Moshé Leher

Hay una voz hebrea, yobel, que refiere al sonido de la trompeta que sonaba cuando a alguno le llegaba la edad de retirarse: el jubileo: la pensión; pero resulta, para mi mal, que a mí me tocaron trompetillas y me encontraba, de repente, en una edad en que soy muy joven para la jubilación (dura lex), y también muy viejo como para ponerme a buscar un empleo remunerado. Como suele decirse: en un dilema, en una encrucijada.

Alguien que aprecio y cuyas opiniones respeto me dijo, date un par de meses y luego te pones a pensar qué hacer. Mientras tanto enterraba a mis muertos y tomaba una decisión capital, la de jamás de los jamases volver a la primera línea de batalla. Sobre las causas de esta decisión ya escribiré algún día. O a lo mejor no.

Mientras tanto me puse a hacer lo que más me gusta: leer. El problema es que en medio de la pandemia las librerías estaban cerradas y soy absolutamente incapaz de leer textos de más de diez líneas en una pantalla de ordenador, o en una de esas tabletas de lectura. Soy un fetichista de los libros; aunque aquí hay que referir una recanija contrariedad: los libros cuestan un montón, son escasos y no es que sobren aquí opciones para conseguir según qué títulos.

Afortunadamente hay quien dice, con razón, que cada biblioteca no es sino un proyecto, y en la mía quedaban por allí varios libros comenzados y abandonados, libros que nunca me atreví a comenzar y, sobre todo, muchas cosas para releer. Entre los primeros había dos o tres que esperaban pacientemente su turno. Uno de Mishima (El marinero que perdió la gracia del mar), el Diario de Gombrowicz, el Carpe Diem de Bellow y alguna cosa más.

Entre estos estaba un libro no sólo indispensable, sino hermoso: Cómo ordenar una biblioteca de Calasso, que me sirvió no sólo para matar las horas, sino para hacer ese mapa mental de qué iba a releer, luego de que dispuse de los cuatro o cinco volúmenes que estaban por allí, palpitando, para que me dispusiera de una buena vez a abordarlos, entre ellos Bella del Señor de Cohen, un libro que me recomendó con entusiasmo Román Revueltas, pero que se me resistía nada más pasar la página cincuenta.

Yo releo de vez en vez Las opiniones de Böll y esa obra tan destornillante como amorosa que es Las aventuras del soldado Svejk, de Hasek (les debo los signos diacríticos que vienen del checo y que alguien ha llamado tilde ‘Carón’), tenía que abordar otras aventuras. Mientras lo hacía, y aquí hago una apostilla pertinente, me iba desintoxicando de eso que es la noticia del día a día, atendiendo siempre a lo que dijo Savater (y yo sabía), de que en estos días las páginas de los diarios –y de los portales y demás plataformas dizque informativas-, se habían vuelto campos minados.

Eso me ha evitado, entre otras cosas, enterarme de los sórdidos de las deplorables campañas políticas en curso, aunque no, desafortunadamente, de las barrabasadas del presidente, cuya perniciosa presencia es como las humedades, que se cuelan por la menor rendija, o las termitas, que aunque uno pretenda no verlas carcomen todo lo sólido que tenemos en casa.

Justo en mi proceso de relectura, fue que di, como Arquímedes con el famoso principio, con un tropo que le viene como anillo al dedo al mandatario, el que es tanto de anillos y de dedos, la del ‘asno trágico’ de Nietzche; y perdón por citarle de nuevo, pero entre mis relecturas más reconfortantes me atreví con Humano, demasiado humano del alemán (aunque tampoco le volví a entender, debo reconocerlo).

Quienes me conocen –sea esto una desgracia o una ventura, cuestión del tamaño del hígado-, saben ya que yo soy muy de divagar; los que no me habían leído, pues ya se están enterando: iba yo a hablar de relecturas y nada más empezar ya me fui de nuevo por los famoso y bellos cerros de Úbeda; como aquí tengo un espacio con ciertos y prudentes límites, ya ni hablar de otras cosas que he estado haciendo en este jubileo tan poco jubiloso: seguir con mi cocina Dadá, pintar, mantenerme en forma y procurar, a toda cosa, el equilibrio mental y evitar, mientras tanto, la muerte por inanición.

De estos capitales asuntos les contaré luego.

Shalom y lehitraot.