Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

A partir de ese diálogo enunciado durante un momento importante de este proyecto animado auspiciado por Netflix, se logra una tesis argumental que aleja a esta película apta para toda la familia de tantas protagonizadas por ese rechoncho sujeto ataviado en carmín llamado Santa Claus, gracias a que su guion posee un sentido claro de la emotividad que produce una interacción sensible y definida entre personajes bien trazados que buscan evolucionar o redimirse, temas complejos que en manos más torpes erogaría en una mera fábula moralista e invectiva pero que gracias a la centrada visión del cineasta y guionista español Sergio Pablos, se fragua cine con las concesiones adecuadas para que logre penetrar a un espectador promedio pero con suficientes capas de lectura para que no remita a los productos plásticos marca Dreamworks o Blue Sky.

La premisa de la cinta nos resulta algo familiar: en una Europa de época imprecisa -por lo que se ve, podemos especular finales del S. XIX o principios del S.XX- vive un joven llamado Jesper cuyo padre es un potentado, dueño de la compañía de correspondencia más importante de su país y donde el protagonista, quien se nos muestra desde el inicio como todo un baquetón, melindroso y mimado, sin interés por el trabajo y buscando todo por la vía fácil, es enviado por su progenitor a Smeerensburg, un poblado que por años no ha recibido o enviado una sola carta para que aprenda por la vía ruda el oficio y aprenda el valor de la profesión, sentenciándolo a vivir en dicho lugar hasta que cumpla la meta de 6,ooo misivas registradas. Una vez ahí, se percata de que se trata de un desvencijado pueblucho víctima de una bizarra guerra civil entre los dos clanes dominantes que se dedican a destruir los bienes del otro. Ante esta situación, Jesper vive desolado por la falta de lujos y desdén por la actividad epistolar de los habitantes hasta que conoce a Klaus, un carpintero misántropo y monosilábico que por razones misteriosas tiene guardados cientos de juguetes realizados por él en su aislada cabaña del bosque. Uno de esos juguetes termina en manos de un niño, quien posteriormente escribe pidiendo más, lo que inspira a Jesper a promover la idea entre la población infantil de que escriban solicitando juguetes para así llegar a su anhelada meta que lo saque de ese lugar a la vez que va produciendo sin saberlo los aspectos míticos que definen la leyenda de Santa Claus, incluyendo los renos voladores, el carbón para los niños malos y su omnisciencia ante la mirada indignada de los lugareños, quienes deciden olvidar sus diferencias y unir fuerzas para acabar con estos bienhechores en aras del conflicto perpetuo.

El director Pablos logra producir una película redonda donde todos estos cabos se van atando con fineza a través de un sentido del humor ligero e inteligente y personajes secundarios que soportan muy bien los elementos narrativos que contribuyen a dimensionar la trama, como una antigua maestra ahora pescadera frustrada y huraña que recupera su gozo por la enseñanza gracias a que los niños desean aprender a leer y escribir para realizar sus misivas, o los mismos pequeños de entre los que surgen algunos caracteres graciosos y creíbles que añaden emotividad a ciertas escenas, sobre todo una pequeña fuereña que anhela un trineo pero desconoce el idioma que hablan en Smeeren. El mismo Jesper, el cual arranca como un personaje insoportable y fastidioso, recorre el camino que otros como él han desarrollado en el cine de animación como Kuzco en “las Locuras del Emperador” y termina encontrando de forma muy natural y sincera los elementos que le permiten ser mejor. Claro, la cinta no puede exentarse tan fácil de elementos predecibles o complacientes (los villanos, aunque divertidos, son meros arquetipos de la etapa adulta intolerante que no concibe una vida sin conflictuar a otros o pasar de largo los intereses de los infantes), pues éstos sirven para que el público menudo logre adentrarse a los temas más importantes que maneja el filme, como el desprendimiento y la generosidad. Todo funciona muy bien gracias a la mano firme de Pablos que logra darle a su proyecto entereza y madurez discursiva a la vez que una plástica muy característica, pues la animación, aun cuando está procesada digitalmente, es producto de los recursos bidimensionales que provee el trazo a mano, generando atmósferas y una riqueza visual similar a las películas de antaño. “Klaus” es una agradable sorpresa que da gusto toparnos bajo el árbol esta temporada navideña.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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