Durante mi niñez en España las cuatro estaciones del año discurrían imperturbables, con regularidad y marcadas diferencias.El útimo invierno allá, cosa rara en mi ciudad natal, me regaló una nevada copiosa que a los escolares nos permitió divertirnos a lo grande a la hora del recreo… hasta que uno con ínfulas de patinador sobre hielo se partió la ceja con el borde de la fuente. De aquellos inviernos lluviosos me ha quedado el rechazo al romanticismo que algunos mexicanos le atribuyen a la estación fría.

Al mudarme a Aguascalientes los límites entre aquellas estaciones se empezaron a hacer borrosos y aparecieron otras nuevas como la temporada de lluvias. Desde mis años en la Ciudad de México siempre me ha parecido admirable que, pese a la ominipresente contaminación atmosférica, la temporada de lluvias se presenta conforme se la espera, sin regatear sus beneficios (ni sus excesos), a diferencia de Aguascalientes, donde la tacañería del cielo suele ser la norma.

El escritor alemán Bernd Brunner, que ha dedicado un libro al invierno titulado Cuando los inviernos eran inviernos. Historia de una estación, nos aclara que:

“Nuestra noción habitual de cuatro estaciones anuales es un fenómeno de latitudes medias y altas, dado que es allí donde se encuentran los países y las culturas dominantes que impusieron tal concepto. En regiones subtropicales y tropicales, donde hay poca variación en la duración de los días y la radiación solar, sólo cabe hablar de dos o tres estaciones”.

Me atrevo a afirmar que en Aguascalientes el invierno empezó el pasado miércoles 22 de noviembre de 2023, con frío y lluvia, un mes antes de la fecha oficial que, dadas las cosas, ya no podrá seguir siendo vigente. No cabe duda que, salvo para los negacionistas irredentos, el cambio climático actual de origen humano tiene un impacto directo en la aparición, duración y características de las estaciones del año. No es la primera vez que se altera el orden de las estaciones.

Basta saber que aproximadamente entre 1570 y 1685 el mundo experimentó lo que se conoce como Pequeña Edad de Hielo. El historiador Philipp Blom lo explica en El motín de la naturaleza: “un descenso medio de dos grados Celsius de las temperaturas alteró drásticamente las corrientes oceánicas y los ciclos climáticos y provocó fenómenos meteorológicos extremos en todo el mundo. Hielo y nieve, granizo en verano, tormentas, semanas y más semanas de lluvia o años enteros de sequía provocaron hambrunas catastróficas en China, inviernos asesinos en América del Norte y enormes pérdidas de cosechas en la India; por su parte, el imperio osmanlí [el Imperio otomano] conoció el frío más severo, nunca visto hasta entonces”. La diferencia entre la Pequeña Edad de Hielo y los desajustes climáticos actuales es que en aquel entonces el ser humano no fue la causa de las perturbaciones medioambientales.

Brunner señala algunas conjeturas sobre el origen de la división del año en cuatro estaciones, especialmente si consideramos que en el relato bíblico de la Creación sólo se habla de dos: el verano y el invierno. La adición de las otras dos pudiera remontarse a la Antigüedad romana por exigencias relacionadas con los ciclos agrícolas. Se han establecido paralelismos entre las cuatro estaciones y las fases vitales del hombre: infancia, juventud, adultez y vejez. De ahí que se hable del anciano Invierno.

La literatura y la pintura han descrito e ilustrado numerosos paisajes invernales, especialmente a partir de la Pequeña Edad de Hielo. Atentos observadores de la naturaleza como Henry David Thoreau nos han regalado textos muy bellos y evocadores, como este que pertenece a Un paseo invernal, en el que nos describe la primera mañana de la estación invernal en el campo:

“Abrimos la puerta en silencio, dejando que se derrumbre el pequeño ventisquero, y salimos a enfrentarnos con el aire afilado. Las estrellas ya han perdido parte de su brillo, y una niebla densa y púmblea orla el horizonte… En el jardín, las huellas recientes de un zorro o de una nutria nos recuerdan que cada hora de la noche está repleta de acontecimientos, y que la naturaleza primigenia aún sigue trabajando y dejando su rastro sobre la nieve”.