Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

En vida, la irredenta cinefilia de mi padre lo llevó a admirar a varios de los astros que tejían el firmamento cinematográfico nacional y extranjero, pero sólo idolatró a tres de quienes incluso se refería con absoluta idealización y respeto: Pedro Infante, Steve McQueen y Kirk Douglas. De este último continuamente alababa sus dotes histriónicos, su recio porte al que él llamaba “la virilidad a la que aspira un gringo” y su carisma, soportado en la profunda mirada que embelesaba a las damas y retaba a los hombres quienes no podían más que sucumbir a la demoledora sonrisa de ascendencia rusa y su marmórea quijada. Siempre que Kirk Douglas se manifiesta frente a mí, ya sea sosteniendo un duelo en O.K. Corral junto a ese otro galán multifacético de quien se sabe era la gran amistad de Douglas, Burt Lancaster, o lidiando con los demonios existenciales y creativos transferidos por Vincent Van Gogh, recuerdo a mi padre, sus ojos posados sin siquiera pestañear en el actor que, para él, era un epítome de lo mejor que Hollywood podía representar, procreado en una ciudad de oropel que aún podía llamarse Fábrica de Sueños y una verdadera Meca del Cine. Para mí, Douglas era la versión externa, corpórea, de lo que yo veía en mi padre. Mientras él se regocijaba viendo a su héroe padeciendo una guerra tortuosa a nivel emocional en una Patrulla Infernal o luchando por su vida en una arena romana desgarrando su garganta al enunciar su nombre “Espartaco”, yo solamente me rendía a la conjunción de figuras que me ilustraban en simultáneo lo mejor que la vida y el cine podían darme.
Pero Kirk Douglas, el humilde hijo de un trapero que debió soportar el estigma social ante tal ocupación en su áspero barrio neoyorquino, no sólo pudo adaptar su habilidad actoral a cualquier arquetipo heroico e incluso dramático (su periodista frustrado en “Cadenas de Roca” bajo el mando del maestro Billy Wilder o su antagónico productor fílmico en “Cautivos del Mal” son papeles que trascendieron e hicieron escuela), sino que abogó por la descentralización de los procesos creativos buscando talento fuera del sistema hollywoodense, encontrando altos dividendos apoyando a desconocidos impetuosos pero brillantes como Stanley Kubrick o cubriendo las espaldas de las víctimas del macarthismo para permitir que su labor lograra colarse a las superproducciones mainstream como fue el caso del iconoclasta guionista Dalton Trumbo. Un héroe dentro y fuera de la pantalla.
Despojado de cualquier pretensión o pose arrogante, su carrera también circuló por las populosas sendas del cine de matinée, encarnando a vikingos y espías derivados de las modas que apresaban a los filmes de aventuras al final de los 50 y principios de los 60. Los años posteriores reafirmaron su convicción por experimentar en géneros y narrativas, produciendo resultados mediocres (“Los Héroes de Telemark”, “La Furia”), intrigantes (“Saturno 3”, “Herencia de un Valiente”) o simplemente alegre (“El Villano”, “Dos Tipos Duros”). Sólo bastaba invocar su nombre en la marquesina para que el espectador sintiera una atracción casi magnética a la sala, aun si el filme no lograba estar a la altura de su estrella.
Ciento tres años después de su nacimiento, quien fuera bautizado Issur Danielovitch Demsky ha legado un emblema del personaje hollywoodense por antonomasia, tallando su nombre en el panteón de los monstruos sagrados con una vida y una filmografía digna de lo que el cine debe representar más allá de una ilusión escapista. Con su último hálito se va también y en definitiva una era irrepetible y quimérica de nuestros sueños cinematográficos, aquellos que sólo un cinéfilo como mi padre entendía a la perfección. Al despedirnos de él, le decimos adiós al Hollywood que nunca volverá a ser.
Nada mal tratándose del hijo de un trapero.

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