mal estado», refiere Saucedo.

Sobre su conservación, Saucedo detalla que la campana es examinada «con lupa» y participan en ello especialistas del INAH. Con frecuencia es sometida a procesos de limpieza y mantenimiento, como ha sucedido recientemente.

La Campana de Dolores es una esquila, es decir, una campana pequeña, pero se le llama «esquilón de San José» debido a que las campanas hechas para las iglesias llevan el nombre de algún santo o virgen.

En aquel 1810, quien la hizo sonar no fue el cura Hidalgo, como podría suponerse, sino José Galván, campanero de la parroquia.

Aunque no hay registro de cómo se hizo sonar aquella mañana del 16 de septiembre es de suponer que repicaran «la campana principal, una esquila y una secundaria», según indica en entrevista el también historiador Luis Armando Quintanar, quien elaboró en 2020 una ficha detallada del histórico objeto.

Al ser un mensaje extraordinario el de aquella ocasión, debieron sonar las campanas de otras seis iglesias que dependían de la de Dolores, añade el investigador egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Al ser domingo, lo más probable es que estuviera llamando a misa o que quizá diera un toque especial; los edificios de gobierno o civiles no tenían campanas, pero las iglesias sí, y avisaban de incendios y peligros con una serie de «mensajes» que conocían los campaneros; un arte «prácticamente perdido», precisa Saucedo.

«No era fortuito: si la conspiración ha sido descubierta, Hidalgo no va a esperar un día más, no sólo porque lo van a ir a detener sino porque va a ser domingo», agrega. «(Hidalgo) sabe que gran parte de la población de los alrededores va ese día al mercado, a misa, en fin: se va a reunir en torno a su parroquia».

En 1960 se hicieron réplicas de la campana para todos los estados del País, de modo que, en cada sede de los gobiernos estatales, el Gobernador diera el Grito. Lo que implicó elaborar un molde, además de hacerse una especial para el pueblo de Dolores.

¿Cómo fue el traslado de Dolores a la Ciudad de México?
Al traerla de Dolores, la campana estuvo primero en el Museo de la Artillería en la Ciudadela, que ya no existe. Los ingenieros militares examinaron y evaluaron su estado, «con la ciencia de la época», cuenta Saucedo.

Posteriormente, se construyó una estructura especial para subirla y fijarla, con seguridad, justo arriba del balcón central de Palacio Nacional.

Con la plaza llena de gente, en medio de una gran solemnidad, la campana se colocó el 14 de septiembre de 1896, un día antes de la noche del Grito.

El nicho que hoy se ve en la fachada de Palacio fue construido 30 años después, en 1926, cuando se modificó el inmueble y se agregó el tercer piso, según el proyecto de los arquitectos Augusto Petricioli y Jorge Enciso.

Al escultor Manuel Centurión correspondió elaborar en bronce las figurillas de los atlantes, bien anclados y fuertes, para sostener la campana.

Durante las obras, fue resguardada al interior de Palacio y, al término, nuevamente se llevó a cabo una ceremonia solemne para elevarla y colocarla en su sitio.

En 1985 fue retirada para hacerla recorrer el País con la intención de que los mexicanos conocieran la «auténtica campana», recuerda Saucedo, quien constata en ello el mismo afán por dar a conocer las reliquias que motivó su traslado a la Ciudad de México desde Dolores.

Esta noche en Palacio Nacional, como hace 126 años de la mano de Díaz, volverá a ser repicada por el Presidente Andrés Manuel López Obrador.