Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Dios hizo de algunos reyes y de otros mendigos. A mí, me hizo un cazador. Mi mano fue hecha para el gatillo…”

“El Malvado Zaroff” (“The Most Dangerous Game”)

 Aquella cinta de 1932 dirigida por Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack planteaba la cacería de seres humanos en una isla desierta orquestada por un conde ruso enloquecido llamado Zaroff como un terrible acto de crueldad que motorizaba un argumento de supervivencia sin mayores pretensiones más que la de mostrar la maniquea barbarie producto de la diseminación de la cultura occidental capitalista sobre el predominio del más fuerte que en pocos años encontraría un refuerzo con la Segunda Guerra Mundial. En “La Cacería”, la más reciente cinta de los afamados guionistas y productores Damon Lindelof (“LOST”) y Nick Cuse (la versión televisiva de “Watchmen”) y dirigida por Craig Zobel, se retoma la premisa sobre la persecución de personas por individuos que buscan asesinarlos a modo de entretenimiento, pero ahora con un trasfondo sociopolítico que tiene más que ver con las broncas en que se enfrascan las ideologías conservadoras y liberales gringas por el internet que como un thriller de resistencia con tintes darwinistas. De hecho, la película es concebida más como una supuesta sátira a la cultura de la desavenencia impulsada por la administración Trump en la comunidad norteamericana durante estos últimos cuatro años que como un mero ejercicio en horror visceral (aunque no está exenta de varias escenas gore explícitas), pero falla miserablemente al no encontrar foco o mesura en su exposición de personajes y tema cuando todos los personajes son grotescas caricaturas de sus respectivos arquetipos doctrinales, divididos en los oligárquicos defensores del cambio climático y la comunidad LGBTQ+ y los ignorantes promedio que vociferan contra el aborto y los inmigrantes ilegales, al punto en que tanto la izquierda como la derecha son un rebaño de idiotas dignos de ser acribillados.

La cinta abre con un avión privado donde un hombre de apariencia común despierta tan solo para ser asesinado por un grupo de ricos excéntricos liderado por una misteriosa mujer llamada Athena (Hilary Swank). Posteriormente vemos como un grupo de 11 individuos son liberados en un campo abierto donde se les provee de armas en la mejor tradición de “Los Juegos del Hambre” para defenderse. Aquí el guion juega con nuestras expectativas, pues la cámara comienza dándole seguimiento a los personajes con características del típico héroe hollywoodense (físicamente atractivos, con don de mando y agilidad) para tan sólo ser eliminados brutalmente en una suerte de homenaje a “Psicosis” (1960) de Hitchcock, prevaleciendo una mujer taciturna y monosilábica llamada Crystal (Betty Gilpin), quien muestra un dominio absoluto de las armas blancas y de fuego eliminando sistemática y gradualmente a estos ricachones que buscan matar a quienes consideran un cáncer social por su condición silvestre y mentecata que ven telenovelas y reality shows.

Este filme tenía varias oportunidades para consagrarse como un discurso moderno y oportuno que diseccione tanto las propiedades de la mentalidad ridícula y moralmente partisana del gringo promedio como los arbitrarios modelos de pensamiento que maneja la élite con sus posturas burguesas del salvamento a las ballenas sin un genuino compromiso o mover un dedo más que el necesario para manipular sus cuentas de whatsapp y Facebook. Las disputas entre la clase trabajadora borrega y el conformismo disfrazado de activismo políticamente correcto de los ricos es una que se ha librado desde hace décadas, pero ahora con la inmediación de mensajes que provee el Internet ha aflorado al punto de la riña verbal-virtual sin que en realidad se produzca una comunicación seria y madura, algo que este filme pudo aprovechar de manera excelente pero sólo se decanta a los diálogos banales y obvios, a un empleo de la violencia visual bastante memo que anula cualquier pretensión honesta o propositiva y aun uso del simbolismo bastante risible (la escena donde Crystal cuenta a su modo la fábula de la liebre y la tortuga, elemento ligado a una de las tomas finales, es absurda por su manejo débil y muy elemental). Unos cuantos momentos de humor efectivo y la buena actuación de Gilpin es lo único que sobrevive en esta matanza de neuronas que pudo ser algo más y simplemente no quiso.

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