Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Todo lo que necesitas es amor artificial

Ya es casi una regla no escrita del cine de ciencia ficción que si la historia a contar se ubica en una isla lo que ocurra rara vez conduce a un final feliz, desde cualquier adaptación de “La Isla del Dr. Moreau” a “Jurassic Park” y para confirmarlo aquí está “La Cabeza de la Araña”, producción de Netflix dirigida por Joseph Kosinski, quien recientemente probó las mieles del éxito en taquilla con “Top Gun: Maverick” y que ahora regresa al género que lo vio nacer como narrador después de “Tron: El Legado” (2010) y “Oblivion: El Tiempo del Olvido” (2013) con esta película de premisa interesante: ¿Qué sucede cuando al humano se le inoculan sentimientos? Las implicaciones filosóficas, éticas e incluso conductuales son varias, pero eso a los guionistas Paul Wernick y Rhett Reese no les preocupa tanto como el mostrar los efectos violentos o viscerales que este experimento produciría, por lo que construyen una historia alrededor de ello y no mediante personajes que saquen adelante e incluso dimensionen esta hipótesis. Chris Hemsworth y Miles Teller lideran esta producción que, para no variar, posee el potencial para engendrar reflexiones importantes sobre la constitución emocional del ser humano con base en su sentir, pero que se queda en nada ante el pavor de los libretistas por realizar un filme maduro e inteligente.
Es así que, en un centro de investigaciones que lleva por nombre el título de la película, se realizan una serie de experimentos diseñados por el doctor Steve Abnesti (Hemsworth) aplicados a presos que servirán como conejillos de indias, a quienes se les conmuta su encierro a este paradisíaco lugar, donde se les implantan ampolletas que podrán manejarse a distancia mediante tecnología digital con la cual se pueden liberar una gama de emociones que van de la hilaridad incontrolable al pavor más hondo, pasando por un afecto irrefrenable. Uno de los reos es Jeff (Miles Teller), quien ha desarrollado una íntima relación con la cocinera del lugar, Lizzy (JurneeSmollett), mientras es sometido a varias pruebas supervisadas por Abnesti, por lo que comienza a cuestionarse hasta qué punto sus emociones y sentimientos son reales y cuáles se encuentran manipulados, hasta que los ensayos comienzan a llegar a puntos límite que pondrán a prueba la cordura de Lizzy y Jeff mientras tratan de averiguar las genuinas intenciones de Abnesti y su pavloviano experimento.
A vuela pluma, todo esto nos remite a “Black Mirror” u otros ejercicios narrativos -literarios o fílmicos- que vinculan los componentes que constituyen al ser humano como tal y la tecnología, pero se trabajan con demasiada ligereza argumental y poca profundidad psicológica como para distinguirse o localizar una identidad propia. Los personajes de Hemsworth y Teller pretenden entablar un sutil juego del gato y el ratón conforme la tensión entre ambos crece, pero es Hemsworth quien falla en entregar una caracterización sólida que consolide esta singular relación alcalde/preso/científico/sujeto de prueba apelando más al carisma que al histrionismo. “La Cabeza de la Araña” urge al espectador a conjurar reflexiones filosóficas en medio de una trama de suspenso con tanta ligereza y un clímax abrupto y predecible, que no es posible tomarnos con seriedad todo ese supuesto aplomo.

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