Mircea Mazilu

Este mes se cumplen 32 años de la caída del Muro de Berlín, el mayor símbolo de la Guerra Fría y la división que sufrió el mundo en el siglo XX. En la noche del 9 de noviembre de 1989, como consecuencia de numerosas protestas y manifestaciones, se derrumbaba el muro que había dividido la capital alemana por casi 30 años. Este suceso representaba para la Historia reciente el final de una época de antagonismo y hostilidad y el comienzo de otra, en la que aparentemente imperarían la cooperación y la unidad.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los aliados ocuparon Alemania dividiéndola en dos partes: el Oeste, denominado República Federal Alemana (RFA), controlada por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, y el Este, llamado República Democrática Alemana (RDA) y dominada por la Unión Soviética. Tras la ocupación, en la capital del país, que quedaba distribuida entre las mismas potencias, las autoridades soviéticas construyeron el 13 de agosto de 1961 el “Muro de la Protección Antifascista”, bautizado por sus rivales como el “Muro de la vergüenza”.

Una vez construido, los berlineses de la parte oriental quedaron separados de sus hermanos por muchos años. Hubo numerosos intentos de cruzar la frontera hacia la parte occidental en busca de mejores condiciones de vida. No obstante, muchas veces las tentativas acababan con la vida de las personas. Se calcula que aproximadamente 100 personas perdieron la vida, más de 100 resultaron heridas y alrededor de 4 mil consiguieron traspasar el límite.

Como resultado del aislamiento y la opresión, en la segunda mitad de la década de 1980 aumentaron las protestas internas y externas contra el gobierno de la Alemania Oriental y la Unión Soviética. Sólo hay que recordar el discurso de Ronald Reagan en la Puerta de Brandemburgo el 12 de junio de 1987, cuando el presidente estadounidense reclamaba al líder soviético derribar el muro. El acercamiento que se había producido en los últimos años entre Estados Unidos y la Unión Soviética y la crisis general que surgió en el seno de esta última, alentaron las manifestaciones independentistas de los países miembros y satélites de la URSS, entre los cuales se encontraba la República Democrática Alemana.

En 1989 aumentaron las emigraciones de los alemanes orientales hacia Alemania Occidental y se intensificaron las exigencias de libertad entre los mismos. Ante tales circunstancias, Erich Honecker, el líder de la RDA, dimitió el 18 de octubre de 1989. El nuevo gobierno socialista de Egon Krenz aprobó el 9 de noviembre de este mismo año un decreto que permitía viajar a sus conciudadanos a la República Federal Alemana. Una vez anunciada por televisión la noticia, miles de personas se dirigieron al muro, abriendo las puertas que daban al “lugar prohibido” y, sin ningún tipo de impedimento por parte de los oficiales del gobierno, comenzaron su demolición.

La caída del muro de Berlín trajo como consecuencia la reunificación, el 3 de octubre de 1990, de las dos partes de Alemania de nuevo en un sólo país: República Federal Alemana. Asimismo, puso de manifiesto que la Unión Soviética y el mundo comunista estaban en decadencia. A tan solo 2 años de su caída, se produjo el derrumbamiento del bloque soviético, en donde se abrían las puertas a democracias liberales y formas económicas capitalistas. Por último, la caída del Muro de Berlín ponía fin a la Guerra Fría, un enfrentamiento que caracterizó la segunda mitad del siglo pasado y que, sin duda alguna, heredó numerosas secuelas para el actual.

mircea.mazilu@hotmail.com

 

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