Moshé Leher

Sanlúcar de Barrameda. Aunque usted no lo crea: yo rumio, mastico, regurgito estos artículos apresurados. Me pasa algo y pienso, que es un decir, que allí está una idea que puede dar de sí, estirarse, dejarse amasar, pues yo tengo que escribir, esta tarde, mañana, en un par de días, algo para que las prensas tengan algo que moler, y para que mis tres lectores tengan algo en que entretenerse.

Todo comenzó cuando alguien en Sevilla me dijo que podríamos quedar para tomarnos algo por el rumbo de la Calle de La Araña, en Sevilla, calle que, entendí yo, estaba muy cerca del hotelito, nunca mejor dicho, donde me hospedaba en esta ciudad que fue romana, mora y católica a lo bestia, a lo Contrarreforma, con dos templos cada calle y media.

A mí me fascinó la idea de que existiera una calle de La Araña, que imaginé estrecha, llena de recovecos, muy a la Santa Cruz, un poco siniestra y hasta poblada de personajes un poco pintorescos, un tanto tenebrosos y muy del Barroco andaluz, aunque todo fue una confusión mía y de mi mal educado oído, pues La Araña no existe, como calle, obviamente (arañas hay a patadas y algunas son repugnantes y otras más venenosas), pues se trataba de la Calle de Laraña, nombrada así, indague -que yo soy muy de andar averiguando informaciones inútiles-, en honor de un tal don Manuel Laraña y Fernández, jurisconsulto madrileño y entiendo que rector de la Universidad de Sevilla, senador por…

Nada, que estaba yo cocinando con esos datos, y los malentendidos sucesivos por causa de mi confusión, un artículo que supuse no sólo potable, sino hasta interesante y, quién sabe, hasta divertido.

Lo rumiaba anoche cuando, en compañía de mi hijo, volvía a media noche, luego de los toros, un par de ginebras tónicas (gin tonic, para los cosmopolitas) y una cena ligera, caminaba rumbo al hotelito sito en las proximidades de la mentada calle, no de La Araña, sino de Laraña, lo mismo que esta mañana en que, tras despedirme de mi vástago en el andén de la estación de Santa Justa, viajaba yo en un tren con destino en Jerez de la Frontera, para luego venirme a Sanlúcar de Barrameda, donde escribo y donde estoy, en esta hora negra de la humanidad, en medio de lo que, supongo, es el apagón telemático más grave de la historia mundial del mundo.

Y es que ya en la tarde, luego de la andaluza siesta, me enteré que estaba reventado el WhatsApp, lo mismo que el Facebook y el Instagram, en tanto que mientras Twitter consignaba lo de la caída de las redes, que, hasta donde entiendo, y en este momento entendemos poco, es planetaria, y que a estas horas, donde ya amanece martes en España, seguía tras cinco o seis horas de apagón.

En un bar de una bodega de manzanilla, donde fui a picotear la cena con un par de amigos de estos rumbos, los morbosos, que no sueltan los teléfonos que miran con cara de alarma, me dicen que agencias noticiosas tan de fiar como Rusia Today, hablan de la caída de las bolsas del mundo y planetas circunvecinos, de un ataque letal a los sistemas bancarios de occidente, de que fuerzas combinadas Júpiter-bolivarianas acaban de invadir la Florida y Arkansas y del descubrimiento de que el COVID-19 a la vez de ser un mito genial que inventó Pedro Aspe, se cura con grageas de menta-eucalipto.

Yo ya me temía que la Internet toda estuviera colapsada lo que, para mi mal, no es el caso, y hasta pensé en que este artículo no podría ser escrito y menos remitido a la redacción de este diario, aunque ya comprobado que luz hay, que mi ordenador portátil funciona y que hasta puedo enviar un correo electrónico, pues ni La Araña, ni Laraña, que igual estoy en medio de una hecatombe universal y yo ni me entero.

Tal fácil que eran esos años que, aunque usted ni lo recuerde ni se lo crea, no sólo no existían las mentadas redes sociales, ni la Internet, sino tampoco los teléfonos portátiles, que eran un asunto de las películas de James Bond y otras ficciones casi inverosímiles.

Tiempos en que el viajero sólo podía llamar a casa si en la casa de cada uno existía un teléfono fijo y estaba dispuesto a pagar una fortuna y que uno daba señales de vida mandando postales de la Plaza de España, de Roma, y en que el articulista aventurero tenía que ir a rentar un teletipo para mandar un artículo y rezar para que este fuera recibido como Yahvé mandaba y fuera así publicado, so riesgo de no cobrar y tener que terminar pidiendo asilo en la embajada del Congo en Praga.

Qué tiempos aquellos.

Y ahora nos ahorramos lo de la redes, que igual ya mañana no existen.

Shalom y después lo que tenga que pasar.