1a Función
“50 SOMBRAS DE GREY” (“FIFTY SHADES OF GREY”)
Cuando los griegos deificaron la expresión del alma que celebra el deseo y la atracción en forma de Eros, jamás pensaron que su celebración a la otredad carnal se manifestaría siglos después en… esto: la dilución más banal de la exploración corporal y el sacio de fantasías primigenias mediante una trilogía de sosos textos que básicamente no son más que pasquines baratos en la mejor tradición de noveletas de consumo popular como “Jazmín”, aquellas que nuestras madres o abuelas adquirían en el puesto de revistas de la esquina a escondidas de sus cónyuges. Tres pesos valían y ése era el económico precio de una catarsis psicológica que las sexualmente frustradas amas de casa de clase media-baja pagaban para fugarse a una experiencia que saciara sus modestas fantasías amatorias. Y la experiencia persiste, ahora con “50 sombras de Grey”, la cual repite los modelos narrativos probados y aceptados por las consumidoras féminas: una protagonista con déficit sicalíptico y rasgos anatómicos que contrarían lo socialmente dispuesto por lo que la masificada comunidad entiende por belleza, que conoce a un gallardo y portentosamente apuesto gentilhombre que le provee de suficiencia erótica, sentimental y, de paso, económica para consumar su cuento de hadas posmoderno entre sábanas de satín y dulces penetraciones. La argamasa argumental de toda telenovela mexicana o culebrón sudamericano, pero ahora con presupuesto marca Hollywood que se ha consolidado, según establece la actual norma de adaptaciones fílmicas a trancazos literarios chatarra, como un éxito taquillero muy redituable. La trama es tan sólo la fórmula ya expuesta líneas arriba: una estudiante de literatura llamada Anastasia Steele (interpretada por la limitadísima Dakota Johnson, quien proyecta una frigidez que hace ver a Libertad Lamarque como Lady Chatterley ), quien mediante una entrevista logra conectarse con Christian Grey (Jamie Dornan, ex-modelo de ropa interior y probablemente la clave para conseguir el papel, pues como actor es buen vendedor de calzones), queda flechada y a lo largo de la cinta vemos cómo se repelen, se atraen, ella obtiene un coito gratis primerizo que le arrebata su virginidad y después, las secuencias por las que las (y los, que también habrá) fans clamaban, aquellas donde él revela su lado más sórdido en cuanto a carnalidad se refiere, y es que para Grey la posición del misionero es un juego de niños, ya que su líbido se encamina a otras actividades sexuales muy recreativas, como el bondage, el sado y otras a las que sólo se alude mediante un risible contrato de común acuerdo entre ella y él, como el fisting y el butt-plug, mejor conocido como el insaciable “rosario”. Los personajes operan simplemente como arquetipos, desplazándose en un universo estéril y prefabricado en el imaginario colectivo (suntuoso, espléndido, rico), mas completamente inofensivo en cuanto a erotismo audaz se refiere, pues éste se presenta de forma tan antiséptica e indolora (aunque la protagonista gima y llore) que jamás ingresa en el terreno de la realidad seductora, supongo en aras de no ahuyentar a un público masivo, el cual encontraría mayor satisfacción concupiscente en los maravillosos libros del Marqués de Sade o Guillaume de Apollinaire, el primero precursor del placer mediante el dolor y el segundo un aventajado pupilo que se consagró con el formidable y provocativo texto titulado “Los once mil falos”. Y hablando de éstos, el eje narrativo de la cinta es precisamente una falocracia donde la idea de un supuesto empoderamiento femenino jamás concreta, pues ella siempre está sujeta a los deseos de él y las reacciones individualistas de Ana son producto de las manipulaciones conductuales de Grey. Unidimensional y flácida, “50 sombras de Grey” es como un amante torpe y primerizo que logra irritar hasta al más perverso. Una sesión del Golden Channel el viernes por la noche es más satisfactoria.

2ª Función
“FRANCOTIRADOR” (“AMERICAN SNIPER”)
Chris Kyle (Bradley Cooper) tenía un sueño: ser un vaquero como su padre. Ese espejismo cultural que compartía con millones de norteamericanos rurales se vio transfigurado gracias a la intervención que su país realizo en Irak, donde sirvió en las Fuerzas Armadas en calidad de francotirador, actividad en la que se desempeñó a tal grado de excelencia, que registró su nombre en los récords militares como el tirador más eficaz y letal del ejército estadounidense, con más de 160 muertes que incluyen mujeres y niños. Este dudoso honor marcó en cierta forma a Kyle, quien transformó su cotidiano marital y paterno en un encierro existencial donde cada bala en el blanco era un clavo en su ataúd emocional y el siempre presente tormento de los rostros de sus víctimas iraquíes. Un caso de la vida real llevado a la pantalla por el veterano Clint Eastwood, relato interesante que culmina con la muerte del certero soldado a manos de un campesino alterado por los horrores de la guerra. La cinta tiene todos los elementos para trascender y convertirse en una metáfora sobre la metamorfosis en la psique social, cuando un arma transforma a un ciudadano común y corriente en una eficiente máquina de matar en el nombre de Dios y la patria, pero algo sale mal, pues la dirección de Eastwood es en momentos terriblemente convencional, como si las exigencias narrativas pasaran por alto y la linealidad argumental fuera su única meta. La actuación de Cooper en el papel de Kyle es meticulosa y convincente, pero trivial en el contexto general, lleno de lugares y situaciones comunes y exenta de un toque irónico que la conclusión del filme parecía señalar, sin riesgos y muchas salidas fáciles. Aun así, el filme se encuentra en ternas importantes para la competencia del Óscar de este año y si bien no destaca como un trabajo sobresaliente en la carrera de Eastwood o en los anales del cine bélico norteamericano en general, posee la suficiente solidez artesanal para dejarse ver sin problemas o complicaciones intelectuales un domingo por la tarde, pero nada más.

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