Moshé Leher

El domingo, aquejado de repentinos ataques de ansiedad, doy por concluida una semana extraña; una semana que se vuelve todavía más turbadora, gracias, o mejor dicho por culpa de un sueño enloquecido por una mujer desconocida que me habla con una familiaridad inquietante.

La tarde anterior, bajo la sombra de una enorme datilera, hemos charlado de libros, tras un encuentro casi ocasional, Víctor González, Sergio Rosales, Quique Franco y, en algún momento, Enrique Rangel; yo voy de un tema a otro, como signo exterior del caos que llevo en la cabeza: no ha pasado una semana que estuve de funerales, cuando una llamada me dice que otro amigo, cuyo nombre mejor omito, estará mañana en una intervención para tratar de rescatarlo, presumo que sin muchas esperanzas, de un cáncer de páncreas.

Sabines y el cáncer, en la memoria.

La madrugada del lunes, mientras veo los primeros brillos tibios del alba, desde mi ventana, recuerdo aquello de que el sol no madruga para ver amanecer, un aforismo que no sé de dónde obtuve, y cuyo sentido presiento, pero no acabo de entender: seguro un desmentido rotundo de aquella memez de que al que madruga Dios lo ayuda.

También en la víspera, una llamada de España me pide, me reclama, un texto para no sé qué revista universitaria; una petición, un reclamo, al que respondí irreflexivamente que sí… Como sea tengo algunas semanas pensando en reseñar un par de libros de reciente lectura: el volumen ‘Franquismo. El juicio de la historia’, que coordina Juan Pablo Fusi (sobre todo la exquisita monografía sobre la fallida política cultural del régimen del dictador), y el de ‘La disputa del pasado’, que coordina, por su parte, Emilio Lamo de Espinosa.

Por allí hay otro libro que es objeto de mi atención, y mi intención, el de los Diálogos atlánticos, a cargo de Juan Pablo Fusi y Antonio López Vega, a propósito del diálogo de sordos que actualmente sostenemos las naciones de habla hispana en ambos lados del Atlántico, la nueva versión de la leyenda negra, las ocurrencias del presidente respecto a ‘dar pausa’ a las relaciones con España y otros asuntos no tan peregrinos -para mí-.

El problema es que, como pasa en mi vida en general, mi biblioteca se ha vuelto, a pesar de la lectura, también reciente, de Calasso, una pequeña Babel, más digna de una ironía borgiana que de mis intenciones de cada lunes de, ahora sí, ordenar, en ese orden: la biblioteca, la casa que me habita, mi mente, mi vida.

Siempre me pasa con estos asuntos lo que al ‘santo bebedor’ de Roth, cuando la enmienda comienza a materializarse, siempre sucede algo que me distrae y me devuelve al caos original, como recién me pasó con mi intento de reordenar un gordo manuscrito, doscientas y pico de folios (escritos, corregidos, tachonados, vueltos a redactar), de una novela a la que hace un año le perdí el hilo.

Busco el libro del maestro Fusi y me encuentro: el ensayo sobre Benjamin de Buck-Mors, una novela de Boris Vian, el ‘Lector in Fabula’ de Eco, los ‘Cuadernos’ de Cioran, una antología de los poetas del ‘27’, con el estudio de Manuel Cifo…

Desconsolado, sabiendo que cuando tiro de un hilo de la madeja enredo dos, abro al azar el libro de Umberto Eco y me encuentro una sección subrayada, por mí, quién sabe cuándo -hace dos décadas que no me ocupo mucho de estos asuntos-, que habla de, cito: la interferencia basado en cuadros textuales, de las ideas de la Kristeva, de las teorías pioneras sobre Inteligencia Artificial de Bateson, un cuento bufo: ‘Un drame bien parisien’, y ideas que me remiten a…, que me llevan a…, y que hacen que pierda mi intención original de poner orden al caos que estoy viviendo desde… ¿Desde que nací?

Por lo menos algo saqué del texto: un título que me evita poner que estoy escribiendo una bitácora del desatino.

Mañana lo intentaré de nuevo.

¡Shavua Tov!

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