Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(-Andan diciendo que yo soy Dios, ¿tú qué piensas?-, -Qué sí Sr.-, -Claro, Claudia, claro.-)
Seguramente el despistado lector se preguntará de cuál fumé o de cual bebí. Antes de que siga especulando “debo que” (expresión de mi nieta Isaura) aclarar que no soy émulo del presidente Fox, ni del presidente Calderón y que en todo caso deben ser efectos del peyote, los hongos alucinógenos o la ayahuasca a la que parecen ser adictos los habitantes del Palacio Nacional, particularmente el presidente austero y sencillo que prefirió vivir en un museo antes que en la casa que Lázaro Cárdenas mandó construir para respetar el Palacio Nacional y no usarlo como casa del jefe del Ejecutivo ¡Saaabe!.
Y digo del Palacio Nacional porque el título que elegí para esta columneja es una representación literal de la Refinería de Dos Bocas, en las condiciones en que se lleva a cabo la dizque inauguración, así de incompleta está la refinería, aunque pudorosamente (algo increíble para la 4T) se dijo que se inauguraba la primera etapa de la construcción, creo que quien lo dijo fue la admirada Rocío Nahle, la misma que según la versión oficial dejó con la boca abierta a todos los jeques petroleros en la reunión de la OPEP. Bueno, ¡eso dijeron!
A lo mejor, mal pensados, y con ánimo de no contrariar más al presidente que por estos días anda muy sensible (más desde que alguien inventó lo de “rotoflán”, el que la pescó la pescó), podría dársele el beneficio de la duda remontándonos a la Roma antigua en la que las inauguraciones y las exauguraciones eran figuras de culto religioso público y privado. “In augurar” era provocar buenos augurios para lo que los arúspices, los sacerdotes, acompañados de los ciudadanos pater familias o magistrados que ocuparían el lugar, hacían oblaciones en honor de los dioses del lugar (lares), los antepasados (manes) y los diocesillos o espíritus chocarreros que merodeaban por el sitio (penates), para que recibieran con bueno ojos a los “manes” de los nuevos ocupantes y a ellos mismos. Cuando había que dejar el sitio se practicaba entonces la “Ex auguración” que era la ceremonia en que se agradecía a los dioses del lugar y se despedían de ellos. Nada cuesta pensar que entre toda la caterva de aduladores del presidente alguno tuviera idea del origen de la ceremonia y lo aplicara a Dos Bocas, aunque francamente creo que es concederles demasiado pensar en eso, en la 4T no hay más que un Dios y Claudia su Profeta.
En la historia son frecuentes los casos de engaños en las relaciones de los estados, guerreras o políticas. Todo mundo recuerda sin duda la estratagema de Agamenón, que de lejos manda, para, luego de la muerte del Priamida Héctor, domador de caballos, a manos del Peleida Aquiles, el de los pies veloces, simular que abandonaban el sitio de Troya donde el desolado Príamo, semejante a los dioses, lloraba inconsolable la muerte de Héctor y la profanación de su cadáver, y dejaban un gran caballo de madera abandonado en la playa. Quiere Homero y quizás el relato legendario se apegue a la realidad que en ese caballo se escondieron fuertes guerreros y que, ingenuos, los troyanos, lo introdujeron a la ciudad, de donde jorobados y nocturnos por la noche los guerreros acaienos abrieron las puertas de la muralla y propiciaron la derrota de los valientes troyanos.
Perdón, me dejé llevar por la emoción, siempre pasa al recordar a Homero, también en la segunda guerra mundial los aliados engañaron con mensajes cifrados pero falsos, a las potencias del Eje, del lugar de desembarco de las tropas que habrían de acarrear la derrota del Tercer Reich. Se cuenta también que el truculento Rasputín engañaba a la Zarina (el lenguaje incluyente pedirá que se diga Zara o Zare) Catalina, construyendo fachadas a lo largo de los ríos y caminos que recorría para dar la impresión de un país próspero. Mutatis mutandi, aquí en Calvillo tuvimos también nuestro rasputincín, cuando se “inauguró” la planta empacadora de guayabas, que estaba más o menos con un avance como el de la refinería. Vino el presidente, se metieron unos motores, entre ellos algunos camiones, que hacían ruido suficiente, presidente y gobernador cortaron el listón, quedó inaugurada y todos contentos. La empacadora empezó a trabajar mucho tiempo después.
Pero una cosa es una simulación en pequeña escala como puede ser la de una pequeña planta de un pequeño municipio de un pequeño estado y otra muy diferente la “gran inauguración” de una de las tres obras emblemáticas del presidente López Obrador.
Luego del “petardo” del aeropuerto de Santa Lucía, que terminó costando más de lo que hubiera costado el aeropuerto en Texcoco y que a la fecha ha valido lo mismo que lo que se le unta al queso. La “inauguración” anticipada y apresurada (porque falta mucho para que esté terminado) pero presionada para hacerla coincidir con la fecha “mítica” del triunfo del pueblo sobre la reacción, conservadora y fifí, magníficas facetas de la conducta presidencial que son, a mi manera de ver, dignas de preocupación, por no decir, merecedoras de atención profesional.
Lo mismo señala a la jerarquía católica de mentirosa, difamadora, levanta falsos, o a un judío destacado de hitleriano, que se lamenta de que se dé publicidad a un cateo en la casa de un político acusado de malos manejos porque se lastima su dignidad. ¿Cómo? La misma persona que descaradamente insulta y apostrófa a los sacerdotes de la religión mayoritaria en el país e insulta con el peor insulto que se puede hacer a un miembro destacado de la poderosa comunidad judía, manifiesta que se atenta contra la dignidad al dar publicidad a una acción judicial contra un político.
Si la publicidad de la inauguración es un acto deliberado de propaganda política sería causa de responsabilidad política, si es una acción detonada por una conducta delirante implicaría la atención profesional antes de que el mal empeore. Como quiera que sea es un caso real de un dilema, cualquiera de los extremos es malo.
(Cave canem.- Muy para las galerías la propaganda de los presidentes municipales haciéndole al multiusos, con dos dedos de frente cualquiera pensaría que cuesta muy caro un barrendero, un sembrador, un chofer o un albañil que gane lo que gana el primer edil.)

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