Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

…Entonces, justo cuando mis jóvenes ojos posados por no decir clavados a la pantalla creían que la novicia llamada María no lograría reencontrar aquella mirada que le prometía todo el amor que en la Tierra no encontraba, vi con pasmo y emoción que el rostro del severo y adusto Capitán Von Trapp comenzó a resquebrajar el duro gesto que formaba su faz debido a la pérdida a su esposa y criar por su cuenta a 7 revoltosos pero adorables hijos mediante una sonrisa que, posteriormente, se transformaría en una dulce canción donde se preguntaba, a la par de María, si acaso en su pasado habría hecho algo tan bueno como para merecer el cariño que ahora compartía con ella. Así es como conocí a la edad de 8 años al ahora desaparecido Christopher Plummer, un actor que encontró la fama y el reconocimiento mundial interpretando a este famoso personaje alternando estelares con Julie Andrews en el clásico musical “La Novicia Rebelde” (Wise, E.U., 1965), una gloria que alcanzó gracias a su dedicado trabajo histriónico donde pudo mostrar la sutil metamorfosis de un hombre hueco e inflexible a uno capaz de transmitir valor, empatía y ternura, talento que lo acompañó durante toda su carrera, una que se distingue por la variedad y el eclecticismo, alternando papeles y géneros tanto aquellos que atraen reconocimientos y halagos como otros que inspiran lo opuesto. Pero para él, eso era precisamente de lo que trata la actuación, una actividad constante de mímesis ficticia donde cada rol era un reto, aún si se trataba de alienígenas belicosos, enfrentarse a Jack Nicholson en plan licántropo o darle voz a un anciano empeñado en utilizar globos para elevar su casa, resultando evidente el gozo que le acarreaba interpretar cada filme de alto o bajo presupuesto, de prestigio o de culto, pues como él mismo decía: “simplemente no puedo describir cuánta alegría me produce el formar parte de la segunda profesión más vieja del mundo”.

PLUMMER, EL ACTOR SERIO
Es su faceta dramática la más recordada por el público en general, pues ahí es donde este intérprete de ascendencia canadiense imprimió su particular sello, uno que integraba hábiles transmutaciones figurativas que conducía a sus personajes de lo trágico a lo funesto, de lo cortés a lo estomagante, pero todas ellas memorables. Por ello lograba transitar de figuras imperiales como su atribulado Rey Enrique en “Becket” (Glenville, G.B., 1964) a los zapatos del inmortal escritor Rudyard Kipling en “El Hombre que Sería Rey” (Huston, E.U./G.B., 1975), pluralizando su rango y demostrando talento en obras de valor académico, algunas de gran presupuesto o simplemente éxitos taquilleros como “La Noche de los Generales” (Litvak, G.B./Francia, 1967), “Pide al Tiempo Que Vuelva” (Szwarc, E.U., 1980), “Malcolm X” (Lee, E.U., 1992), “Eclipse Total / Dolores Claiborne” (Hackford, E.U., 1995), “Ararat” (Egoyan, Canadá / Francia, 2002), “Syriana” (Gaghan, E.U., 2005) o “La Última Estación” (Hoffman, G.B./Alemania/Rusia, 2009), en ésta última encarnando nada menos que a Tolstoi. Prestó su rostro a muchos otros personajes, todos disímbolos pero unificados por ese rostro de facciones ahusadas y ojos de un azul infinito que destellan una clase de sabiduría socarrona y humana.

PLUMMER, EL LÚDICO
Y como todo gran actor, las dádivas de su capacidad nos eran otorgadas tanto en los proyectos que cosechan galardones y también en aquellos donde pueda juguetear con las herramientas que otros géneros puedan darle. Así, su nombre normalmente unido a premios internacionales también logró vincularse a cintas aberrantes, fantásticas o diseñadas / destinadas al culto, algo por lo que todo cinéfilo sentirá eterna gratitud. De este modo, el histrión postulado a varios premios Oscar, Globos de Oro, Palmas y Leones de Oro y otras preseas en festivales alrededor del mundo, también encontró la gloria del espectador nada discriminativo en filmes tan diversos como las nefandas “Star Crash: Ataque Interestelar” (Cozzi, Italia/E.U., 1979), “Vampiros en Venecia” (Caminito, Italia, 1988), “Firehead” (Yuval, E.U., 1991) o “Drácula 2001” (Lussier, E.U., 2000) o simplemente divertidas en cuanto a su ingenuidad o curiosa propuesta como “Escape de un Sueño” (Rubén, E.U., 1983), “Dragnet” (Mankiewicz, E.U., 1987) o “Viaje a las Estrellas VI: La Tierra Desconocida” (Meyer, E.U., 1991), así como prestando voz a múltiples filmes animados donde sus vocalizaciones fuertes y definidas elevaron lo que pudo quedar como simple escapismo, teniendo ejemplos destacados como “Un Cuento Americano” (Bluth, E.U. 1986), “Gandahar” (Laloux, Francia, 1987) o “Up, Una Aventura de Altura” (Docter, E.U., 2009).

PLUMMER, EL VALIENTE
El riesgo no se exenta en cuanto a la selección de papeles cuando se es un actor consagrado, y en el caso de Christopher Plummer, es notable su capacidad para olfatear personajes capaces de salirse de los cánones esperados por un Oscar o de las rutas seguras y cómodas que perpetúan cierta estabilidad para culminar con su primer premio de la Academia encarnando a un homosexual octogenario en la maravillosa cinta “Beginners” (Mills, E.U./G.B., 2011) o como el cerebral patriarca de una familia que sobrepasa lo disfuncional bordeando la sociopatía en “Entre Navajas y Secretos” (Johnson, E.U., 2019), culminando su carrera con una idea ilustre de lo que la labor histriónica debe ser. Descanse en paz, Capitán Von Trapp.