Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

El doctor Juan José de Alba Martín, fallecido el pasado lunes 23 de marzo, fue apagándose poco a poco. El año pasado tuvo una crisis respiratoria que lo alejó de la producción del programa de radio “Al tranco, origen, esencia”, una emisión de Radio Universidad de Aguascalientes, de la que fue titular hasta su muerte.
Estuvo ausente un par de meses, y cuando regresó lo hizo acompañado de un aparato que le proveía de oxígeno, del que ya no se separó. Por mi parte interpreté su regreso como un acto de coraje; el deseo de vivir y mantenerse en la vanguardia.
Pero se estaba extinguiendo. Fue como una vela que de manera irremediable y silenciosa agota su combustible, y su llama vacila, se agranda y recobra su brillantez para luego debilitarse. Cambia su amarillo brillante por un azul tenue, casi invisible; una flama que sigue ahí, irradiando más calor que luz… Poco a poco su voz se fue apagando. Esa espléndida voz que tuvo; fuerte, se fue adelgazando, y sus intervenciones en el programa se espaciaron, como si a final de cuentas le bastara con vernos; tenernos reunidos a aquellos a quienes cohesionaba y dirigía en este esfuerzo de comunicación, aunque fuera en silencio, con su sola e imponente presencia, como caballo bien arriendado.
A propósito del Domingo de Ramos, le gustaba pensar que el episodio evangélico daba pie para designar esta fecha como el día de la fiesta del arrendador de caballos, ese personaje que se encarga de “hacer a la rienda” a los animales, prepararlos para seguir las órdenes de su jinete, esto porque, a decir del relato evangélico (Lucas 19-30), al aproximarse a Jerusalén, Jesús envió a Betania a dos discípulos con la instrucción de traerle un burrito que estaba ahí, amarrado, y cuya característica principal era que sobre él “no se ha montado todavía ningún hombre”, y con el que el Mesías hizo su entrada en Jerusalén. Por esto, decía el doctor, Cristo había actuado como arrendador del burrito, convirtiéndose en el santo patrono de quienes se dedican a esa actividad.
En fin. Queda ahí este recuerdo escrito, que por esto mismo tardará un poco más en ser olvidado que la sola palabra pronunciada.
La última vez que vi al doctor fue la noche del martes 17 de marzo, en la grabación del programa que se transmitió el sábado 21 de marzo, su última emisión, que casualmente coincidió con su cumpleaños 82…
Ya el coronavirus se nos venía encima y la UAA había anunciado que cerraría sus puertas desde el viernes 20 de marzo y hasta el 17 de abril… Como nunca antes, por lo menos que yo recuerde, Radio Universidad alteró drásticamente su programación, suprimiendo todo programa en vivo. De hecho ya el viernes 20, a las cinco personas que normalmente realizamos “La terca memoria”, otro programa de Radio UAA, no se nos permitió estar juntos en la cabina de radio, sino dos a la vez.
En fin. Para no hacer el cuento largo, antes de comenzar a grabar aquel, que sería el último programa del doctor, El Imprescindible de la emisión, el ingeniero de grabación y edición, don Martín de Martínez y Pineda, nos informó que Radio UAA sólo recibiría materiales para su transmisión hasta dos días después, por lo cual resultaba prácticamente imposible grabar tres o cuatro programas más, a fin de hacernos presentes durante el lapso que durara el desgraciado receso coronavirulesco.
Grabamos el programa, que inició con las consabidas Mañanitas cantadas por los contertulios -muy feas, por cierto, pero con harto sentimiento-, las felicitaciones de todos y el agradecimiento del doctor, que dijo una de sus ingeniosas muletillas: “casi hicieron que me sudaran los ojos”. Entonces pregunté cuántos años cumplía., a lo que él, todo seriedad, contestó: “nací en mil novecientos qué chiflados te importa, ¿te queda claro?” Luego de la obligada carcajada de todos señalé que otra respuesta me habría desconcertado, porque así era él, un hombre de una, digamos, cálida y vital brusquedad.
Ahora, por razones obvias, recuerdo a Brenda, su esposa, mujer de gran elegancia, de mirada luminosa y pícara, que murió el 17 de marzo de 2004. Evidentemente el doctor faltó al programa durante varias semanas, y cuando se presentó por primera vez, leyó un texto en el que hizo una metáfora del dolor que sufría su compañera de vida, como el acto por el que estaban brotándole alas para volar al cielo; algo así. Ahora él adquirió las suyas y voló…
Por una extraña coincidencia esta semana fui a dar con un eclesiástico inglés. Ya no me acuerdo que andaba buscando en la Internet, cuando se me apareció John Henry Newman, un hombre que comenzó su vida como anglicano, y la terminó como santo católico, y que escribió un libro en el que constan las reflexiones de un anciano que se acerca al final de sus días. No encontré el libro, pero sí un fragmento de su poema “El pilar de la nube”, un verso que viene muy bien con este sentimiento de tristeza por la muerte del doctor, y dice: Guíame, luz amable, /las tinieblas me rodean/, guíame hacia delante. / La noche es densa, /me encuentro lejos del hogar, /guíame hacia delante. / Protégeme al caminar. /No te pido ver claro el futuro, /sólo un paso, aquí y ahora.
En fin… Que se fue el charro mayor, y ni cómo hacerle; ni cómo ayudarnos. Se fue al tranco de su caballo, en pos de la luz imperecedera. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com <mailto:carlos.migrante@gmail.com>).