Moshé Leher

Un par de lectores me animan a tirar del hilo de mi penúltimo artículo, el que titulé ‘Naftalina’, que parece que causó escozor entre alguno; no, no se apuren, no lo haré; de hacerlo tendría que contar aquella vez que… O ese otro asunto cuando… Por lo demás fue incómodo, más para ellos que para mí, encontrarme a un par de los aludidos, así que mejor dejamos esos asuntos turbios para mejores ocasiones.

Mejor, para el bien de todos, hablemos de Fernando del Paso.

Mucho me asombró, ya hace años, cuando acudía al CIELA al taller del desaparecido Daniel Sada, ver en uno de los salones de esa casona de la calle de Allende, varios y muy logrados cuadros del ínclito escritor capitalino, autor no sólo de esas dos novelas que en su día lograron la casi imposible calidad de súper ventas, ‘Palinuro de México’ y ‘Noticias del Imperio’, sino de tal vez una de las dos mejores novelas escritas en nuestro país el siglo pasado: ‘José Trigo’, una novela hoy casi imposible de conseguir y, digo yo, la gran desconocida de nuestra literatura reciente, si eso es posible en este país de analfabetas funcionales (otra explicación de lo que nos está pasando).

Supongo que cuando alguno lea del CIELA y de la pinacoteca del recordado don Víctor Sandoval, pensó que iba a sacar trapitos al sol, por ejemplo la extraña manera en que desaparecieron de allí… Tranquilos, en verdad voy a hablar de Del Paso.

Corría el año ya remoto de 1966, cuando se publicó aquella novela coral, que algunos sienten tributaria de ‘La región más transparente’ de Fuentes, quien ya entonces, tras su éxito prematuro, hacía las veces de gran propagandista del ‘Boom’, para convertirse en especialista en colgarse de los éxitos ajenos, como en su día le fue señalado por, entre otros, Ibargüengoitia.

No por nada Del Paso, y específicamente el ‘José Trigo’, fue incluida en la lista de las cien mejores novelas escritas en castellano en el siglo pasado, donde no figura Fuentes y en donde de hecho, sólo hay otros dos autores mexicanos, Rulfo y Paz (‘Pedro Páramo’, por supuesto y ‘Tiempo nublado’, respectivamente), una lista por lo demás hecha en España y que prima a autores ibéricos; un listado donde destacan García Márquez con tres novelas, Vargas Llosa, con otras tres, y Cabrera Infante y Asturias con dos.

El asunto es que no había tenido oportunidad de leer al Del Paso ensayista, de tal manera que no me lo pensé cuando, hace unas semanas, en la desierta librería del FCE, sita en donde tantos años estuvieron las oficinas de Telégrafos (desierta por tantas causas, una de ellas los precios prohibitivos de los libros), me encontré el primero de los tres volúmenes de ‘Bajo la sombra de la historia’, una serie de ensayos sobre el islam y el judaísmo, asuntos que, ignoraba yo fueran del interés de nuestro último Premio Cervantes.

Ignoro si podré conseguir los otros dos, aunque con las mil páginas de este tengo para algunos días más, incluyendo un índice analítico que se lleva más de doscientas de éstas; recuerdo cuando peregrinábamos, hace unos años, a la librería del FCE de León, de donde regresábamos cargados de libros, todos de gran interés, muy particularmente los volúmenes hoy extinguidos de la colección Noema, que en tiempos mejores editaron el Fondo y la Fundación Turner.

Sobre la obra no diré mucho más; yo en estas cosas más que hacer reseñas escribo de lo que estoy leyendo y que cada cual decida si quiere y puede enterarse de qué van las cosas; lo que sí diré es que, a pesar de la declarada molestia, los asuntos judaicos e islámicos son tratados aquí por un ensayista de muy largo aliento, que página con página demuestra que además era dueño de una impresionante erudición sobre estos asuntos, de un refrescante sentido del humor, de una demoledora postura ante las religiones, y un convencido de las imposibilidades de convivencia entre el occidente y la religión de los mahometanos.

Dos preguntas sustentan esta obra monumental: ¿En qué creen los que no creen? ¿En qué creen los que creen? La respuesta es la de un ateo militante y si a alguien le interesa, pues por allí deben quedar ejemplares a la venta.

¡Shof shavúa tov!

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