Por Daniel Amézquita

El Último Guerrero es mi luchador favorito. Es más, me cae mejor sin máscara. Cuando Carlos Amorales hizo el performance «Amorales vs Amorales», en el que jugaba con la idea de las máscaras, le pidió a tres luchadores que se fueran con él a Europa: Rey Bucanero, Último Guerrero y Satánico. Allá hicieron una gira por diferentes museos y galerías como el Migros de Zúrich, Suiza; el Georges Pompidou de París, Francia y la Tate Modern de Londres, Reino Unido.

Cuenta el Último Guerrero que cuando fueron a Alemania, todos pidieron ver los restos del muro de Berlín. El guía les dijo que podían escribir algo en el muro. Los luchadores se vieron y el Último Guerreo le cedió el honor a El Satánico, en ese momento el jefe de la tercia. El Satánico no supo qué poner, así que Rey Bucanero (corsario del amor) tomó el marcador y escribió con letras grandes: ¡Viva Tepito!

Tomado del Facebook del escritor Iván Farías

 

Imaginen que viven en la Ciudad de México y ganan el salario mínimo que es de 80 pesos, en teoría tendrían que trabajar aproximadamente 45 días (abstenerse de alimentos y gastos regulares) para comprar un boleto de primera fila en la Arena México y asistir a una pelea estelar entre las máximas figuras de la lucha libre. Los verdaderos aficionados lo hacen, sin remordimientos.

Íconos de la cultura, ídolos de las masas, figuras egregias que surgieron de entre el pueblo para el pueblo, los luchadores representan la fuerza popular en la eterna batalla del bien contra el mal, que ocurre sobre un cosmos que es el ring y las galaxias son televisiones en millones de hogares, con personas que están ahí para gritar lo que nunca han podido, para triunfar en lo que siempre han perdido, para regocijarse con lo que nunca vivirán.

Para variar, los griegos impusieron el desarrollo del cuerpo para honrar a los dioses que les dotaron de habilidades y destrezas, en las ceremonias como las Olimpiadas se combatía desnudo, cuerpo a cuerpo, para demostrar la fuerza y agilidad a las que podía aspirar el simple mortal imitando a los dioses magníficos. Sucede que, como en casi todo, los romanos la esparcieron por el mundo conocido con sus respectivas peculiaridades, aunque no signifique que en las civilizaciones más recónditas no se haya practicado algún tipo de lucha. Al parecer nuestra especie tiene predilección por la bravuconería y el moquete.

Alrededor del planeta se crearon consejos, asociaciones y federaciones para imponer legislación a esas disputas y convertirlas en deporte, para luego hacerlo un espectáculo y, consecuentemente, una celebración a la identidad y el nacionalismo. En nuestro país datan los primeros registros, según el Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) desde que los europeos tuvieron a bien querer someternos nuevamente con sus intervenciones a mediados del siglo XIX, luchadores amateurs que se exhibían en ferias y caravanas llegaron a México y esparcieron el deporte de la lucha. Después, compañías extranjeras realizaron presentaciones durante las primeras décadas del siglo XX, hasta que se creó el CMLL en 1933, que fue la primera empresa mexicana que se dedicó 100% a esta actividad.

Inició entonces la gesta de su mitología y héroes, sus deidades y fieles. En la mitad del siglo pasado los luchadores comenzaron a usar máscaras y es entonces que se forjan los nombres que se plasmarían con letras doradas en la memoria colectiva de nuestra nación. No existe mexicano que se precie de serlo que nunca haya oído hablar de El Santo o Blue Demon, del Huracán Ramírez o el Rayo de Jalisco. Mientras Superman, Batman, el Hombre Araña y otros salvaban al planeta, nuestros luchadores combatían momias, extraterrestres, gánsters, vampiros y lo que fuera, tanto en Guanajuato y el desierto sonorense, como en La Condesa en la Ciudad de México.

La televisión jugó un papel muy importante en la masificación de la lucha libre, fue el deporte popular por excelencia durante más de cuatro décadas, por encima del futbol, el boxeo, los toros y el beisbol. Permeó tanto en la cultura que es imposible hablar de una identidad mexicana sin mencionar la lucha libre, tanto así que ha influido en el cine: la inabarcable obra cinematográfica del Santo y demás secuaces; la literatura, “Pasiones desde el ring side”, de Daniel Téllez y Carlos Maldonado, antología de textos donde algunos narradores reconocidos se adentran en este universo; la música, bandas sonoras de las viejas películas de lucha libre que inspiraron a los grupos de surf como Lost Acapulco y Los Straitjackets; y hasta en el arte contemporáneo: el mencionado Carlos Amorales y Miguel Valverde que realizó un espléndido mural en la Arena México.

Aún hoy, la lucha libre es un negocio multimillonario, no sólo para las empresas televisivas, promotores, empresarios y los mismos luchadores, también, aunque en mucho menor medida, para cientos de personas que trabajan al margen, preparadores físicos, médicos, masajistas, instructores de gimnasio; y qué decir de quienes venden máscaras, playeras, figuras de acción, alimentos y bebidas. Como toda cultura, tiene su propio lenguaje y su propia simbología, su modo de vida y sus riegos.

La lucha libre profesional es una carrera voluble que puede significar de momento el estrellato y de pronto la indigencia, así lo han comprobado un sinfín de héroes caídos en desgracia. Es una vocación de esfuerzos y voluntades, sufrimientos y sinsabores. De un momento a otro el cuerpo ya no resiste más y pide clemencia. Entonces la figura se apaga. Así como nosotros que jugamos con esos muñecos plásticos con cara pintada y un pedazo de tela por capa, en cuadriláteros de madera y ligas como cuerdas (ninguna consola de videojuegos jamás superara eso ni hoy ni mañana), así el destino de pronto crece y abandona esos juegos, luchadores de verdad que se esfuman en el tiempo y su estela queda solamente en el folclor mexicano.