CDMX.- Coreado en estadios de todo el planeta, el nombre de Diego Armando Maradona, el ídolo popular latinoamericano más universal de los últimos tiempos, llegó a sonar hasta en los Óscar.
Era 2017, y el cineasta italiano Paolo Sorrentino subía al estrado para recibir la estatuilla dorada a Mejor Película Extranjera por La Gran Belleza.
«Gracias a la Academia, a todos los actores, productores… Gracias a mis inspiradores, Federico Fellini, Talking Heads, Martin Scorsese y Diego Armando Maradona», expresó el realizador, provocando la curiosidad de muchos.
Porque Sorrentino, oriundo de Nápoles, la ciudad que en que el futbolista argentino llegó a niveles celestiales, se ha cansado de decir que Maradona le salvó la vida.
Tenía 16 años y, por primera vez, le habían dado permiso de ver al crack zurdo jugar fuera del estadio San Paolo, en Empoli.
Sus padres, quienes se habían ido de fin de semana a una casa de veraneo familiar, murieron por una fuga de gas.
Convencido de que con su devoción por Maradona había gambeteado la muerte, decidió adorar a su nuevo santo de por vida.
En 2015, en su laureado filme Juventud, incorporó subrepticiamente al futbolista como un personaje sin nombre.
Interpretado por Roly Serrano, Diego aparecía como un genio en decadencia, obeso y con dificultades para respirar, pero capaz de hacer malabarismo con una pelota de tenis. (Mario Abner Colina/Agencia Reforma)

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