88. Jardín de La EstaciónDentro del conjunto de los jardines tradicionales de Aguascalientes, el Jardín de la Estación es el que fue concebido para dos grupos de usuarios distintos buscando con el tiempo vincularlos en su convivencia: A los visitantes a nuestra ciudad llegados de manera moderna por la vía del ferrocarril, se les recibía en los andenes de la estación de tren desde donde se podía disfrutar hacia el oriente hermosas perspectivas arboladas de la Calzada Rafael Arellano –hoy Calzada Revolución– y hacia el poniente, la del Jardín de la Estación. El eje que conjunta la calle La Alameda –desde la iglesia de la Purísima hasta las vías del ferrocarril– y la Calzada Revolución –desde las vías ferrocarrileras hasta los Baños de Ojocaliente– era un paseo inicialmente suburbano de transición, en tanto que el jardín convocaba al transeúnte a permanecer un momento entre sus follajes y su fuente, por lo que la invitación para permanecer en el lugar iba dirigida lo mismo para el habitante de la ciudad que para el visitante.

Aprovechando la disposición de estilo inglés de la estación –que en su variante provincial presenta los andenes al aire libre– y el clima de la región, el jardín establecía con el entorno un agradable ritmo de construcciones públicas –los talleres del ferrocarril del otro lado de las vías eran un coto cerrado a los no trabajadores– rodeadas de masas de vegetación que aún se conservan. La fuente central sigue reflejando el edificio de la vieja estación y se integra con las bancas originales, que dejando de lado el hierro colado tradicional, fueron levantadas en obra de albañilería y recubiertas en trozos de porcelana en una técnica llamada “trencadís” profusamente utilizada a fines del siglo XIX y principios del XX por los arquitectos modernistas catalanes entre los que se encontraban Antoni Gaudí y Jordi Jujol, entre otros.

En la obra de Gaudí son famosas su fachada de la casa Batlló y su Parc Güell, donde se aprecia, por ejemplo, una banca corrida terminada con ese acabado que tiene la particularidad de no calentarse demasiado al sol, no enfriarse como el metal o el cemento y ser fácilmente lavable.

En las bancas del Jardín de la Estación en Aguascalientes, puede leerse la propaganda de los patrocinadores de esas piezas de mobiliario urbano, nombres de personas, familias o empresas que dan ese toque añoso al lugar donde las mismas luminarias originales, elaboradas en sitio parecen reclamar desde el pasado, una porción de la ciudad que cada vez parece alejarse de su núcleo fundacional y de su historia.

Circundado en principio por las calles que alimentaban el contexto de la antigua estación del tren, el jardín mantenía ámbitos abiertos a la población visitante y local; el deterioro del tejido social de algunas zonas aledañas, sin embargo, no mermó ni la constitución física de los elementos arquitectónico-urbanos o la calidad vegetal, lo que habla bien del servicio al esparcimiento ciudadano. Actualmente ese buen estado físico se mantiene, las calles que le bordeaban se han convertido en áreas peatonales acoplándose de lleno al conjunto de la terminal ferrocarrilera, mas al igual que ésta, andadores y jardín lucen deshabitados. Amenidades de nueva generación en fuentes y sonido ambiental, no han sido suficiente factor para contrarrestar el cerco que se ha impuesto al sitio, borrando su permeabilidad natural y preservando el uso para las pocas personas que se interesan para pasear o permanecer en él.

La entrada al lugar es gratuita, mas el costo real de la reja en cuanto a atraer a la población, no ha sido bajo. Se propuso conservar un entrañable espacio público acondicionándole modalidades de uso controladas, pero al igual que en juguetes de colección guardados en sus cajas, el verdadero disfrute está en la libertad de su experimentación y en el caso del Jardín de la Estación, en la tranquilidad del caminante, en lo aleatorio de atravesar el sitio sólo por ocurrencia y también por ocurrencia, permanecer en él y dejar que el tiempo pase.

Es también lo requerido por la convivencia social que no necesita de horarios de fuentes saltarinas o itinerarios de paseos turísticos, para ello basta anular barreras y facilitar la apertura de la ciudad a cualquier experiencia.

Con todo, vale la pena traspasar las rejas actuales del jardín y deleitarse de las perspectivas y de la vista del sitio y no sólo imaginar el cómo eran los tiempos de su pasado, sino también propiciar de nuevo el arte de caminar y disfrutar nuestra ciudad lejos de reclamos comerciales, fuera del ambiente autista de los coches, y apartando por un rato los sentidos de cualquier pantalla diminuta, en su lugar, llenar vista, tacto, olfato y oído de lo que verdaderamente existe en nuestro entorno inmediato, deseando que los espacios públicos vuelvan a “ocurrir” y dejen de ser esos claustros extraños a los que les han reducido las rejas. ¡Que así sea!

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