Alfonso Pérez Romo

La Autonomía, ya sea entendida como autorización legal o como razón vital del saber, no quiere decir extraterritorialidad.

Las instituciones de educación superior son entes nacidas de y enclavadas en una sociedad regulada y dirigida por disposiciones legales y autoridades legítimamente constituidas; por tanto, entes responsables ante la sociedad y las autoridades en cuanto al respeto a las leyes que nos rigen y al uso correcto y honesto de los recursos que les provee la propia sociedad.

Una universidad no es autónoma por el hecho de haber recibido una credencial oficial que la designa como tal, sino cuando en el ejercicio de su vida interior es congruente y respetuosa de la libertad de cátedra, de la libertad de investigación, del derecho a formular sus programas de enseñanza y elegir a sus propias autoridades.

Equivocarse en este aspecto fundamental, ha llevado a muchas universidades mexicanas a la simulación de la libertad de enseñanza y de pensamiento, cuando se han convertido en instrumentos de intereses políticos pasajeros, presa de ideologías o volverse una ruina económica dilapidando en la sombra sus recursos, atenidas a una autonomía entendida como “carta blanca” que las exenta de la obligación de rendir cuentas claras a la sociedad a la que se deben y al Estado que les provee.

La educación pública superior en nuestro país se halla ante un desorden, tanto del concepto de lo que debe ser en sí, como en cuanto a su actualización con las grandes transformaciones científicas, tecnológicas y culturales que vive el mundo de hoy.

Unas cuantas instituciones nobles, claramente identificadas con el sentido profundo de la formación integral de la juventud, apoyadas en un sentido correcto de lo que es la Autonomía y honestamente administradas, ante un conjunto variopinto de casas de estudios atrapadas por la corrupción sin freno que asola a nuestro país, o convertidas en brazos activos de facciones políticas; y un sinfín de ficciones nacidas al calor de “revoes” conseguidos como se consiguen tantas cosas en nuestro medio y que conforman un verdadero fraude para la juventud mexicana y un incierto porvenir ante los retos a que la nueva civilización nos habrá de enfrentar.

Ante este panorama y ante las regresivas acciones que todavía nos esperan y amenazan, ¿tendremos los elementos humanos idóneos para enfrentarlos?

La tarea va ser larga, tenaz y complicada; cada uno de nosotros deberemos hacer lo que nos corresponda, seguros de que al fin prevalecerá la verdad, la libertad de pensamiento y el triunfo del espíritu sobre la ignorancia, la estulticia, la rapacidad y las ambiciones autoritarias.