Candados asesinos, patadas voladoras, topes supersónicos y aterrizajes violentos en un pancracio que simula un comprimido Coliseo romano. Gesticulaciones amenazantes, máscaras multicolores con caprichosos diseños que terminan desgarradas como resultado de un cruento enfrentamiento, deslumbrantes atuendos procreados por ese “mexican kitsch” que regurgita todo lo que la posmodernidad filtrada en la conciencia mediática le ofrenda y dos polos en donde se expone un maniqueísmo paroxista y puro, donde el bien y el mal son definidos sin términos medios. Estamos ante la lucha libre nacional, un brutal y apasionante espectáculo que amalgama los elementos básicos del entretenimiento circense con el sentido del drama teatral y el sentido adrenalínico de cualquier justa deportiva y donde el único reglamento que se obedece cabalmente es en cuanto a su duración y distribución de combates (a dos de tres caídas sin límite de tiempo), el resto de sus componentes normativos está tan sólo para ser burlado.
La identidad de la lucha libre es tan bizarramente exquisita que su nexo con el séptimo arte parecía algo inevitable, pues supone un protagonismo del atletismo en su punto más depurado, donde sus actores se dividen en dos bandos prácticamente irreconciliables: los científicos o técnicos, detentores de cierto grado de nobleza, moral y ética, y los villanos, denominados “rudos” y de naturaleza antagónica, petulante e insolente, además de una deslealtad desmedida que los orilla a formar ventajosas alianzas que transgreden cualquier etiqueta deportiva con tal de vapulear a los héroes dentro del ring y fuera de su contexto meramente social, es decir, en el universo cinematográfico.
Promoviendo el mito romano de los gladiadores que presumen de gran acondicionamiento físico, además de un gran sentido de la actuación con conceptos muy claros del circo aéreo y la coreografía que debe practicarse como rito sobre el pancracio, era imposible que el cine desdeñara la oportunidad de forjar nuevos ídolos que imantaran la taquilla, hasta transformarlos en leyendas culturales y es así que, en el año de 1952, nace el cine de luchadores, fuente inagotable de nostalgia inocente e insólita admiración o repudio análogo por las nuevas generaciones, más sofisticadas y malacostumbradas a fuertes dosis de CGI en su entretenimiento diario. El fenómeno arrancó formalmente con cintas como “La bestia magnífica”, de Chano Uueta; “El luchador fenómeno”, de Fernando Cortés; “Huracán Ramírez”, de Joselito Rodríguez y “El Enmascarado de Plata”, esta última la más exitosa y genuina procreadora del género con la presentación estelar de El Médico Asesino (y no El Santo, como el título pudiera sugerir). A la postre, el auge por los enmascarados beligerantes daría sus mejores frutos en filmes ya clásicos como “El ladrón de cadáveres”, de Fernando Méndez o ejemplos cuasi surrealistas como “Santo contra las mujeres vampiro”, de Alfonso Corona Blake, para llegar a las medianas aventuras al estilo de “La sombra vengadora” o a los ramplones, pero divertidos melodramas de la serie de filmes protagonizada por Huracán Ramírez.
Curiosamente, el cine forjó una fantasía que transfiguró a muchos fornidos atletas en improvisados y mal doblados actores, e inversamente proporcional a muchos histriones cotizados en pésimos luchadores. Así, el Huracán Ramírez hizo estrella a David Silva, “La sombra vengadora” hizo actor a Fernando Oses, “El Médico Asesino” le dio estatus a Crox Alvarado y a Víctor junco y Ray Mendoza hacía quedar bien a Julio Aldama. Hubo también casos interesantes con otros encapuchados que deambularon en este lúdico y aventurero sendero como “Neutrón, el enmascarado negro”, que se escudaba en las personalidades de Wolf Rubinski, Armando Silvestre y Julio Alemán (mientras que Caronte, su némesis en pantalla, tenía la inconfundible voz de Narciso Busquets). Alemán tuvo también oportunidad de encarnar a “Rocambole”, engendrando otra serie, pero de inferior calidad y alcance popular. Claro que no faltaron los que llegaron tarde al pastel y ya en las postrimerías del género se dejaron ver a “Los campeones justicieros”, integrados por Mil Máscaras, El Rayo de Jalisco, Blue Angel, Superzán y el mastodóntico Tinieblas. El ocaso llega en la década de los años ochenta debido al agotamiento argumental, el hastío social conforme la capacidad de asombro de la nación cedía ante la creciente pirotecnia hollywoodense y la cada vez más penetrante presencia televisiva y la dilución de su potencia como escapismo masivo ante comedias luchísticas perpetradas por cómicos de cuarta como “Capulina”. Quedan pues, los mejores ejemplos dentro del campo más delirante y relativamente comprometidos como las sagas protagonizadas por El Santo y Blue Demon, o las apuestas revisionistas y demitificantes como “La leyenda de una máscara”, donde la anatomía de la lucha libre es diseccionada post mortem. Aun así, este deporte-espectáculo puede levantarse repentinamente del colchón, aplicarle una doble Nelson a la “AAA” para librarse de su amago y una quebradora a guionistas y productores para que adquieran nueva conciencia de sus capacidades y potencial taquillero, pues el combate aún no termina y puede darle la voltereta de tijera a la caída que a este género tiene en aparente rendición en una lenta e interminable cuenta de tres.
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