Dra. Ednna Milvia Segovia Miranda

Séneca afirma que la vida, aunque lo pueda parecer, no es breve, pues es el individuo quien la hace parecer así. La vida es corta porque no se sabe aprovecharla. Pero es la muerte la que viene a enseñarnos que sólo una pequeña parte de vida es la que vivimos, porque lo demás es espacio, no vida, sino tiempo. Es la brevedad de la muerte la que nos pone de manifiesto el valor de la vida y la fragilidad que como seres humanos tenemos.

La muerte desde el punto de vista de la medicina forense, es la abolición definitiva, irreversible y permanente de las funciones vitales del organismo, es decir, el verdadero estado de muerte real. Entonces, la muerte como estado es lo antagónico a la vida, pero como evento es lo antagónico al nacimiento, o sea el fin de la vida. Sin embargo, como mexicanos, adoptamos a la muerte con un profundo sentido social derivado de nuestras tradiciones y costumbres, hemos llegado a sustantivarla y representarla a través de elementos fantásticos como los alebrijes, elementos naturales como las flores de cempasúchil, hasta gastronómicos como el pan de muerto y literarios como las calaveritas. Pero cuando muere una persona cercana y nos descubrimos mortales, la muerte nos estremece.

Derivado de la muerte siempre vendrá una etapa de duelo para los deudos, con múltiples consecuencias tanto físicas como psicológicas que habrá que tratar en acompañamiento de profesionales; el duelo a causa de una muerte natural, da la oportunidad de resolver asuntos pendientes, de despedirse e incluso de vivir con tranquilidad hasta los últimos días, pues se trata de una muerte esperada; sin embargo, el duelo a causa de muertes violentas es difícil de sobrellevar, pues entre más sorpresiva, inesperada o prematura sea la muerte de un ser querido, más difícil se hace aceptarla, incluso en muchos casos de muerte accidental, la desfiguración o la ausencia del cuerpo lleva a los dolientes a no querer o no poder ver el cuerpo. Y es que aunque el dolor por la pérdida presume un mecanismo natural por el que encauzamos nuestro sufrimiento, la realidad es que no estamos preparados ni convencidos de aceptar a la muerte como el último acorde de la vida, sea cual sea la determinación legal vertida en un certificado de defunción; aunque sabemos que el instante en que ocurre un deceso es un cruce de eventos aleatorios y que la muerte es una acción intransferible, es decir nadie puede morir por nosotros, porque morir es insoslayable, siempre nos resultará un acontecimiento que conmociona y desborda, pero sobre todo una experiencia que altera la cotidianidad. No obstante, una ley ineludible de la vida es la muerte, somos impermanentes y estamos condenados a vivir un proceso tanatológico.

Además, comprender a fondo el proceso de la muerte con menos misticismo y más realismo nos brinda la oportunidad de salvar vidas o coadyuvar a mejorar la calidad de las mismas gracias a la donación de órganos considerada dentro del marco legal vigente, haciendo hincapié que todo cadáver debe ser tratado con respeto y consideración, por lo que la intervención del médico forense resulta esencial para garantizar el adecuado proceso técnico, legal y ético de la donación y trasplante de órganos, actividad que constituye un lado poco conocido del forense y su contribución en mejorar las condiciones de salud.

En la medida en que aceptemos a la muerte, con independencia de la manera en que habrá de suceder, como un proceso connatural a la vida y no como contrario, ni como un estrago espantoso, sino como afirmación irrefutable pero con la esperanza en que lo expresó Shakespeare, por boca de Hamlet: “esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno”, habremos comprendido a la muerte como un rasgo ontológico de nuestra existencia y como un lección de finitud que nos habilitará la capacidad de resiliencia.

 

Twitter: @EdnnaMil “

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