Josep Maria Esquirol –en catalán, María no se acentúa– no es un filósofo como Byung-Chul Han, que analiza los asuntos contemporáneos, sino que reflexiona sobre lo intemporal, aquello que nunca pasa de moda. Por eso vale la pena prestarle atención, leerlo con su particular mirada. Nunca mejor dicho, porque en 2006 publicó un libro titulado precisamente El respeto o la mirada atenta. Una ética para la era de la ciencia y la tecnología:

“Para dar con lo nuclear del concepto de respeto conviene fijarse en aquellas situaciones en que equivale a atención: tratar a alguien o a algo con respeto significa por de pronto tratarlo con atención. En cualquier diccionario encontramos que el significado de la palabra respeto se aproxima o viene a ser equivalente a los significados de consideración, deferencia, atención, miramiento… Por ejemplo, esta palabra castellana, miramiento, puede funcionar perfectamente como sinónimo de respeto: tratar a alguien con miramiento es tener hacia él una atención, un respeto. En alemán, la palabra Achtung significa tanto respeto como atención. Pues bien, aquí está, a mi parecer, el auténtico núcleo del tema: en la atención”.

Para Esquirol, la mirada atenta equivale al respeto y por eso no es una mirada cualquiera. Nos dice que “la mirada tiene algo de extraño, de paradójico: la total facilidad de mirar contrasta con la dificultad para mirar bien”, y cita a Goethe: “¿Qué es lo más laborioso? Lo que parece fácil: poder ver con los ojos lo que a la vista tienes”.

En su obra más reciente, titulada La escuela del alma. De la forma de educar a la manera de vivir (2024), vuelve a tocar el tema en el capítulo Felices los que prestan atención: entrenan su espíritu para recibir:

“Mirar cuesta poco. Pero mirar bien cuesta mucho. Y, en realidad, sólo ve el que mira bien. La madurez de la vida es, en parte, un progresivo cambio en la mirada que te deja ver mejor, con mayor amplitud y hondura…

Mirada atenta y respeto se identifican. Quien se aproxima respeta. Cuando se ve se respeta. De ahí que la falta de respeto sea una especie de ceguera espiritual. Si la atención es respeto, su ausencia lleva a ser indiscreto, inoportuno, a forzar las cosas”.

Por eso, la falta de atención, la desatención, es una falta de respeto. Los ejemplos son numerosos, pero aquí expondremos dos sacados de mi propia experiencia que destacan por su astucia, aunque si se los observa con cuidado, y yo me gano la vida observando, se detectan fácilmente.

 Tenemos el caso del sujeto que siempre está tan ocupado que no puede deternerse para escuchar lo que le queremos decir. No nos queda sino ir caminado tras él mientras se dirige a alguno de sus muchos ocios o negocios. Este tipo de irrespetuoso, común en nuestro medio, suele observarse entre quienes ostentan algún cargo de responsabilidad al que llegaron sin estar preparados, ayunos de la gentileza propia de un espíritu educado. Si se trata de un sujeto con estudios universitarios, ejemplifica aquel adagio latino que reza  quod natura non dat salmantica non præstat.

Hay una variedad de irrespetuosos especialmente desagradable: aquella que finje prestarnos atención cuando en realidad sólo está esperando el momento propicio. Aparenta interesarse en nosotros y nuestra vida. Nos pregunta sobre ello, pero no para escuchar nuestra respuesta, sino para escucharse a sí misma. Apenas empezamos a responderle cuando nos arrebata la palabra para pontificar sobre sus puntos de vista, sus experiencias y sus descalabros. La oportunidad de dialogar se esfuma para dejar paso a un monólogo en el que nosotros nos convertimos en simples convidados de piedra. Para esa persona somos solamente un instrumento más de su indisimulada egolatría.

Estas dos formas de desatención suelen acompañarse de su propia mirada. En el primer caso se trata de una mirada vacía, que nunca se posa en los ojos del interlocutor. Por el contrario, en el segundo ejemplo la mirada se fija en el interlocutor con una intensidad que contradice la dulzura de su discurso. Es una mirada que aprieta como la garra de un ave rapaz (de rapere, “apoderarse”).